CAPÍTULO 37
Ella no me mira.
Han pasado dos días desde la galería, y Valeria no me mira.
Baja a desayunar, se sienta en la punta de la silla, come sin hambre y se va sin levantar la vista.
Por la noche, su puerta está cerrada. No con llave —en esta casa nunca hay llaves para ella—, sino con algo peor: con la distancia que yo mismo he puesto entre los dos.
La he asustado.
No es la primera vez que alguien me mira con miedo. He pasado la vida coleccionando esas miradas: la del traidor de rodillas, la del deudor que suda, la del rival que entiende, demasiado tarde, que no va a salir de la habitación. Estoy hecho de esas miradas. Me he blindado con ellas.
Pero la de Valeria es distinta. Porque no era miedo a morir. Era miedo a mí. Al hombre que soy cuando no estoy aprendiendo a ser otra cosa.
Y eso, yo, que no le temo a nada, me desarma.
He coleccionado miradas toda la vida. La del traidor, la del deudor, la del socio que firma con el pulso acelerado.
Las reconozco al instante, como reconoce un cazador el rastro de su presa.
Son mi termómetro, mi idioma, mi forma de saber cuánto valgo.
Pero la mirada de Valeria en aquella galería no era ninguna de esas.
Era la de alguien que me había visto desnudarme el alma durante un mes y acababa de descubrir, de golpe, que debajo del alma seguía habiendo garras.
Y no supe qué hacer con ella. Porque el miedo de los demás me alimenta, pero el de ella me mata.
Matteo entra en el despacho. No llama. Nunca llama.
—Ferrer ha ingresado en un hospital de Madrid —dice—. La mano no se la van a poder salvar del todo. No hablará. Los Coloma tampoco moverán ficha por él: era un peón, y los peones no valen una guerra.
—Bien.
—¿Algo más, señor?
—Que nadie vuelva a tocarla. Nunca. —Me giro hacia la ventana—. Y que la dejen en paz. Toda la casa. Hasta que yo diga.
Matteo asiente y se va. Y yo me quedo solo, mirando la terraza vacía, donde ya no está ella.
Durante dos días he hecho lo único que sé hacer cuando algo se me escapa: controlar todo lo demás.
He cerrado rutas, he reasignado hombres, he vuelto a dibujar el mapa de la guerra con los Coloma como si mover piezas en un tablero pudiera arreglar lo que rompí en una galería.
Y no ha servido de nada. Porque el tablero no me importa.
Me importa una mujer que baja a desayunar sin mirarme y se encierra en su habitación al caer la noche.
Y no sé negociar con eso. No sé amenazar con eso.
No hay pistola que arregle una mirada que ya no me busca.
Y me doy cuenta, con una claridad que me duele, de que toda mi vida he resuelto las cosas a la fuerza porque era lo único que me enseñaron, y que ahora, frente a lo único que de verdad quiero, la fuerza es exactamente lo que me ha dejado solo.
Mi padre habría dicho que soy débil, que un Ravelli no se queda mirando una puerta cerrada, que se la derriba o se la olvida.
Pero yo no puedo olvidarla, y no pienso derribarla.
Así que me quedo del lado de acá, con las manos vacías y el orgullo hecho pedazos, esperando algo que no sé cómo pedir.
Y por primera vez, no tengo ni idea de cómo se gana esto. Solo sé que no quiero perderlo.
La echo de menos. Esa es la verdad más estúpida y más cierta de mi vida: la echo de menos, y está a dos puertas de distancia, y no sé cómo cruzar ese pasillo sin que me vea el monstruo en vez del hombre.
Porque fui un monstruo. Lo fui con Diego, lo he sido cien veces.
Y durante un mes, con ella, había conseguido olvidarlo.
Había conseguido ser el que espera, el que no toma, el que se queda al otro lado de la puerta.
Y bastó una mano de un desgraciado sobre su brazo para que todo eso se fuera al carajo y volviera el de siempre: el que rompe, el que cobra, el que no pide permiso.
Mi padre me enseñó a matar a los doce años.
Lo que nunca me enseñó es a no asustar a la gente que quiero.
Porque a él no le importaba. Porque para él, querer era una debilidad y asustar era una herramienta.
Y yo, que juré que no sería como él, acabo de demostrarle a la única mujer que me importa que lo soy.
Exactamente igual.
Lo recuerdo con una claridad que me enferma.
Recuerdo su voz, plana, cuando me puso la pistola en la mano: "El miedo es respeto, Enzo.
Si no te temen, no te obedecen." Y recuerdo que me lo creí.
Que me lo creí durante diecisiete años, porque era lo único que tenía, porque era la única forma de no pensar en Tommaso, de no pensar en nada.
Y ahora, una mujer que no me teme —la única que no me teme— me ha visto hacer exactamente lo que mi padre me enseñó. Y yo no sé si hay vuelta atrás de eso.
Subo al piso de arriba. Me quedo delante de su puerta, como tantas noches, con la frente apoyada en la madera. Al otro lado, no oigo nada. Ni un sollozo. Ni un suspiro. Solo silencio, que es peor.
—Valeria —digo, bajito, sin saber si me oye—. No voy a pedirte perdón. No sabría. Pero quiero que sepas que lo que vi fue su mano en tu brazo. Y en ese momento no hubo imperio, ni Coloma, ni estrategia. Solo hubo un hombre que iba a hacerte daño, y yo no lo pensé.
Silencio.
—No espero que lo entiendas —continúo—. Solo que sepas que, si quieres irte, no te voy a detener. Las puertas están abiertas. Siempre lo estuvieron.
Más silencio.
Y entonces, muy despacio, la puerta se abre.
Ella está ahí, con los ojos hinchados y la camisa blanca puesta —mi camisa—, y me mira por primera vez en dos días. Y en su mirada ya no hay miedo.
Hay algo más duro.
—¿Crees que no lo entiendo? —dice, y su voz tiembla—. Lo entiendo. Entiendo que lo rompiste por mí. Entiendo que matarías por mí. Lo que no entiendo es por qué eso me asusta menos de lo que debería.
Se hace un silencio grande. Y yo, que no sé pedir, que no sé explicarme, que solo sé tomar, me quedo quieto, esperando.
—Entra —dice, y se aparta.
Y yo entro, con la certeza de que esto no está arreglado.
Solo está empezando de otra manera.
Cruzo el umbral despacio, como si la habitación fuera un territorio que no me pertenece.
Ella cierra la puerta y se sienta en el borde de la cama, y yo me quedo de pie, sin saber dónde ponerme, porque en esta casa soy el amo de todo menos de esta habitación, que desde hace semanas es más suya que la mía.
No hablamos. El silencio se estira entre los dos, y yo, que siempre sé qué decir —o qué no decir—, no encuentro nada.
Solo quiero que me mire sin miedo. Solo quiero que no se vaya.
Y no sé pedir ninguna de las dos cosas sin sonar a mendigo.
Así que me callo, y espero, y por primera vez entiendo lo que es estar del otro lado de la espera.
Y me da igual cuánto tarde. Puedo esperarla toda la vida si hace falta, porque no sé hacer otra cosa.
La espera, con ella al otro lado, ya no me pesa. Me sostiene.