ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Algo se ha roto entre nosotros, y todavía no sé qué es.

Lo noto en los silencios. Enzo ha vuelto a cerrarse, como en los primeros días, y yo, que ya conozco todas sus puertas, sé distinguir cuándo es trabajo y cuándo es algo que me está ocultando.

Esto es lo segundo. Las llamadas a deshoras, las miradas que se le escapan cuando cree que no lo veo, la forma en que se queda callado a mi lado, como si hubiera una tercera persona entre los dos.

He intentado preguntarle. Lo he intentado tres veces, y las tres me ha respondido con un «no es nada» que me sabe a mentira.

Porque no es nada que lo desvele, no es nada que le robe el sueño, no es nada que lo haga apartar la vista cuando le cojo la mano.

He aprendido, en estos meses, a leer a Enzo Ravelli mejor que a mí misma: sé cuándo está pensando en la guerra, cuándo está pensando en mí y cuándo, como ahora, está pensando en algo que no quiere que yo sepa.

Y ese último estado me aterra. Porque si un hombre que me ha enseñado su oscuridad entera me esconde algo, ese algo tiene que ser enorme.

Y no sé por qué, pero tengo la sensación, honda y fría, de que ese secreto tiene que ver conmigo.

Con mi pasado. Con esa parte de mi historia que siempre he sentido como un agujero negro: la madre que se fue, la puerta por la que desapareció, la niña que se quedó esperando.

Llevo toda la vida sin querer mirar ese agujero.

Y tengo la sensación de que, muy pronto, no voy a tener más remedio que mirarlo. Y va a doler.

Y luego llega el sobre.

Lo encuentro una mañana, en la bandeja de la entrada, sin remitente, con mi nombre escrito a mano en una letra que no reconozco. Dentro hay una fotografía vieja y unos papeles.

La fotografía es de una mujer joven, morena, con mi boca y mis mismos ojos. La reconozco aunque no la recuerde. Es mi madre.

La miro y no siento nada, y ese nada me asusta.

Se supone que una madre es lo primero que amas, lo que te falta toda la vida cuando se va.

Pero yo no la recuerdo. No recuerdo su voz, ni su olor, ni su risa.

Solo recuerdo la puerta, la de nuestra casa de entonces, y a mi padre diciéndome que se había ido, que no volvería, que no llorara.

Y yo lloré igual, durante años, en secreto, sin saber muy bien por qué lloraba.

Ahora lo sé. Ahora sé que lloraba por una mujer que me cambió por una deuda.

Y no sé si es peor no recordarla o empezar a odiarla.

Porque el odio, al menos, es un sentimiento.

Es algo. Y yo, delante de esta foto, solo siento vacío.

Un vacío de veinte años que ya no voy a poder llenar con la esperanza de que un día vuelva, de que un día me explique, de que un día me quiera.

Porque ya no hay nada que explicar. Hay un contrato.

Hay una firma. Y hay una niña de seis años que dejó de existir el día en que su madre la firmó.

Los papeles son peores.

Los leo de pie, en el vestíbulo, con el corazón en la garganta. Son fotocopias de un contrato. Una cesión. Una venta. Y en el centro, entre la letra pequeña y los sellos, hay un nombre que conozco: el mío. Valeria Soler. De seis años.

Leo las palabras una y otra vez, esperando no entenderlas, esperando que sean otra cosa, un error, una broma cruel.

Pero no lo son. Son un contrato redactado con la frialdad de los que trafican con personas y lo llaman «acuerdo».

Están las firmas, los testigos, la fecha.

Y está el precio, escrito en pesetas de entonces, una cifra ridícula para lo que se vendía.

Me vendieron por menos de lo que costaría un coche.

Eso es lo que valía yo para la mujer que me trajo al mundo.

Menos que un coche. Me da risa, de pronto, una risa que me sube desde el pecho y se me atraganta.

Porque he pasado veinte años creyendo que el problema era yo.

Que no fui suficientemente buena, suficientemente obediente, suficientemente digna de que se quedara.

Y resulta que el problema no era yo. Era ella.

Era su deuda, su miedo, su miseria. Y me usó.

Me usó como yo he dejado que me usen toda la vida.

Como me usó mi padre. Como me usó Diego.

Como, quizá, me está usando Enzo ahora mismo, con su silencio.

Mi madre no me abandonó. Me vendió. A los Coloma. Hace veinte años.

Se me doblan las rodillas. Me apoyo en la mesa de la entrada y respiro, o intento, pero el aire no me entra.

Veinte años. Veinte años creyendo que mi madre se fue porque no me quería, y resulta que no se fue: me entregó.

Firmó un papel y me entregó, como se entrega un mueble, como se salda una deuda.

Y yo he vivido toda mi vida cargando con la culpa de su abandono, preguntándome qué hice mal, por qué no fui suficiente para que se quedara.

Y no hice nada mal. Nunca hice nada mal. Solo fui la moneda con la que pagó.

El odio me sube por el pecho, espeso, y detrás del odio, algo peor: una pena tan honda que no sé dónde me cabe.

Me siento en el suelo, con la foto y los papeles en las manos, y lloro.

Lloro por la niña que fui, por la que se quedaba mirando la puerta esperando a una madre que no volvía.

Lloro por todas las noches que me dormí creyéndome indigna de amor.

Lloro hasta que ya no me queda nada dentro.

Y entonces, mientras lloro, una idea me atraviesa como un cuchillo.

Enzo.

Su silencio de estos días. Las llamadas. La forma en que me miraba como si cargara con un peso que no me quería soltar.

Lo sabía.

Él lo sabía, y no me lo ha dicho.

Me levanto, con las piernas temblando, y subo las escaleras hacia el despacho. No sé qué voy a decirle. Solo sé que esta vez no pienso callarme. Que me ha roto algo que ni él ni nadie va a poder pegarme. Y que necesito oírlo de su boca, aunque me destroce.

Porque si me mintió en esto, con lo que más me duele, entonces todo lo demás —el amor, la libertad, la elección— puede ser mentira también.

Y no quiero que sea mentira. Eso es lo peor: no quiero.

Porque lo que teníamos era lo único bueno que me había pasado en la vida, y la idea de que fuera una farsa me hunde más que el contrato, más que la foto, más que veinte años de abandono.

Me agarro a los recuerdos como a un salvavidas: sus brazos por la noche, su «soy tuyo», su mano en mi cara.

¿Era eso mentira? ¿Puede un hombre quererte así y, a la vez, ocultarte lo más importante de tu vida?

No lo sé. Y no saberlo, con todo lo que está en juego, es lo que me deja sin aire mientras subo las escaleras hacia él.

Y esa duda, más que el sobre, es lo que me está matando.

Me seco la cara con el dorso de la mano y subo las escaleras. Porque hay preguntas que no se responden solas, y la mía, la que llevo veinte años arrastrando, acaba de encontrar su respuesta. Ahora solo me falta la otra: si el hombre al que amo es capaz de darme la suya. Y de que yo pueda creérmela.