ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Me despierto en sus brazos.

No recuerdo la última vez que dormí tan profundo.

Ni si he dormido así alguna vez. Hay luz entrando por las cortinas, y calor, y un brazo pesado alrededor de mi cintura que no quiero que se mueva jamás.

Cuando abro los ojos, lo primero que veo es a él, mirándome, despierto, con una calma en la cara que no le conocía.

—Buenos días —dice, con la voz ronca.

—¿Cuánto llevas despierto?

—Toda la noche. —Me aparta un mechón de la cara—. No quería perderme esto.

Y "esto" soy yo, despeinada, con el cuerpo dolorido y las marcas de anoche todavía en la piel. Debería darme vergüenza. No me la da.

Me giro un poco y me miro los brazos, las muñecas, el rastro de sus dientes en el hombro.

Son marcas de guerra, pero no de una guerra que haya perdido.

De una que he ganado, o en la que, al menos, he dejado de huir.

Y mirarlas a la luz de la mañana, en vez de avergonzarme, me llena de una especie de orgullo raro, como si por fin mi cuerpo y yo estuviéramos del mismo lado.

Como si, después de toda una vida peleando contra lo que sentía, hubiera firmado una tregua conmigo misma.

Anoche me rendí. Y no fue una derrota. Fue la victoria más dulce de mi vida.

Porque rendirse a él no significó desaparecer.

Significó, por fin, aparecer. Entera. Con mi deseo, mi miedo y mis ganas, todo junto, sin esconder nada.

Y él no se asustó. Me tomó entera, con mis sombras y mis marcas, y me quiso igual.

Eso es lo que hace que esta mañana no me dé vergüenza nada: que por fin hay alguien que me ha visto de verdad, y se ha quedado.

Porque anoche fui suya de una forma que me asustó y me liberó a partes iguales.

Me rompió y me recompuso, y me dejó las dos cosas: un dolor dulce en los músculos y la certeza de que no hay nadie en el mundo que me quiera como él.

Y ahora, a la luz de la mañana, lo que anoche era sucio y oscuro se ha vuelto tierno.

Y no sé cuál de las dos versiones me gusta más.

—¿Te duele? —pregunta, y su mano baja por mi espalda, suave, hasta el punto donde ayer me agarró con fuerza.

—Un poco. —Me estiro, como una gata—. Me gusta.

—A mí no me gusta haberte hecho daño.

—No me has hecho daño. —Le cojo la cara—. Me has querido. Que no sepas ser suave no significa que no seas bueno.

Él me mira, largamente, como si quisiera guardarme entera en la memoria. Luego me besa la frente, y ese beso, tan pequeño, tan distinto a los de anoche, me parte el corazón de una forma nueva.

Anoche fue fuego. Esta mañana es brasa. Y no sé cuál de las dos me ha marcado más. El fuego me lo sentí en la piel. La brasa me la siento en el pecho, justo aquí, donde antes solo había miedo y ahora hay algo que late con fuerza y no se apaga.

—Quédate un rato más —murmura.

—No pienso irme.

Y es la verdad. No pienso irme. Ni hoy, ni mañana, ni nunca, si puedo evitarlo.

Porque esta mañana, en esta cama, con sus brazos alrededor y su respiración en mi nuca, he entendido algo que anoche no supe nombrar: que esto ya no es miedo ni deuda ni rendición.

Es amor. Y el amor, con este hombre, no es limpio ni fácil ni tranquilo.

Es sucio y es tierno, y es mío.

Y no es un amor que pueda explicar a nadie.

No es el amor de las películas, ni el de las novelas que leía de adolescente, donde todo era limpio y prometido.

Es un amor con las manos manchadas y los dientes apretados, un amor que sabe a sangre y a sal y a noches en vela.

Es el amor de dos personas que se encontraron rotas y decidieron no arreglarse, sino encajar sus roturas.

Y quizá por eso es el único amor que me he creído en toda mi vida.

Porque no me pide que sea buena. Solo me pide que sea suya.

Y eso, por primera vez, no me cuesta. Me sale solo.

Como respirar. Como dormir por fin sin pastillas.

Lo miro, a este hombre despierto a mi lado, mirándome, y pienso en todo lo que hemos tardado en llegar aquí, en todas las veces que pude irme y no lo hice, en todas las veces que él pudo tomarme y no lo hizo.

Y entiendo que el amor, el de verdad, no es un rayo.

Es una acumulación. Es quedarse, una vez, y otra, y otra, hasta que un día te despiertas y ya no puedes imaginar tu vida sin ese cuerpo al lado.

Le toco la cicatriz del costado, la que besé anoche sin saber de dónde venía. Él se tensa, un segundo, pero no aparta mi mano.

—¿Me lo vas a contar algún día? —pregunto.

—Sí. —Su voz es baja—. Cuando esté listo. Y cuando tú estés lista para oírlo.

—¿Y si nunca lo estoy?

—Entonces no te lo contaré. —Me besa la coronilla—. Y no pasará nada, porque no cambia quién soy contigo.

Eso es lo más honesto que me ha dicho nunca. Y lo guardo, como guardo todo lo suyo, en un sitio que no sabía que tenía.

Nos quedamos así un rato largo, enredados, hablando de nada y de todo.

Le cuento de mi madre, que se fue sin despedirse.

Le cuento de mi padre, de las deudas, de por qué soy tan mala pidiendo ayuda.

Y él me escucha, de verdad, sin interrumpir, sin juzgar, con esa paciencia suya que me desarma.

Y yo, que nunca he sabido hablar de mí sin sentirme una carga, descubro que con él las palabras salen solas.

—Eres la primera persona que me escucha sin esperar nada a cambio —digo, al fin.

—No espero nada —dice—. Ya lo tengo todo.

Se me llenan los ojos. No sé por qué, con lo tonta que soy llorando, pero se me llenan.

Porque he pasado la vida siendo la que da: la que da de comer, la que da de su sueldo, la que da su tiempo y su paciencia y su orgullo, siempre a fondo perdido.

Y que ahora un hombre me mire y me diga que no espera nada, que ya lo tiene todo, me descoloca tanto que no sé ni qué contestar.

Así que no contesto. Me limito a quedarme ahí, dejándome mirar, dejándome querer, aprendiendo a recibir sin sentir que debo algo a cambio.

Y es más difícil de lo que parece. Pero con él, poco a poco, me sale.

Porque él no me pasa factura. No me recuerda lo que me ha dado, no me lo echa en cara, no me cobra en silencio como hacía mi padre con cada favor.

Me da, y se queda, y no me pide nada. Y esa gratuidad, tan nueva, tan suya, es lo que me está enseñando que el amor no es una deuda.

Es un regalo. Y yo, por primera vez en mi vida, quiero regalar algo de vuelta.

No por obligación. Por pura, limpia, desbordante gana.

Y me besa, y es un beso lento, de mañana, con sabor a sueño y a nosotros. Y yo pienso, mientras le devuelvo el beso, que esto es lo que debía ser el amor: no una jaula, no una deuda, no una rendición a oscuras.

Esto. Dos personas en una cama, a la luz de la mañana, sin prisa y sin miedo.

Y yo, que nunca he tenido un hogar, entiendo que por fin lo he encontrado.