ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 34
47%

CAPÍTULO 34

Mi cuerpo me ha traicionado.

No en el estudio, contra la pared, cuando sus manos me sostenían y su boca me recorría el cuello.

Ahí todavía podía fingir que era él, que era su insistencia, que yo solo reaccionaba.

Pero después, sola, en mi habitación, con la puerta cerrada y la luz apagada, mi cuerpo ha seguido pidiendo.

Y esa es la traición que no puedo perdonarme.

Porque no lo necesito para arder. Me basta con recordarlo.

Cierro los ojos y está ahí: su mano en mi muñeca, subiéndomela por encima de la cabeza. Su aliento en mi oído, llamándome suya. La dureza de su cuerpo contra el mío, y el sonido que hizo mi propia garganta cuando él se apartó, ese gemido de protesta que se me escapó sin permiso.

Me toco el cuello. Todavía siento el pulso de sus labios ahí, marcado como una promesa. Y más abajo, en el vientre, hay un calor que no se apaga, un hambre que no sé nombrar sin sonrojarme.

Me he duchado tres veces y me he cambiado de camisón.

He bebido agua fría a las dos de la madrugada, con los pies descalzos sobre el mármol.

Nada apaga esto. Porque no viene de la piel, viene de dentro, de un sitio que yo creía muerto, de esa parte de mí que enterré junto con la niña que fui, la que aún creía que alguien iba a verla y a quedarse.

Resulta que no estaba muerta. Solo dormida, esperando.

Y ha despertado con las manos de un mafioso en mi cintura y su boca en mi cuello, y ahora no sé cómo volver a dormirla.

No estoy segura de querer. Porque este calor, este hambre, es lo más vivo que he sentido en años.

Y volver a estar muerta me da más miedo que entregarme.

Lucho. Intento dormir. Intento odiarlo. Repito en mi cabeza todas las razones por las que esto está mal: es un mafioso, es mi captor, es el hombre que me compró, es el enemigo de mi familia. Las repito como un rezo, una detrás de otra, y ninguna me calma.

Porque mi cuerpo no escucha razones. Mi cuerpo solo lo recuerda a él.

Al final, no puedo más. Me levanto. Me pongo la camisa suya —la blanca, la que huele a él— y salgo al pasillo descalza. No sé adónde voy. O sí lo sé, y no quiero admitirlo.

Sus pasos me encuentran antes de que yo encuentre su puerta.

Está al final del pasillo, en la penumbra, con la espalda contra la pared, como si me hubiera estado esperando. No dice nada. Solo me mira, y en sus ojos hay esa paciencia suya que me desarma, esa espera infinita que me dice que no me va a tocar a menos que yo quiera.

Y yo quiero. Dios, cómo quiero.

—No he podido dormir —digo, y mi voz sale ronca, rota, como si llevara horas callada.

—Yo tampoco.

—¿Qué me has hecho?

—Nada que tú no quisieras.

Es verdad. Esa es la peor parte. No me ha hecho nada que yo no quisiera. Y quizá por eso estoy aquí, en el pasillo, descalza, con su camisa puesta y el corazón golpeándome las costillas, rendida antes de que me toque.

Doy un paso hacia él. Y no es que decida darlo. Es que mi cuerpo lo da solo, como si llevara toda la noche queriendo acortar la distancia y por fin me hubiera quedado sin fuerzas para impedirlo.

—No voy a poder con esto —murmuro—. No sé cómo se hace.

—No hay que saber. —Me coge la mano, despacio, y me atrae—. Solo hay que dejar de luchar.

—Llevo toda la vida luchando. No sé hacer otra cosa.

—Entonces deja que luche yo por las dos. —Me levanta la barbilla con dos dedos, con una ternura que me parte—. Y tú, por una vez, descansa.

Y entonces me besa.

No es como los otros. No hay furia, no hay prisa, no hay pared.

Es lento, hondo, definitivo. Y yo, que he pasado la noche luchando contra esto, dejo de luchar.

Dejo caer los brazos. Dejo caer la rabia, la culpa, el miedo.

Dejo que su boca me desarme y que sus manos me sostengan, y por primera vez en mi vida, no opongo resistencia.

Es mi rendición. Sin palabras. Sin un "sí" que lo autorice. Solo mi cuerpo, que se entrega, y el suyo, que lo recibe.

Y hay algo que me sorprende en esa entrega: no me he rendido a él.

Me he rendido a mí misma. A lo que siento.

A lo que quiero. Llevo años metiendo el deseo en una caja y sentándome encima, porque desear era peligroso, porque desear era perder el control, porque desear era justo lo que me convirtió en la hija que siempre tenía que rescatar a su padre.

Y resulta que desear, con este hombre, no es perderme.

Es encontrarme. Es la primera vez que mi cuerpo elige algo por mí, y yo, en vez de callarlo, lo dejo hablar.

Y habla en su idioma, sin palabras, arqueándose contra él, agarrándolo, pidiendo más con las manos y con la respiración.

Sus manos suben por mi espalda, bajo la camisa.

Su boca baja por mi cuello, y yo arqueo el cuerpo contra él sin pensarlo, y el sonido que me sale es una súplica que no me atrevo a reconocer.

No le pido que pare. No le pido que siga.

No pido nada. Solo siento, y sentir, por primera vez en mi vida, no me da miedo.

—Así —murmura contra mi piel—. Así, bella. Deja que te quiera.

Y yo lo dejo. Y esa entrega, esa rendición sin palabras, es lo más libre que he sido nunca.

No sé cuánto tiempo pasamos así, de pie en el pasillo, besándonos y temblando. Sé que en algún momento me lleva en brazos hasta mi habitación, y que me deja en la cama con una delicadeza que no le conocía, y que se sienta en el borde, apartándome el pelo de la cara.

No me desnuda. No cruza la línea. Se queda ahí, mirándome como si yo fuera algo que por fin ha dejado de huir y no quisiera espantar.

—Quédate —le digo. Y es lo único que le pido.

Se queda.

Ni una palabra más. No me pregunta por qué, no me pide que se lo repita, no me recuerda lo que somos.

Se tumba a mi lado con la naturalidad del que ha esperado meses este momento, y su brazo alrededor de mi cintura pesa lo justo, como si hubiera practicado en sueños la forma de abrazarme sin asfixiarme.

Y yo, que he dormido sola toda la vida, entiendo que toda esa soledad era solo la antesala de este brazo.

Se tumba a mi lado, por encima de las sábanas, vestido, y me rodea con un brazo, y yo me acurruco contra él como si lo hubiera hecho toda la vida. Su corazón late bajo mi oreja, fuerte y tranquilo, y el sonido me arrulla más que el mar.

—No he dicho que sí —murmuro contra su pecho, por si a mí misma se me olvida.

—No hace falta. —Me besa la coronilla—. Tu cuerpo ya lo ha dicho.

Y es verdad. Y por primera vez, no me avergüenzo de ello.

Me quedo un rato escuchando su corazón, contando sus latidos como contaba los escalones de mi piso de niña. Y por primera vez en mi vida, contar algo me calma en vez de angustiarme.

Me duermo en sus brazos, con su olor en la nariz y su respiración en la nuca. Y no sueño. Por primera vez en semanas, no sueño con nada.

Porque por fin estoy donde mi cuerpo quería estar.

Rendida. Sin palabras. Suya.