ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

El hombre se llama Diego Ferrer, y lleva dos días intentando ver a mi mujer.

Lo sé porque Vittorio me lo dice, con su voz plana de hombre que da partes, y porque desde que oí el nombre no he podido pensar en otra cosa. Diego Ferrer. Marchante de arte. Ex de Valeria. Y, si lo que me ha traído Vittorio es verdad, ahora en nómina de los Coloma.

La primera reacción es vieja y oscura: quiero romperle la cara. La segunda es peor: quiero romperle las piernas para que no pueda volver a acercarse. Y la tercera, la que me obligo a atender, es la que me ha enseñado esta mujer sin quererlo: preguntar antes de golpear.

—¿Dónde está? —pregunto.

—Ha llamado tres veces a la villa. La señora no ha cogido. Hoy se ha presentado en la galería de Palma, con la excusa de un lote de pinturas. —Vittorio hace una pausa—. Ha preguntado por ella por su nombre de soltera.

Valeria Soler. No Ravelli. Ese detalle me enciende más que el resto junto.

No es celos. O no solo celos. Es algo más viejo, más animal: la certeza de que un hombre que compartió su cama, que la tuvo cerca y la dejó ir, vuelve ahora con las manos vacías y la intención de llenarlas a costa de ella.

La conozco desde hace un año, la he observado en todos sus estados, y sé lo que una mirada de interés le hace a su espalda: la tensa.

Valeria no ha tenido muchos hombres que la miraran sin querer usarla.

Y este, Diego Ferrer, es de los que la usaron.

Por eso me hierve la sangre: no por lo que fue, sino por lo que pretende volver a ser.

—¿Qué sabe de los Coloma?

—Se reúne con el hijo de Sebastián una vez por semana. Le pasan dinero por una cuenta de la galería. Pequeño. Nada que lo incrimine, pero suficiente para saber de qué lado está.

Un marchante de arte que se reúne con los Coloma y de repente quiere ver a la mujer que los Coloma han estado persiguiendo. No es un ex celoso. Es un anzuelo.

Los Coloma no improvisan. Han perdido hombres, han perdido la tregua, han perdido la cara.

Lo que les queda es paciencia y dinero, y con paciencia y dinero se compra de todo, incluido el pasado de una mujer.

Mandan a su ex a removerle la memoria, a sembrarle la duda, a abrir una puerta por la que luego meterán algo peor.

Es un movimiento sucio, de gente que ya no puede ganar de frente.

Y a mí me da igual lo sucio que sea: lo que me importa es que han puesto una mano a veinte metros de mi mujer. Y eso, en mi mundo, se paga.

—No se acerca a ella —digo—. Nunca. A veinte metros.

—Hecho.

—Y convócale mañana. Yo.

Vittorio asiente y se va. Me quedo en el despacho, mirando la pared —la pared llena de Valeria— y sintiendo una rabia que no es solo por ella.

Es por lo que representa.

Diego Ferrer es lo que yo pude haber sido si no la hubiera querido de verdad: un hombre que la conoció, que la tuvo cerca, que se fue —o lo dejaron—, y que ahora vuelve como peón de los que quieren usarla.

Y la idea de que sus manos, o las de los Coloma a través de él, vuelvan a tocarla, me saca de quicio de una forma que no controlo.

Valeria entra en el despacho. No llama. Ya no llama. Ese pequeño triunfo me calma un segundo.

—¿Quién es Diego Ferrer para ti? —pregunto, sin rodeos.

Ella se queda quieta. Luego, despacio, se sienta en el borde del escritorio.

—Fue mi pareja. Hace tres años. Marchante. Nos dejamos cuando se hizo evidente que yo era más útil para su cartera que para su vida.

—¿Y por qué te busca ahora?

—No lo sabía. —Me mira—. Hasta que has empezado a hacer preguntas. ¿Qué pasa?

—Que no te busca a ti. —Me acerco—. Lo mandan los Coloma. Y quiero saber si lo sabías.

Palidece. No es teatro. La conozco: es sorpresa real, y algo parecido al miedo.

—No —dice—. No lo sabía. Juro que no lo sabía.

Le creo. La he observado un año y la he vivido otro mes: Valeria no miente bien. Y aun si mintiera, no tendría motivos. Ella es la primera víctima de esta gente.

—No va a acercarse a ti —digo—. Yo me encargo.

—¿Qué vas a hacerle?

—Lo que haga falta para que no te vuelva a buscar.

Ella se levanta. Se planta delante de mí, con esa rabia suya que tanto me gusta.

—No quiero que lo mates, Enzo. No quiero más muertos por mí.

—No va a haber muertos. —Le cojo la cara—. Todavía. Pero si pone una mano encima de ti, no habrá acuerdo que lo salve.

—Y si me pide que me vaya con él, ¿qué crees que haré?

La pregunta me golpea. La miro. Y en sus ojos no hay desafío: hay una curiosidad tranquila, la de una mujer que ya no tiene miedo de la respuesta.

—Nada —digo—. Porque no te vas a ir. No porque no puedas. Porque no quieres.

Se queda callada un momento. Luego sonríe, esa sonrisa pequeña que me desarma.

—Tienes razón —dice—. No quiero.

Y se inclina y me besa, rápido, en la comisura, como quien sella un pacto. Y yo, que llevaba dos días queriendo matar a un hombre, me descubro con ganas de otra cosa.

Su boca es breve, pero me basta para volver a lo importante.

Para recordar que, por muchos Diegos Ferrer que manden los Coloma, ella está aquí, conmigo, eligiéndome.

Y que esa elección no me la regala nadie: me la gané día a día, aprendiendo a esperar, a no tomar, a ser para ella lo que nunca fui para nadie.

Un hombre que no la usa. Un hombre que la elige de vuelta.

Mañana me sentaré delante de su pasado y le dejaré claro que el presente es mío.

Pero lo importante no es lo que le diga a él.

Es lo que ella ya sabe. Esa es la única guerra que me importa ganar, y la estoy ganando.

—Mañana lo veo —digo contra su boca—. Y si es listo, no volverás a oír su nombre.

—¿Y si no es listo?

—Entonces —digo, y le muerdo el labio, suave—, será un problema suyo.

Ella se ríe contra mi boca, ese sonido que me enciende más que cualquier gemido.

Y entiendo, de pronto, por qué esto es distinto a todo lo que he vivido: porque no es solo deseo.

Es que quiero matar por ella y, a la vez, quiero ser el hombre que ella no tenga que temer.

Dos cosas que nunca habían convivido en mí, y que con ella, milagro, conviven.

Y por primera vez en dos días, la rabia se me convierte en otra cosa: en la certeza de que esta mujer es mía, y de que nadie —ni su pasado, ni los Coloma, ni el mundo entero— me la va a quitar.

Porque yo no sé soltar lo que quiero.

Y la quiero a ella, con una ferocidad que asustaría a cualquiera salvo, al parecer, a ella misma.

Esa es la diferencia entre Diego y yo. Él la quiso como se quiere una oportunidad de negocio.

Yo la quiero como se quiere el aire. Él la dejó cuando dejó de ser rentable.

Yo no la suelto ni muerto. Y si mañana tengo que mirar a los ojos a su pasado para que entienda que el presente es mío, lo haré.

Sin vacilar. Porque no hay nada en este mundo que me haga retroceder cuando se trata de ella.

Nada. Y el que no lo entienda, que se aparte.