ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Diego me espera en la galería.

No debería haber venido. Lo sé desde que recibí su mensaje, un número desconocido con tres líneas que olían a trampa: "Necesito verte.

Es sobre tu padre y los Coloma. No se lo digas a nadie.

" Y aun así he venido, porque hay una parte de mí, la que aún no ha aprendido a soltar el pasado, que necesita cerrar la herida con sus propias manos.

Le he mentido a Enzo. Le he dicho que iba a Palma por unos pinceles, y él me ha mirado con esa cara suya que lo ve todo y no ha dicho nada.

Quizá lo sabía y me ha dejado ir, como me deja todo, para que lo elija yo.

Y en vez de elegirlo a él, he elegido a mi pasado.

A Diego. Al hombre que me enseñó, hace tres años, que yo siempre iba a ser más útil como objeto que como persona.

Vuelvo a él como se vuelve al lugar del accidente: no porque quiera, sino porque necesito confirmar que ya no duele. Aunque me temo que va a doler igual.

La galería de Palma está en penumbra cuando llego. Es la misma donde Enzo me vio por primera vez, hace un año, y la ironía me golpea: aquí empezó todo, y quizá aquí termina algo.

Diego está junto a la vitrina central, con un traje que le queda demasiado bien y esa sonrisa de marchante que nunca me gustó. No ha cambiado. Sigue siendo el hombre que me dejaba esperando en las inauguraciones mientras él cerraba tratos con la mano en la cintura de otra.

—Valeria. —Abre los brazos como si fuéramos amigos—. Estás guapa. El dinero de los Ravelli te sienta bien.

—No he venido a hablar de dinero. ¿Qué sabes de mi padre?

—Directa como siempre. —Se ríe, sin gracia—. Lo que sé es que sigues atrapada en una deuda que no es tuya. Y que hay gente dispuesta a sacarte de ahí.

—¿Qué gente?

—Los Coloma. —Baja la voz, como si la galería tuviera oídos—. Sebastián Coloma está dispuesto a perdonar la deuda de tu padre. Entera. A cambio de una sola cosa.

No necesito que lo diga. Lo sé antes de que abra la boca.

—Tú —dice.

Me río. Se me escapa, corta y fea, la misma risa que me sale cuando quiero llorar.

—¿Y tú qué eres, Diego? ¿El mensajero o el premio?

—Soy el que te conoció antes que él. —Se acerca. Demasiado—. El que sabe quién eras antes de que ese italiano te encerrara en su jaula dorada. Puedo sacarte, Valeria. Los dos podemos irnos. Empezar de cero, lejos de aquí.

—No. —Retrocedo—. Tú no puedes sacar a nadie, Diego. Tú solo puedes vender. Y me estás vendiendo otra vez.

Y al decirlo, lo veo claro por primera vez: este hombre nunca me quiso.

Me administró. Como administraba sus lotes, sus comisiones, sus contactos.

Yo fui una inversión, y cuando dejé de rendir, me liquidó con la misma frialdad con la que ahora intenta revenderme.

Y lo más triste no es que él lo haga. Es que yo, durante tres años, lo confundí con amor.

Porque no sabía que el amor no se administra.

Se da. Y a mí nadie me había dado nunca nada sin factura.

Su cara cambia. La sonrisa se apaga, y por debajo asoma el hombre que siempre fue: el que aprieta cuando no le sale el trato.

—No seas tonta. —Me coge del brazo, con fuerza—. Los Coloma no van a aceptar un no. Y tu italiano no va a poder protegerte para siempre. Piensa, Valeria. Piensa en tu padre.

—Suéltame.

—Escúchame.

—Suéltame. —Intento zafarme, y su mano aprieta más, y por un segundo, solo un segundo, vuelvo a ser la chica que siempre cedía para no montar una escena.

Y entonces la puerta de la galería estalla.

No se abre. Estalla.

Enzo entra como una tormenta, con Vittorio y dos hombres detrás, y su cara es la de alguien que ha venido a cobrar algo. Diego me suelta al instante, pero es tarde. Ya ha firmado su sentencia con la mano que me apretaba.

—Quítale la mano —dice Enzo, y su voz es hielo.

No se dirige a Diego. Se dirige a Vittorio. Y Vittorio entiende, como siempre, sin que le expliquen.

Lo que pasa después lo veo en ráfagas. El golpe. El crujido. La mesa que se vuelca. Diego en el suelo, con la mano derecha en un ángulo que no debería tener. Sus gritos.

No puedo apartar la vista. Debería, pero no puedo.

Veo a Vittorio sujetando a los dos hombres de la puerta, veo a Enzo de pie en el centro de la galería, inmóvil, como si todo esto no le costara nada.

Y luego lo veo girarse hacia mí, y su cara cambia, y entiendo que el único espectador que le importa soy yo.

Que todo esto —la brutalidad, la sangre, el mensaje— es por mí y para mí.

Y que hay algo en esa mirada que me dice que, si yo hubiera salido herida, no habría quedado nadie en la galería para contarlo.

Y Enzo, de pie, mirándolo caer sin mover una ceja.

—No vuelvas a tocarla —dice, bajito, como quien apaga una vela—. Ni a mirarla. Ni a pronunciar su nombre. Si lo haces, la próxima vez no será la mano.

Diego gime. Algo en el fondo, cerca de la puerta, se mueve. Y yo me quedo quieta, con la espalda contra la vitrina, mirando al hombre con el que me he estado besando estas últimas semanas, y por primera vez desde que lo conozco, no veo al que me espera en el pasillo.

Veo al monstruo.

Y tengo frío.

Porque esto es lo que nadie te cuenta cuando te enamoras de un hombre así: que el monstruo no es otra persona.

Es la misma cara, las mismas manos que te sostienen por la noche, los mismos ojos que te desarman.

Y verlo, ver al monstruo y al hombre en el mismo cuerpo sin poder separarlos, es lo que te deja la sangre fría.

Porque entiendes que no vas a poder querer a uno sin querer al otro.

Y que ya los quieres a los dos. Y que quizá por eso, cuando se gira y me mira, lo que más temo no es lo que ha hecho, sino lo que haría yo para que no dejara de mirarme.

Enzo se gira hacia mí. Me mira. Y algo en su cara se rompe, un segundo, al ver lo que hay en la mía.

—Valeria —dice, y su voz ya no es hielo.

Es otra cosa. Algo que se parece al miedo.

—Llévame a casa —digo, y no reconozco mi propia voz.

No me toca. No se acerca. Solo asiente, y sale, y yo lo sigo, pisando los cristales del mostrador sin sentirlos, con el ruido de la mano de Diego rompiéndose todavía en los oídos.

Y en el coche, de vuelta, no digo nada.

En el coche, el silencio es un tercer pasajero.

Enzo no me mira. Mira por la ventanilla, con la mandíbula tensa, y yo sé que está esperando a que yo diga algo, y yo no sé qué decir.

Porque debería estar horrorizada. Debería estar pensando en huir, en llamar a alguien, en cualquier cosa.

Y lo único que pienso es en su cara cuando me vio contra la vitrina, y en cómo se le rompió algo un segundo al mirarme.

Y en que, por primera vez en mi vida, alguien ha hecho daño por mí, y yo no sé si eso me da miedo o me hace sentir, por fin, que no estoy sola.

Porque no sé si lo que acabo de ver me da más miedo por él o por mí.