CAPÍTULO 50
Me capturan un martes.
Llevo dos semanas sin hablarme con Enzo, dos semanas de silencio en la misma casa, de cruces en el pasillo sin mirarnos, de cenas que no compartimos.
Y una mañana, sin avisar, decido salir. No sé si para respirar o para castigarlo o para demostrarme que sigo teniendo mi propia vida.
Solo sé que cojo un coche y me voy a Palma, a una galería, a cualquier sitio que no sea la villa.
Es el error de mi vida.
Y lo sé en el instante mismo en que lo hago, en el instante en que giro la llave y salgo de la villa sin avisar.
Lo sé porque me lo dice el cuerpo: ese cosquilleo frío en la nuca, el de las veces que algo va a salir mal.
Pero lo acallo. Lo acallo con orgullo, con cabezonería, con la necesidad absurda de demostrar que sigo siendo dueña de mí.
Y es exactamente eso, el orgullo, lo que me va a costar la libertad.
Porque una mujer que se cree libre de repente es una mujer que baja la guardia.
Y yo, esta mañana, he bajado todas las mías.
No he cogido escolta. No he avisado a Enzo.
No he mirado el retrovisor ni una sola vez, porque no quería verlo, porque no quería admitir que seguía necesitándolo incluso enfadada.
Y ahora, con un cañón en las costillas y dos sombras a mi lado, entiendo que la libertad de la que presumía era un espejismo.
Que en su mundo, y ahora en el mío, no se sale sola a la calle.
Que quererlo no me da derechos. Me da enemigos.
No llego a la galería. En un semáforo, dos hombres se meten en el coche, uno por cada lado, y antes de que pueda gritar, algo frío me aprieta el costado y una voz me dice que me calle si quiero volver a ver la mañana.
Me llevan a una casa en el interior de la isla. Vieja, húmeda, con las ventanas tapadas. Me atan a una silla y me dejan sola, a oscuras, con el corazón desbocado y la certeza de que he sido una idiota.
El viaje ha sido un borrón: una bolsa en la cabeza, un motor, curvas que me revuelven el estómago.
No sé dónde estoy ni cuánto tiempo ha pasado.
Solo sé que hace frío, que huele a humedad y a cerrado, y que mis muñecas ya me duelen de tanto tirar.
Y en la oscuridad, sin nada que hacer salvo esperar, mi cabeza se llena de lo que nunca me he atrevido a pensar: de mi madre, de su firma en aquel contrato, de los años que creí que no valía nada.
Y de Enzo, que me mintió. Y de mí, que salí a la calle como si el mundo no estuviera lleno de hombres que me quieren usar.
Y me doy cuenta, atada y a oscuras, de que el mundo siempre ha sido este sitio: una casa húmeda con las ventanas tapadas, y yo dentro, esperando a que alguien decida qué pasa después.
Pues esta vez no. Esta vez, pase lo que pase, no voy a esperar sentada.
Porque lo vi. Vi las señales. Vi a Enzo advertirme, vi a los Coloma moverse, vi el sobre que me llegó como un anzuelo. Y aun así salí, sola, sin protección, como si el mundo de Enzo no fuera también el mío. Como si quererlo no me hubiera metido en esta guerra. Y ahora estoy pagando mi soberbia.
Al rato, entra un hombre. No es Sebastián. Es más joven, con cara de gato y una sonrisa de las que no llegan a los ojos. Se sienta delante de mí, en una silla al revés, y me mira como se mira a un animal enjaulado.
—Valeria Soler. —Saborea mi nombre—. Cuánto tiempo. Te buscábamos desde hace años, ¿sabes? Desde que tu madre firmó aquel papelito.
Se me hiela la sangre.
—Tu madre nos debía mucho, y nos pagó contigo. —Se inclina—. Luego la cosa se complicó, tu padre te escondió, te cambió de ciudad, y nosotros... bueno, te perdimos. Hasta que apareciste con el italiano. Fue como si el destino te pusiera en bandeja.
—¿Qué queréis de mí? —pregunto, y me sorprende lo firme que suena mi voz.
—De ti, nada. —Se ríe—. Eres el cebo, bonita. Lo que queremos es que tu Ravelli venga a buscarte. Y vendrá, porque está loco por ti. Y cuando venga, lo esperaremos.
Sus palabras me caen encima como agua fría, y sin embargo no me hundo.
Algo en mí, la parte que ha sobrevivido a dos ventas y a un año de jaula, se mantiene a flote.
Pienso en Enzo. No en el Enzo que me mintió, sino en el otro, el que me esperaba en el pasillo, el que me abrió la puerta, el que me dijo «soy tuyo» como quien se rinde.
Y sé, con una certeza que me parte, que ese hombre va a venir a por mí aunque le cueste la vida.
Y por eso tengo que hacer algo. No puedo quedarme aquí, atada, esperando a que lo maten por mi culpa.
Así que empiezo a pensar. A observar. A contar los hombres, las puertas, las ventanas, los objetos a mi alcance.
Lo que siempre hago, desde niña, cuando estoy en peligro: convertir el miedo en mapa.
Y mientras el hombre de la sonrisa de gato sigue hablando, yo ya no lo escucho.
Estoy buscando una salida. Porque esta vez no voy a ser la que espera a que la salven.
Voy a intentar salvarme yo. Y si no puedo, al menos, no voy a ser el cebo manso que ellos creen.
Entonces lo entiendo. No soy la rehén. Soy la trampa. Me han capturado no para pedir un rescate, sino para atraer a Enzo a un sitio donde puedan matarlo. Y yo, con mi estúpida salida en solitario, les he puesto la alfombra.
—Él no vendrá —miento, con el corazón en la garganta—. Estamos peleados. No le importo.
—Claro que no. —El hombre sonríe más—. Por eso te tiene rodeada de seguridad desde que te fuiste de la villa. Por eso su hombre te siguió hasta el semáforo. Por eso está, ahora mismo, moviendo cielo y tierra para encontrarte.
Me callo. Porque sé que es verdad. Porque Enzo, por más que yo le haya roto el corazón, no va a dejarme aquí. Y porque ese hombre que me captura lo sabe tan bien como yo.
Y entonces, por primera vez desde que me enfadé con él, siento algo distinto a la rabia.
Siento miedo por él.
No por mí. Por él.
Porque va a venir a por mí, y lo van a estar esperando.
Y yo no sé si voy a poder avisarle.
Me dejan sola otra vez, con la silla crujiendo bajo mi peso y el miedo instalado en el pecho como un segundo corazón.
Y en la oscuridad, con las muñecas atadas y la cara doliéndome, me obligo a respirar despacio, a no llorar, a pensar.
Pienso en mi madre, que me vendió a estos mismos.
Pienso en mi padre, que me usó. Pienso en Enzo, que me mintió por protegerme.
Y entiendo, con una claridad amarga, que toda mi vida ha sido esto: hombres y mujeres decidiendo por mí, y yo en el centro, atada, esperando.
Pues se acabó. Esta silla es la última vez que alguien decide por mí.
Y aunque ahora mismo no sé cómo, juro que voy a salir de aquí por mi propio pie.
Y luego, cuando salga, voy a elegir. De verdad.
Sin miedo y sin deudas. Y lo primero que voy a elegir es si quiero a Enzo Ravelli en mi vida.
Y lo segundo, si es que sobrevivo a esto, es quién quiero ser yo.
Porque ya no soy la niña que firmaron, ni la hija que pagó, ni la rehén que espera.
Soy Valeria. Y aunque esté atada a una silla en una casa oscura, por primera vez en mi vida, nadie me va a quitar eso.