ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

La posesión, descubro, es de dos.

Lo entiendo una tarde, en el despacho, cuando una de las socias de los negocios de mi hermano viene a la villa con unos papeles y se queda mirándome demasiado tiempo.

No es la primera. A lo largo de los años he aprendido a ignorar esas miradas, a usarlas, a dejarlas pasar como quien deja pasar una mosca. Pero esta vez hay una diferencia.

Valeria está en la puerta.

No dice nada. No hace una escena. Solo se queda ahí, con el cuaderno de bocetos bajo el brazo, mirando a la mujer con una calma que yo conozco bien, porque la he visto en el espejo. Es la calma del que no necesita amenazar, porque sabe lo que es suyo.

La socia, que no se llama de nada que me importe, se da cuenta al instante.

Las mujeres se huelen estas cosas, creo, como los perros se huelen el miedo.

Y aunque yo no le he dado ninguna esperanza —nunca se la doy a nadie—, se retira con una sonrisa tensa y un «volveré otro día» que no va a cumplir, porque yo ya no la veré.

Pero no es eso lo que me importa. Lo que me importa es Valeria, quieta en la puerta, y la forma en que me mira: no con celos de niña, no con inseguridad, sino con la certeza tranquila de la que sabe que nadie va a quitarle nada.

Y esa certeza, viniendo de ella, que hace un mes temblaba si la rozaban, me llena de un orgullo absurdo, como si me hubiera coronado.

Porque la he visto florecer. La vi llegar asustada, callada, invisible, y ahora está ahí, delante de mi despacho, plantándole cara al mundo sin levantar la voz.

Y yo, que la he protegido de medio imperio, descubro que no hace falta.

Que ella sola se protege. Que se ha convertido en mi igual sin que ninguno de los dos lo buscara.

Y eso, más que cualquier beso, me dice que lo nuestro es de verdad.

La socia se va. Y Valeria entra, se sienta en el borde de mi escritorio —mi sitio, el que nadie se atreve a tocar—, y me mira.

—¿Quién era? —pregunta.

—Nadie. Negocios.

—Te miraba como si quisieras ser su negocio.

Me río. No puedo evitarlo. Y ella no se ríe; se inclina, me coge de la corbata y me atrae hasta su boca, y me besa con una intensidad que me deja sin aire.

—Eres mío —dice, contra mis labios—. Y no me gusta que te miren.

Y lo dice con una ferocidad que me recuerda a mí.

A la versión más oscura de mí, la que mata por lo que quiere, la que no comparte, la que marca.

Y descubro, con una claridad que me deja sin habla, que mi oscuridad le ha contagiado.

O quizá no. Quizá siempre la tuvo, dormida, y yo la he despertado.

Y en vez de asustarme, me enciende. Porque no quiero a una mujer que me ceda.

Quiero a esta: a la que me reclama, a la que me muerde, a la que no se deja.

Y yo, que he pasado la vida poseyendo sin ser poseído, siento algo que me sube por la espalda: orgullo. Deseo. Una rendición extraña y dulce, la de saberme suyo, la de que alguien, por fin, me reclame.

—Lo soy —digo, y me oigo decirlo como quien confiesa—. Tuyo. Desde antes de conocerte.

Ella sonríe, esa sonrisa pequeña que me desarma, y se aparta, y se va, dejándome con la corbata torcida y el corazón a toda velocidad. Y yo me quedo ahí, en mi despacho, con los papeles sin firmar, pensando en que he ganado imperios y no me he sentido ni la mitad de rico que ahora.

Porque esto es la posesión mutua. No es la que yo conocía, la de atar y retener y vigilar.

Es la de dos personas que se eligen, se reclaman y se cuidan la espalda.

Es la de ella marcándome con un beso delante de mis papeles, y yo dejándola, porque no hay nada en el mundo que me guste más que ser suyo.

Me doy cuenta de que llevo toda la tarde sin poder concentrarme.

Los papeles de mi hermano siguen ahí, sin firmar, y yo sigo pensando en su boca, en su «eres mío», en la forma en que me agarró de la corbata como si yo fuera de su propiedad.

Y lo gracioso es que no me molesta. Al contrario.

Me excita, me ablanda, me hace sentir algo que no me han hecho sentir nunca: querido por fin.

No por lo que tengo, no por lo que puedo hacer, no por el miedo que doy.

Querido a secas. Y es tan raro, tan nuevo, que no sé muy bien qué hacer con ello.

Solo sé que quiero más. Que la quiero a ella, con sus celos y su corbata y su boca, y que esta noche se lo voy a demostrar de la única forma que sé.

Porque las palabras no son lo mío. Nunca lo fueron.

A mí me enseñaron que se habla con los hechos, y los hechos, esta noche, van a ser claros: suyo, con el cuerpo, con la boca, con cada hora de una noche que no pienso dormir.

Hasta que no le quede ninguna duda de que, de todos los imperios que he tenido, el único que me importa es el de ser suyo.

Esa noche, se lo demuestro.

La espero en la cama, a oscuras, y cuando entra, la cojo por la cintura y la tumbo, y le repito, con la boca y con las manos, todo lo que no supe decirle por la tarde: que es mía, que yo soy suyo, que nadie —ni una socia, ni un Coloma, ni el mundo entero— va a separarnos.

Esta noche es distinta a la primera. No hay nervios, no hay miedo, no hay un año de espera entre los dos.

Hay algo mejor: la costumbre que empieza, el cuerpo que ya se conoce, la certeza de que esto es nuestro y de que podemos tomárnoslo con calma o con furia, según nos pida el cuerpo.

Y esta noche nos pide furia, y yo se la doy, y ella me la devuelve, y acabamos los dos sin aliento, riéndonos entre jadeos, con las sábanas en el suelo y las marcas de la tarde olvidadas.

Porque lo único que queda, al final, es esto: ella y yo, enredados, queriéndonos de la forma sucia y perfecta que nos ha tocado en suerte.

Y no lo cambiaría por nada. Ni por la tregua con los Coloma, ni por el imperio entero, ni por la paz que llevo años buscando y que, ironías del destino, he encontrado en una mujer que al principio no me hablaba.

Porque la paz no es el silencio. Es esto.

Es saber que hay alguien en el mundo que te reclama, que te elige, que te quiere sucio y todo, y que no se va.

Eso, y solo eso, es lo que he necesitado siempre.

—Dilo otra vez —me pide, jadeando, con las manos en mi pelo.

—Soy tuyo —digo, y lo digo de verdad, y me pierdo en ella, y no quiero salir nunca.

Después, con ella dormida sobre mi pecho, miro el techo y me río solo, bajito, para no despertarla. Porque Enzo Ravelli, el hombre que no se doblegaba ante nadie, acaba de descubrir que rendirse también se puede disfrutar.

Y no hay poder en el mundo que sepa tan bien.

Porque rendirse a ella es, en el fondo, la única victoria que de verdad he deseado en toda mi maldita vida. Y pienso celebrarla todas y cada una de las noches que me queden.