ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 49
68%

CAPÍTULO 49

Sin ella, la casa se me cae encima.

No es una frase. Es físico. Cada pasillo, cada puerta, cada ventana por la que antes la veía pasar, ahora es una acusación.

Y yo me muevo por todo ello como un fantasma, con un vaso en la mano y el sueño atascado en un sitio del que no vuelve.

Hace cuatro noches que no duermo. Hace cuatro noches que no sé quién soy.

Duermo poco de por sí. Nunca necesité mucho.

Pero esto es distinto: no es insomnio, es miedo a soñarla.

Porque cada vez que cierro los ojos, ella vuelve, y vuelve entera: su olor, su risa, la forma en que decía mi nombre como si fuera una promesa.

Y yo me despierto con las manos vacías y el pecho ardiendo, y tengo que recordar, otra vez, que se fue por mi culpa.

Que la mentí, que la traicioné, que la traté de niña.

Que todo lo que construimos se me cayó por no saber confiar.

Y ese recordatorio, cada noche, es peor que cualquier insomnio.

Así que no duermo. Bebo, en cambio. Bebo hasta que las aristas se me suavizan, hasta que el hueco con su forma deja de doler, hasta que soy capaz de respirar sin acordarme de que respiraba mejor a su lado.

Y por las mañanas, con el sol y la resaca, vuelvo a ser el de siempre: el jefe, el heredero, el que no se dobla.

Y nadie ve, debajo, al hombre que se está cayendo a pedazos.

Porque sin ella, el hombre que aprendí a ser se me está deshaciendo.

Lo noto en las juntas. Ayer, con dos de los nuestros que habían tocado fondos, no negocié: rompí.

Una silla, una mandíbula, un mensaje que no era mío sino de mi padre.

Y cuando me miré las manos, manchadas, sentí algo que no sentía desde antes de ella: nada.

Ni asco, ni culpa, ni rabia. Nada. Y ese nada, que antes era mi armadura, ahora es mi condena.

Porque me di cuenta de que el monstruo nunca se fue. Solo estaba dormido, amansado por su mano en mi pecho, por su risa, por su «soy tuyo». Y ahora que ella no está, el monstruo ha despertado. Y tiene hambre.

Y eso es lo que más me asusta, si soy honesto.

No que el monstruo exista. Que lo eche de menos.

Porque el monstruo era fácil. El monstruo no dudaba, no esperaba, no se quedaba en la frontera de un pasillo sin atreverse a cruzar.

El monstruo tomaba lo que quería y no pedía perdón.

Y yo, con ella, aprendí a pedir, a esperar, a contenerme, y duele.

Duele todo el tiempo. Y hay una parte de mí, la que mi padre crió con sangre y silencio, que me susurra que eso no es vivir, que vivir es lo de antes: tomar, romper, no sentir.

Y yo, por primera vez en mi vida, le hago caso.

Porque es más fácil que quedarme en este limbo, ni monstruo ni hombre, solo un idiota enamorado al que le han quitado lo único que le importaba.

Así que dejo que el monstruo salga. En las juntas, en los cobros, en las miradas.

Lo dejo salir y me siento, por un rato, en casa.

Luego vuelvo a la villa, y la casa está vacía, y la casa se me cae encima, y el monstruo se mete otra vez dentro, herido, y yo me quedo a oscuras con las dos versiones de mí peleándose en el pecho. Y ninguna gana. Y ninguna me consuela.

Matteo me lo dijo esta mañana, con esa franqueza que solo él se permite:

—Te estás perdiendo, Enzo.

—Estoy trabajando.

—No. —Me quitó el vaso de la mano—. Te estás hundiendo. Y ella no va a volver porque tú te hundas. Va a volver, si vuelve, por el hombre que la quiso. No por este.

Tiene razón. El cabrón tiene razón, como siempre. Y aun así, no puedo parar. Porque parar significa sentir, y sentir significa recordarla, y recordarla es un cuchillo que no puedo sacarme.

Así que sigo. Sigo bebiendo, sigo rompiendo, sigo siendo el Enzo de antes, el que no llora, el que no sufre, el que convierte el dolor en sangre ajena. Y es más fácil. Dios, es tan fácil. Porque he pasado veintinueve años construyendo este cascarón, y volver a meterme dentro es como volver a casa.

La recuerdo en la terraza, la noche que me dijo que se quedaba.

La recuerdo en la cama, la primera mañana, con las marcas en la piel y la sonrisa sin vergüenza.

La recuerdo diciéndome «eres mío», agarrándome de la corbata, reclamándome como si yo fuera algo que valía la pena.

Y cada recuerdo es un cuchillo, sí, pero también es lo único que me mantiene cuerdo.

Porque si ella no valiera nada, no dolería.

Y duele. Duele tanto que sé, con certeza absoluta, que valía todo.

Y yo lo eché a perder por no saber contarle la verdad.

Por protegerla de una mentira que, al final, era su derecho saber.

Y ahora ella está ahí fuera, sola, herida, y yo estoy aquí, bebiendo, y los Coloma siguen vivos, y su madre sigue sin aparecer, y hay una guerra que no he terminado.

Y de pronto, en medio del whisky y la autocompasión, una idea se abre paso, clara como un disparo: quizá no pueda recuperarla con palabras.

Pero puedo ganar su guerra. Puedo acabar con los Coloma.

Puedo darle lo que nadie le ha dado nunca: justicia.

Y eso, al menos, es algo que el monstruo y el hombre, por una vez, quieren los dos.

El problema es que ya no me cabe.

Porque ella me agrandó. Me enseñó que había sitio para más que el miedo y el poder. Me enseñó a esperar, a pedir, a rendirme. Y ahora que intento volver a ser el de antes, me sobra algo. Me sobra un hueco con su forma. Y ese hueco duele más que todo lo demás.

Esta noche, solo en el despacho, con la botella a medias y la luna en la ventana, entiendo que estoy en la frontera. Que puedo cruzar del todo, volver a ser el monstruo que mi padre crió, y no volver nunca. O puedo quedarme en el borde, sangrando, esperando a una mujer que quizá no vuelva.

Y por primera vez en mi vida, no sé cuál de las dos cosas quiero.

Porque el monstruo no siente. Y yo, ahora mismo, daría lo que fuera por no sentir.

Pero no puedo. Porque por más que beba, por más que rompa, por más que me esconda en la piel del que fui, ella sigue aquí.

En la mano que la soltó, en la boca que la mintió, en el pecho donde apoyaba la cabeza.

Y no hay botella que la saque de ahí. No hay sangre que la borre.

Porque no se la puede olvidar: se la lleva uno dentro, como una bala alojada junto al corazón.

Y yo, que he sobrevivido a tantas balas, no sé si voy a sobrevivir a esta.

Y ya ni siquiera estoy seguro de querer.

Porque hay dolores que son lo único que te queda de alguien, y dejarlos ir es como perderla otra vez.

Y yo no quiero perderla otra vez. Así que me quedo con el dolor, con la botella, con el monstruo.

Me quedo en el borde, sin cruzar, porque cruzar del todo sería renunciar a la posibilidad de que vuelva.

Y mientras quede esa posibilidad, por mínima que sea, no me rindo.

No puedo. Soy Enzo Ravelli. Y yo no me rindo ni a la muerte.

Menos aún al desamor de la única mujer que me ha hecho querer vivir y respirar de verdad.