ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

No me voy a rendir con él.

Lo decidí en la finca, atada a aquella silla, y lo mantengo ahora, en la villa, con un Enzo que se empeña en no creerse que alguien pueda quererlo.

Y no me rindo, porque sé lo que es ser él.

Sé lo que es mirarte al espejo y no soportar lo que ves.

Sé lo que es creer que todo lo que tocas se rompe, porque te lo han repetido toda la vida, porque has crecido en una casa donde el cariño se medía en silencio y el miedo en decibelios.

Sé lo que es estar tan acostumbrado a que te fallen que, cuando alguien no te falla, no te lo crees.

Y sé que no se sale de ahí con un discurso bonito.

Se sale con hechos. Con quedarse. Con no irse cuando el otro te empuja.

Y yo, que me he pasado la vida yéndome o dejándome ir, esta vez no me muevo.

Porque lo he visto. Lo he visto en la finca, entrando por mí entre las balas.

Lo he visto en el coche, con la mano temblando sobre la mía.

Lo he visto anoche, besándome las muñecas como si pudiera borrar las cuerdas con los labios.

Ese hombre no es un monstruo. Ese hombre es alguien que fue criado por un monstruo y que, a pesar de todo, está intentando ser otra cosa.

Y yo no voy a ser la que le diga que no puede.

Voy a ser la que se queda a verlo conseguirlo.

Y no me rindo, porque sé lo que es ser él.

Sé lo que es no quererte a ti mismo. Sé lo que es creer que todo lo que tocas se rompe, porque te lo han repetido toda la vida.

Y sé, también, que no se sale de ahí con discursos.

Se sale con hechos. Con quedarse. Con no irse cuando el otro te empuja.

Y Enzo, desde anoche, no ha dejado de empujarme.

No con las manos. Con las palabras. Con ese «no deberías quererme» que me repite como un rezo, esperando que me canse y me vaya. Esperando que confirme su miedo de siempre: que nadie se queda.

Pues se equivoca. Yo me quedo.

Y quedarse, para alguien como yo, es lo más valiente que puedo hacer.

Porque toda mi vida me han enseñado a irme, o a que se vayan de mí.

Mi madre se fue. Mi padre me usó. Diego me dejó.

Y yo, en cada una de esas ausencias, me hice un poco más pequeña, un poco más invisible, un poco más convencida de que no valía la pena que se quedaran.

Y ahora, delante de este hombre que me empuja por miedo, entiendo que quedarme no es solo un acto de amor hacia él.

Es un acto de amor hacia mí. Es decirle a la niña que esperaba en la puerta que esta vez, pase lo que pase, no me voy a abandonar.

Y tampoco a él. Porque abandonarlo sería abandonar la parte de mí que por fin ha encontrado un sitio.

Y no voy a hacerlo. Me quedo. Aunque me empuje, aunque se esconda, aunque me repita mil veces que no lo merece.

Me quedo hasta que se lo crea. Y si no se lo cree nunca, me quedo igual.

Porque el amor, el de verdad, no depende de que el otro se lo crea. Depende de que tú no te rindas.

—¿Por qué? —me preguntó anoche, ya en la cama, a oscuras, con la voz rota—. ¿Por qué yo?

Y yo no supe contestarle entonces. Me quedé callada, porque la respuesta era demasiado grande para decirla en una frase. Pero la he estado masticando toda la noche, y ahora, a la luz de la mañana, la tengo.

—Porque me viste —le digo, sirviéndole un café que no me ha pedido—.

Porque cuando todo el mundo me miraba como a un objeto, tú me miraste como a una persona.

Porque me diste la puerta cuando podías haberme encerrado.

Porque me esperaste. Porque viniste a por mí.

Porque, con todas tus contradicciones, eres el único hombre que me ha tratado como si valiera algo.

Y no es poco, lo que digo. Para una mujer que creció creyendo que no valía nada, que su madre la vendió y su padre la usó y su ex la administró, descubrir a un hombre que te mira como si valieras el mundo es un terremoto.

Me cambió los cimientos. Me enseñó que podía elegir, que podía quedarme o irme, que mi vida era mía.

Y eso, Enzo, no me lo ha dado nadie más.

Por eso, cuando me dice que no lo merezco, me dan ganas de sacudirlo.

Porque no se da cuenta de que lo que me dio no tiene precio, y de que devolvérselo, quedándome, es lo menos que puedo hacer.

Y no me quedo por deuda. Me quedo por ganas.

Porque lo quiero. Porque con él no soy la hija de nadie, ni la novia de nadie, ni la rehén de nadie.

Soy Valeria. Y me gusta quién soy a su lado.

Me gusta la mujer que me he vuelto: la que planta cara, la que elige, la que dice lo que siente.

Y esa mujer, se la debo en parte a él. Y no pienso abandonarla ni abandonarlo.

Él me mira por encima de la taza, y veo la duda peleando en su cara.

—Y porque también eres oscuro —continúo—.

Y yo también. Y no quiero a un hombre que me obligue a fingir que soy de luz.

Quiero a uno que me entienda cuando estoy rota.

Que no se asuste de mi rabia, de mi miedo, de mis heridas.

Y tú no te asustas. Tú las besas. Las marcas de mis muñecas, anoche, las besaste una a una, como si quisieras borrar lo que me hicieron.

Y eso, Enzo, no lo hace un monstruo. Lo hace un hombre que no sabe querer bien, pero que lo intenta con todo lo que tiene.

Se hace un silencio. Luego, despacio, él deja la taza, se levanta, y me rodea con los brazos, y me aprieta contra su pecho como si yo fuera lo único que lo mantiene en pie.

—No sé hacer esto —murmura contra mi pelo.

—Ninguno de los dos sabe. —Le rodeo la cintura—. Lo aprenderemos juntos.

Y es la primera vez que lo digo, «juntos», y la palabra se me queda en la boca, dulce y nueva, como una promesa que no sabía que quería hacer.

—Te quiero —dice, al fin, con la voz tan baja que casi no la oigo. Pero la oigo. La oigo entera, con su miedo y su rendición, y se me graba en el pecho para siempre—. Te quiero, Valeria. Y no sé hacerlo bien. Pero te quiero.

Y en esas palabras, en su torpeza, en su «no sé hacerlo bien», está todo lo que necesitaba oír.

Porque yo no quiero a un hombre que lo haga perfecto.

Quiero a uno que lo intente, que tiembla, que se equivoca y se queda.

Y Enzo, con su miedo a cuestas, acaba de darme exactamente eso: no una promesa de perfección, sino una de presencia.

La promesa de que va a estar, aunque no sepa cómo.

Y eso, para mí, que he vivido rodeada de ausencias, vale más que mil palabras bonitas.

Le devuelvo el abrazo, me aprieto contra él, y siento su corazón galopando bajo mi mejilla, y el mío respondiendo al mismo ritmo, y por un momento no hay guerra, ni Coloma, ni madre vendida, ni padre deudor.

Solo hay dos personas rotas que se sostienen, una contra la otra, aprendiendo a no caerse.

Y yo pienso que esto, justo esto, es lo que he estado buscando toda mi vida sin saber ponerle nombre.

Y ahora que lo tengo, no lo suelto. Ni a él. Ni a mí. Ni a esto.

Y yo, que llevaba toda la noche esperando esa rendición, entiendo que esto es lo más parecido a la paz que he tenido nunca.

No es perfecto. No es limpio. No es fácil.

Pero es nuestro.

Y con eso me basta.