CAPÍTULO 41
No sé cuánto tiempo nos besamos contra la barandilla.
Sé que en algún momento sus manos se me clavan en la espalda, y que mi nombre sale de su boca en un suspiro, y que ya no puedo más.
Un año. Un año entero esperando a esta mujer, y ahora está aquí, eligiéndome, y no voy a dejarla escapar otra vez.
—Dime que lo quieres —le digo contra su boca, con la voz rota—. Dímelo.
—Te quiero a ti. —Me mira, y sus ojos, a la luz de la luna, están mojados y decididos—. Te quiero a ti, Enzo. Solo a ti.
Y esa frase, esas cinco palabras, son más de lo que he ganado en toda mi vida.
La cojo en brazos. Ella no protesta; se agarra a mi cuello y esconde la cara en mi hombro, y la noto temblar, y sé que no es miedo. Es lo mismo que me tiembla a mí por dentro, la certeza de que esto, por fin, va a pasar.
Subo las escaleras sin encender ninguna luz. Conozco esta casa en la oscuridad; he pasado un año moviéndome por ella como un fantasma, observándola, deseándola, conteniéndome. Y esta noche no me contengo más.
La dejo en el borde de la cama. Me arrodillo delante de ella, y le cojo las manos, y por primera vez en mi vida, pido.
—Dime si quieres que pare —digo—. En cualquier momento. Y pararé.
—No quiero que pares. —Me acaricia la cara, con una ternura que me parte—. Quiero que me quieras. Todo lo que has estado esperando. Dámelo.
Y se lo doy.
Lo primero que hago es quitarle el vestido, y lo hago con una lentitud que me duele.
Ella se estremece con cada roce, con cada vez que mis nudillos rozan su piel, y ese estremecimiento me enciende más que mil promesas.
Le beso el cuello mientras el vestido cae al suelo, y luego los hombros, y luego el hueco entre los pechos, y ella me agarra del pelo y me atrae, y yo la dejo guiarme, porque esta noche no hay órdenes que valgan.
Solo hay esto: su cuerpo abriéndose al mío, y el mío muriendo por perderse en él.
La desnudo despacio, como se desenvuelve algo que llevas un año soñando y no quieres romper.
Cada botón, cada centímetro de piel, cada vez que ella contiene el aliento.
Y cuando por fin está delante de mí, desnuda y temblando y mirándome con esos ojos enormes, me detengo un segundo a mirarla, a grabarla, a memorizar lo que nunca voy a poder explicar.
—Eres preciosa —digo, y lo digo como quien reza.
—Y tú llevas demasiada ropa —responde, con una risa que se le quiebra.
Me río. Dios, me río. Y entonces la tumbo en la cama, y dejo de reír, porque lo que empieza ahora no tiene nada de gracioso.
Me quito la camisa sin dejar de mirarla.
Sus ojos me recorren el torso, la cicatriz del costado, las marcas de una vida que ella no conoce, y en vez de apartarse, se incorpora y me besa cada una de ellas, despacio, como si quisiera borrarlas.
Y yo me quedo quieto, dejándola, porque nadie me ha tocado así nunca: no con miedo, no con cálculo, sino con algo que se parece sospechosamente a la ternura.
La beso entera. Sin prisa y sin piedad, hasta que su cuerpo deja de temblar de nervios y empieza a temblar de otra cosa.
Hasta que arquea la espalda y me clava las uñas y dice mi nombre de esa forma que va a acabar conmigo.
Hasta que sus piernas me rodean y sus caderas me buscan y ya no hay nada en el mundo salvo ella.
Me tomo mi tiempo con cada parte de ella.
Con el cuello, donde su pulso late contra mis labios.
Con los pechos, que le arrancan un gemido ronco.
Con el vientre, que se contrae bajo mis manos como si mi tacto le quemara.
Y cuando por fin bajo más, cuando la oigo ahogar un grito y sus muslos se cierran sobre mis hombros, sé que ya no hay vuelta atrás.
No para ella. No para mí. Esto nos va a marcar, a los dos, y lo sé, y sigo igual, porque no hay fuerza en el mundo capaz de apartarme de ella ahora.
—Mírame —le ordeno, y ella me mira, y en sus ojos hay una rendición tan total que me quema—. Vas a ser mía. Toda. Y no va a haber vuelta atrás.
—Ya lo soy —dice—. Ya lo era.
Y cuando por fin me hundo en ella, despacio, con una contención que me cuesta toda la vida, algo se rompe entre los dos.
Algo viejo, algo de metal y miedo y distancia, algo que llevábamos arrastrando sin saberlo.
Y lo que queda, debajo, es solo esto: su cuerpo ardiendo contra el mío, sus jadeos en mi oído, sus manos en mi espalda, pidiendo más, siempre más.
No soy suave. No sé serlo. Pero soy suyo, en cada embestida, en cada gemido que le arranco, en cada vez que la oigo decir mi nombre como una súplica.
La agarro de las caderas y la coloco a mi ritmo, marcando el compás con el cuerpo, con la boca en su oreja susurrándole todas las cosas que le he callado durante un año: que es mía, que lo ha sido desde el primer día, que nadie más va a tocarla, que me ha vuelto loco, que la deseo desde antes de saber su nombre.
Y ella responde, no con palabras, sino con el cuerpo: arqueándose, clavándome las uñas, abriéndose más, pidiendo con cada movimiento lo que yo ya no puedo negarle.
Su cuerpo me ha traicionado, pienso, pero no: su cuerpo me ha elegido.
Y esa rendición, esa entrega sin reservas, es lo más violento y lo más dulce que he sentido nunca.
Y ella es mía, en la forma en que se abre, en la forma en que cede, en la forma en que su cuerpo traiciona cualquier resto de resistencia y se rinde a mí sin condiciones.
—No pares —gime, y yo no paro, porque no podría ni aunque quisiera.
Acelero. La pongo de cara a la luna, con la espalda contra mi pecho, y la sostengo mientras se rompe, sintiendo cada espasmo de su cuerpo contra el mío, cada grito que me ahoga contra la palma que le pongo en la boca, no para callarla, sino para sostenerla, para que sepa que estoy aquí, que no se va a caer, que la tengo.
Y cuando el temblor la recorre entera y su nombre se me escapa entre los dientes, entiendo que esto ya no es posesión.
Es otra cosa. Algo para lo que no me han preparado.
Y cuando se quiebra debajo de mí, con la espalda arqueada y mi nombre en los labios, la sigo, y me pierdo con ella, y por un segundo, solo un segundo, no soy Enzo Ravelli, el jefe de nada, el monstruo de nadie.
Solo soy el hombre que la ama.
Después, nos quedamos quietos, enredados, con el corazón golpeando al unísono y el sudor enfriándose en la piel. Ella apoya la cabeza en mi pecho, y yo le acaricio el pelo, y no decimos nada, porque no hay palabras para lo que acaba de pasar.
—Enzo —murmura, al fin.
—¿Mmm?
—No he cambiado de opinión. —Levanta la cara y me mira—. Por si lo estabas dudando.
No lo dudaba. Pero oírlo, aun así, me llena de una calma que no conocía.
—Duerme —le digo, besándole la frente—. Aquí te tengo.
Y por primera vez en mi vida, cierro los ojos sin miedo.
Porque por fin tengo lo único que siempre quise.
Y no pienso soltarlo nunca.