ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Durante unos días, el mundo se olvidó de nosotros.

No sé cuántos fueron. Sé que bastaron para que yo empezara a creer, contra todo pronóstico, que esto podía ser mi vida: despertarme en sus brazos, pintar por las mañanas, comer con él en la terraza mirando el mar, quererlo por las noches hasta quedarme sin aliento y sin miedo.

Suficientes para que la villa dejara de ser una jaula y se convirtiera, simplemente, en casa.

Y no fue un cambio de cerradura ni de llave.

Fue un cambio mío. La villa era la misma de siempre: los mismos mármoles, las mismas vistas, los mismos hombres en la puerta.

Lo que cambió fui yo. Dejé de contar los días que me faltaban para irme y empecé a contar los que quería quedarme.

Dejé de mirar el mar como una frontera y empecé a verlo como un horizonte.

Dejé de ver a Enzo como mi captor y empecé a verlo como mi casa.

Y una casa, descubrí, no es un lugar. Es una persona.

Es el pecho donde apoyas la cabeza y el brazo que no se mueve por la noche.

Es saber que hay alguien que no te va a soltar, pase lo que pase.

Eso era él para mí. Y yo, que nunca había tenido nada parecido, me aferré a ello con las dos manos, sin darme cuenta de que el mar de fuera, el de los Coloma y las deudas, nunca se había ido de verdad.

Solo esperaba, en la orilla, a que yo bajara la guardia.

Y entonces sonó el teléfono de mi padre.

Lo vi en la pantalla, un nombre que no aparecía desde hacía semanas, y sentí cómo el estómago se me encogía. Mi padre no llama para preguntar cómo estoy. Llama para pedir. Y cuando pide, es que algo va muy mal.

—No lo cojas —dijo Enzo, desde la cama, sin abrir los ojos.

—Es mi padre.

—Precisamente.

Pero lo cogí. Porque hay cadenas que no se rompen ni con todo el amor del mundo, y la de mi padre es una de ellas.

—Valeria. —Su voz sonaba ronca, asustada, la voz de un hombre al que le han dado una paliza o algo peor—. Hija, necesito que me escuches.

—¿Qué ha pasado?

—Los Coloma. —Se atragantó—. Han ido a por mí. Dicen que la deuda ha vencido, que quieren el dinero con intereses, que no les vale con lo que ha pagado el italiano. Me han dado una semana.

Cerré los ojos. Una semana. La paz se me escapaba entre los dedos como arena.

—¿Y qué quieres que haga yo, papá?

—No lo sé. —Y entonces lo dijo, con esa mezcla de vergüenza y descaro que tanto odio—. Pero tú vives con un Ravelli. Pídeselo. Convéncelo. Tiene dinero de sobra, hija. Y yo... yo no quiero acabar en una cuneta.

Y ahí estaba otra vez. El papel de siempre. La hija que paga, que pide, que se arrastra. La que desaparece para que él siga vivo.

Y lo peor no es que él me lo pida. Es que yo ya no quiero ser esa hija.

He pasado veintiséis años siéndola, y ahora, por primera vez, tengo algo que es mío, algo que no quiero sacrificar por él.

Y me odio por pensarlo. Me odio por dudar.

Porque una buena hija no dudaría, ¿verdad?

Una buena hija correría a salvar a su padre.

Pero yo ya no sé si quiero ser buena. Solo sé que quiero ser libre, y que mi padre, cada vez que aparece, me recuerda que nunca lo he sido.

Y esa rabia, la de no poder ni siquiera disfrutar de mi felicidad sin que él me la manche, es la que me ahoga mientras cuelgo el teléfono.

Colgué sin prometer nada. Me quedé sentada en el borde de la cama, con el móvil en las manos y la felicidad de los últimos días hecha añicos a mis pies.

Lo odio. Es lo primero que siento, y me da vergüenza sentirlo, pero lo odio.

Odio que haya esperado justo a que yo fuera feliz para llamar.

Odio que su voz me devuelva, en diez segundos, a la niña que se escondía bajo la mesa cuando venían los cobradores.

Odio que me conozca tan bien, que sepa exactamente qué botón pulsar para que yo lo deje todo y corra.

Porque ese es el problema de los padres que te usan: no hace falta que te amenacen.

Les basta con tener miedo, y con saber que tú, que has sido su hija toda la vida, no vas a poder soportarlo.

Y yo no puedo. Ese es mi secreto más feo: no puedo soportar la idea de que le pase algo, por más que se lo haya buscado, por más que me haya vendido, por más que me haya arrastrado con él a cada pozo.

Porque es mi padre. Y porque, a pesar de todo, sigue siendo lo único que me queda de mi infancia, y no sé cómo se renuncia a eso sin arrancarme algo por dentro.

Me quedo un rato mirando la pantalla, el nombre de mi padre todavía ahí, como una acusación.

Y pienso en todas las veces que me llamó igual, borracho, llorando, pidiéndome que lo rescatara de una deuda, de una paliza, de un desahucio.

Y en todas fui. En todas dejé lo que estaba haciendo y fui.

Porque nadie más iba a ir. Porque si yo no lo salvaba, no lo salvaba nadie.

Y ahora, con un hombre que me quiere esperándome en la cama, me descubro haciendo la cuenta de siempre: cuánto me va a costar esta vez.

Y no es dinero. Nunca fue dinero. Es la parte de mí que me quedo en cada rescate, la que no vuelve, la que se queda tirada en la cuneta junto a él.

Y esa parte, hoy, no quiero volver a perderla.

—Te lo he oído todo —dijo Enzo, a mi espalda.

Me giré. Estaba despierto, apoyado en el cabecero, mirándome con esa calma suya que a veces es consuelo y a veces es sentencia.

—No quiero pedirte dinero —dije—. No voy a hacerlo.

—No lo has pedido. Él lo ha pedido por ti.

—Peor aún.

—Valeria. —Se incorporó y me cogió la cara, obligándome a mirarlo—. Esto no es por tu padre. Esto es por ti. Los Coloma no quieren el dinero. Quieren que saltes. Quieren que corras hacia tu padre, lejos de mí, y caigas en sus manos. Y tu padre, sin saberlo, les está haciendo el trabajo sucio.

Se me heló la sangre.

—¿Tú crees...?

—Lo sé. —Sus ojos se endurecieron—. Llevo una semana esperando este movimiento. Sabía que no tardarían.

Y entonces entendí que mi burbuja no se había roto sola. Alguien la había pinchado.

Y que, por primera vez, el peligro no venía a por Enzo.

Venía a por mí.

Y no es una frase de película. Lo siento en el cuerpo, en la piel, en el vacío del estómago.

Hasta ahora, el peligro siempre había sido de Enzo: su guerra, sus enemigos, su sangre.

Yo era la que miraba desde la orilla, la que se asustaba, la que decidía si quedarse o huir.

Pero esto es distinto. Esto me apunta a mí, a mi pasado, a mis deudas heredadas.

Y por primera vez entiendo, de verdad, lo que significa estar dentro de su mundo: que el precio de quererlo es que también me quieran cazar a mí.

Y no sé si estoy preparada. Solo sé que no pienso soltar su mano.

Ni la mía. Ni a mi padre, por malo que sea.

Porque si algo me han enseñado estos meses es que huir no me salva de nada.

Quedarme, en cambio, es lo único que me ha dado la vida.