CAPÍTULO 45
La guerra no se detiene porque yo me haya enamorado.
Lo sé desde el primer día. Lo sé porque la he vivido toda la vida, y porque los Coloma no perdonan, no olvidan y no esperan.
Han tardado más de lo que pensaba en mover ficha, pero por fin lo han hecho, y lo han hecho bien: no han venido a por mí, que soy un objetivo difícil.
Han venido a por Valeria, que es mi punto débil.
Y eso, en mi mundo, se paga con sangre.
Siempre lo supe. Lo aprendí de mi padre, y lo aprendí a los doce años, el día en que entendí que el amor es un lujo que los hombres como yo no podemos permitirnos.
Porque el amor es un punto débil. Es una diana pintada en la espalda.
Y durante años la evité, la diana, manteniéndome solo, frío, blindado.
Hasta que llegó ella y me la tatuó en el pecho sin que yo pudiera evitarlo.
Y ahora, los Coloma, con su olfato de carroñeros, la han olido.
Han olido que hay algo —alguien— por lo que daría mi imperio entero.
Y han venido a por eso. No a por mi dinero.
A por mi corazón. Y van a descubrir que, cuando me tocan el corazón, dejo de negociar.
Convoco a Matteo y a Vittorio al despacho. La reunión es corta. No hay nada que discutir: hay que cerrar la puerta que han abierto, y hay que hacerlo ya.
—El padre es un peón —dice Matteo—. Los Coloma lo han amenazado para que llame, para que ella salga corriendo. No sabe nada. Solo tiene miedo.
—¿Y la deuda? —pregunto.
—La han reactivado. Intereses de usura. Saben que ella no va a permitir que lo maten, y juegan con eso.
Malditos. Juegan con lo único que me importa. Y lo hacen bien, porque conocen a Valeria mejor de lo que creía: saben que no puede abandonar a su padre, ni siquiera al padre que la vendió. Saben que el amor, en ella, es una herida abierta. Y la están apretando justo ahí.
Eso es lo que más me cabrea: no la violencia.
La precisión. Han estudiado a Valeria. Saben que su padre es su punto débil, y lo usan.
Saben que ella no puede mirar para otro lado cuando alguien que quiere está en peligro, aunque ese alguien no la merezca.
Saben que el sentimiento de culpa es su jaula de siempre, y la están abriendo para meterla dentro otra vez.
Y yo, que la he sacado de tantas jaulas, me descubro impotente frente a esta, porque es una jaula que lleva dentro, construida ladrillo a ladrillo por veintiséis años de ser la hija que carga con todo.
No se rompe con dinero. No se rompe con sangre.
Y eso me enfurece, porque me deja sin herramientas.
—¿Quieres que hable con Sebastián? —pregunta Matteo.
—No. Yo.
Matteo me mira un instante, como si quisiera decirme que no vaya solo, pero no lo dice.
Sabe que cuando se trata de los Coloma, y de Valeria, no hay consejo que me haga cambiar de opinión.
Le doy instrucciones rápidas: que dupliquen la seguridad de la villa, que nadie entre ni salga sin mi visto bueno, que el padre de Valeria quede vigilado a distancia, sin que ella lo sepa.
Quiero saber cada movimiento de los Coloma antes de que lo hagan.
Quiero adelantarme, por una vez, en esta partida que llevan jugando a mis espaldas desde antes de que yo supiera que existía.
Y mientras doy las órdenes, no dejo de pensar en su cara: en Valeria, sentada en el borde de la cama, con el móvil en las manos y la felicidad rota.
En cómo ha vuelto a apagarse algo en sus ojos, ese brillo que tanto me costó encender.
Y en cómo, por culpa de su padre y de los Coloma, está a punto de volver a ser la mujer asustada que era antes.
No pienso permitirlo. No después de todo lo que nos ha costado llegar hasta aquí.
La he visto florecer en estos días. La he visto reírse, dormir, quererme sin miedo.
Y no voy a dejar que un gordo calvo con las manos manchadas me la devuelva a la mujer que temblaba.
Antes muerto. Antes les quemo Madrid entero.
Porque si algo he aprendido en esta guerra es que la única forma de proteger lo que quieres no es esconderlo.
Es enseñar a todos lo que pasa con el que se atreve a tocarlo.
Y lo que pasa, todos lo saben ya: no queda nadie para contarlo.
Y esta vez, con ella en juego, seré más rápido que nunca.
La reunión con Sebastián Coloma se celebra en terreno neutral, un restaurante de Madrid con las persianas bajadas y los hombres de ambos bandos en la puerta. Es un hombre gordo, calvo, con manos de funcionario y ojos de carnicero. Nunca me ha gustado. Hoy, menos.
—Enzo. —Me recibe con una sonrisa—. Cuánto tiempo. Supongo que vienes por la chica.
—Vengo a decirte una cosa. —Me siento, sin estrecharle la mano—. No vuelvas a acercarte a ella. Ni a su padre. Ni a nada que la toque. O te arrepentirás.
—Qué valiente, el chico de Rocco. —Se ríe—. Pero no entiendes nada. Esto nunca fue por el dinero.
Se me enciende una alarma. No por sus palabras. Por su tono. El de un hombre que sabe algo que yo no.
—Entonces, ¿por qué? —pregunto, despacio.
Sebastián se inclina, baja la voz, y sonríe como el gato que ha cazado al canario.
—Porque la chica no es lo que crees. —Hace una pausa, saboreando el momento—. Su madre no la abandonó, Enzo. La vendió. A nosotros. Hace veinte años.
El mundo se me para.
—¿Qué?
—La madre de tu Valeria le debía más de lo que podía pagar. Y nos pagó con la niña. —Sus ojos brillan—. Tenemos los papeles, los testigos, todo. Y si no la entregas, haremos públicos los documentos y la pondremos en el centro de un escándalo que la hundirá. O peor.
Se me revuelve el estómago. No por el chantaje. Por lo que significa.
La madre de Valeria no se fue. La vendió. Y los Coloma lo saben desde siempre. Llevan veinte años guardando esa carta, esperando el momento de jugarla.
Y ahora la han jugado.
Contra mí.
—Es tu movimiento —dice Sebastián, y se levanta—. Piénsalo bien.
Me quedo solo, en el restaurante vacío, con una rabia que me quema por dentro y una certeza que me aterra: si Valeria se entera de la verdad, no descansará hasta encontrar a su madre. Y su madre es, ahora, el cebo perfecto.
Los Coloma no quieren a Valeria por el dinero.
La quieren a ella.
Y no sé por qué, y ese no saber es lo que me está matando.
Porque puedo luchar contra lo que entiendo.
Contra una deuda, contra un secuestro, contra un enemigo con nombre.
Pero esto no lo entiendo. ¿Qué quieren de ella?
¿Por qué guardaron veinte años la historia de su madre?
¿Qué papel va a jugar Valeria en todo esto?
Hay algo que se me escapa, una pieza que no veo, y mientras no la encuentre, ella está en peligro.
Y yo, que he pasado la vida controlando cada variable, que he ganado guerras jugando tres movimientos por delante, me descubro por primera vez a ciegas.
Y me aterra. No por mí. Por ella. Porque si me equivoco, el precio no lo pago yo.
Lo paga ella. Y eso, ni muerto, lo voy a permitir.
Y yo, por primera vez en mi vida, no sé cómo ganar esta partida sin perderla.
Pero la voy a ganar. Por ella. Porque no pienso perderla. Ni esta partida, ni a ella nunca.