CAPÍTULO 33
Han pasado tres días desde el beso, y no puedo mirarla sin arder.
Tres días de desayunos en silencio y de miradas que se cruzan y se esquivan.
Tres días en que ella ha encontrado excusas para no quedarse a solas conmigo, y yo he encontrado excusas para seguirla a todas partes.
La casa se ha vuelto un campo de minas: cada pasillo, cada puerta, cada rincón es un lugar donde podría pasar algo, y los dos lo sabemos, y los dos hacemos como que no.
La guerra con los Coloma sigue ahí fuera, esperando, pero dentro de esta villa hay otra guerra más urgente.
Y no sé cuál de las dos me va a matar antes.
Por eso, cuando la veo esta mañana en el estudio, delante del Caravaggio, no pienso.
Solo voy. Porque tres días de contención son mi límite.
Porque he pasado de ser el hombre que la observaba desde la sombra al hombre que no puede estar en la misma habitación sin tocarla, y esa distancia entre querer y tener me está volviendo loco.
Porque hay una guerra ahí fuera que no avanza y una guerra aquí dentro que no puedo ganar, y estoy cansado de perder.
Ella finge normalidad. Baja a desayunar con la espalda recta, me sostiene la mirada un segundo más de la cuenta y luego la aparta, como si no hubiera pasado nada.
Como si no se hubiera agarrado a mi camisa en la terraza con los ojos cerrados.
Como si no me hubiera dicho, con la voz rota, que ya me había elegido.
Y yo, que he ganado guerras sin perder la calma, estoy a punto de perderla cada vez que entra en una habitación.
Hoy la encuentro en el estudio. El de San Mateo. Está de pie delante del Caravaggio, con los brazos cruzados, mirándolo sin verlo. No me oye entrar. O finge no oírme. Últimamente ya no distingo.
—¿Me estás evitando? —pregunto.
No se gira.
—No.
—Mientes.
—No te miento. —Ahora sí se gira, y en sus ojos hay una chispa que conozco—. Te evito como se evita una fiebre. No porque no quiera, sino porque sé que si me acerco, ardo.
La frase me golpea. Me acerco. Un paso. Dos.
—Quizá yo quiero que ardas —digo.
—Enzo…
—Dime que me vaya.
No dice nada. Y su silencio, otra vez, es la única respuesta que necesito.
Cruzo el estudio hasta ella. No me detengo. La tomo de la cintura, despacio, dándole tiempo a apartarse. No se aparta. La llevo contra la pared, junto al atril del Caravaggio, y apoyo las manos a ambos lados de su cabeza, encerrándola sin tocarla.
—Esto es lo que pasa —digo, bajito—, cuando te escondes de mí. Te busco. Y cuando te encuentro, no sé parar.
—No quiero que pares —murmura, y parece que le cuesta admitirlo.
—Lo sé. —Me inclino. Le rozo el cuello con la boca, sin besarlo, solo el aliento—. Y eso es lo que me mata. Que tu boca dice una cosa y tu cuerpo otra.
—Mi boca no ha dicho que pares.
—Tu boca dijo "no", hace tres días, y luego me besó. Tu boca me llama monstruo y luego dice mi nombre como si fuera una oración. No sé a qué atender.
—Atiende a esto.
Me coge de la camisa y me atrae. Y me besa.
No es como el de la terraza. Es furia. Es hambre. Es tres días de evitarnos acumulados en una sola boca. Sus manos se me clavan en la nuca, y yo la levanto contra la pared, y ella me rodea la cintura con las piernas, y el mundo se reduce a su cuerpo contra el mío.
Mi mano sube por su muslo. Bajo el borde de la falda. Se detiene.
—Dime que no —jadeo contra su boca—. Dime que no y paro.
—No —dice, y arquea la espalda contra mí—. No.
Y esa negación, en su boca, es la rendición más dulce que he oído en mi vida.
Mi boca baja por su cuello. Le marco el pulso con los labios, no lo suficiente para dejar señal, lo justo para que lo sienta.
Su mano se cuela bajo mi camisa, y sus uñas en mi espalda son un idioma que entiendo perfectamente: más, más, más.
Le cojo la muñeca y se la llevo por encima de la cabeza, contra la pared.
Ella deja escapar un sonido que no es una protesta.
Es una invitación. Y yo, que he pasado la vida leyendo a la gente, leo en su cuerpo lo que su boca no se atreve a decir.
No cruzo la línea. No todavía. La sostengo contra la pared, con la boca en su cuello y la mano quieta donde la he puesto, y dejo que su cuerpo hable.
Y su cuerpo habla: se arquea, tiembla, me busca, me araña la espalda por encima de la camisa.
Lucha contra lo que siente y pierde, y yo soy testigo de cada batalla.
Esa lucha es lo más excitante y lo más doloroso que he visto: verla partirse en dos, entre el no de su orgullo y el sí de su piel.
Y yo, que he roto voluntades con una mirada, me quedo quieto, esperando, porque esta vez no quiero ganarle.
Quiero que gane ella, y que el premio sea yo.
—Eres mía —murmuro en su oído—. Lo has sido desde la primera noche. Ahora solo falta que tú lo aceptes.
—Ya lo acepté —dice, sin aliento—. El problema no soy yo.
—¿Entonces?
—Que no sé vivir con ello.
La bajo despacio hasta el suelo. La sostengo hasta que sus piernas la sujetan. Luego le cojo la cara con las dos manos y la miro.
—No tienes que vivir con ello —digo—. Solo tienes que dejarme demostrarte que no te vas a arrepentir.
Ella me mira. Tiene los labios hinchados y los ojos brillantes, y en su cara hay una guerra que yo conozco bien, porque la he librado.
—Y si me arrepiento —dice—, ¿qué?
—Entonces te habré perdido por mi culpa. —Le apoyo la frente en la suya—. Y será el precio justo por haberte tenido.
Ella suelta una risa corta, sin gracia, la que le sale cuando quiere llorar.
—No me has tenido —dice—. Todavía no.
—Lo sé. —Le beso la comisura de los labios, apenas—. Pero cuando te tenga, no va a haber precio que me haga soltarte.
Se queda callada. Y en ese silencio, con el Caravaggio a nuestras espaldas y el mar sonando lejos, entiendo que esto ya no es posesión.
Es entrega. La de los dos.
Y por primera vez en mi vida, no sé cuál de los dos está más rendido.
La dejo ir, aunque me cuesta. Le arreglo la ropa con las dos manos, despacio, como si fuera algo que me pertenece y que no pienso romper.
Ella me mira, con los ojos brillantes y el pecho agitado, y no dice nada.
No hace falta. Lo que acaba de pasar no necesita palabras.
Solo nos quedamos ahí, los dos sin aliento, con el Caravaggio de testigo y el mar sonando lejos, y por un segundo la villa entera se reduce a este rincón, a esta pared, a los dos.
—Esto no acaba aquí —digo, y es una promesa.
—Lo sé —dice ella. Y por primera vez, no suena a rendición. Suena a acuerdo.
Me quedo un rato más con ella, sin tocarla, mirando el Caravaggio como si los dos pudiéramos desaparecer dentro de la obra, lejos de los Coloma, de la deuda, de todo lo que nos espera fuera.
No hablamos. No hace falta. A veces, estar sin decir nada es la forma más alta de decirlo todo.
Y por un rato, en este rincón, somos solo dos personas que se han elegido.