ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

No he dormido.

Me he quedado de pie en mitad de la habitación, con la espalda contra la puerta cerrada, tocándome los labios con los dedos como si todavía estuvieran ardiendo. Y lo están. Me arden. Todo me arde.

Me he besado con Enzo Ravelli.

Me he besado con el hombre que me compró. Con el hombre que me enjauló. Con el hombre que mató a otro por ponerme una mano encima. Y no he sido capaz de decirle que parara. Peor: no he querido.

Eso es lo que no me deja dormir.

Me desnudo despacio, sin encender la luz. La camisa suya —la blanca, la que no he devuelto— huele a él, a cuero y a tabaco y a algo más que no quiero nombrar. Me la quito y la dejo en el respaldo de una silla, y me meto en la cama desnuda, con las sábanas frías contra la piel caliente.

Y pienso en mi padre.

Pienso en su cara aquella noche, en el piso del casco antiguo, cuando me dijo que era la única salida.

Pienso en la carpeta de los Coloma sobre la mesa.

Pienso en todo lo que he luchado para no ser la mujer que me están convirtiendo: la que se entrega al enemigo, la que olvida de dónde viene, la que cambia la vergüenza por calor.

Soy una traidora. A mi familia. A la Valeria que salió corriendo de aquel piso diciendo que no, que jamás, que antes muerta.

Pienso en mi madre, que se fue sin despedirse, y en cómo me juré que yo no sería como ella: que yo no abandonaría, que yo me quedaría, que yo cargaría con todo.

Y ahora soy la que se va, no de casa, sino de algo peor: de lo que fui.

La mujer que está en esta cama, tocándose los labios, no es la hija que aguantó veinte años de deudas y partidas y humillaciones.

Es otra. Y no sé si esa otra es más libre o simplemente está más perdida.

Lo único que sé es que no puedo volver a ser la de antes. Y no estoy segura de querer.

Y lo peor no es ser una traidora. Lo peor es que no me importa.

Esa es la verdad que me corroe. Podría culparlo a él.

Podría decirme que me ha engañado, que me ha manipulado, que un año entero de acecho me ha roto la voluntad.

Y sería mentira. Porque él me ha dado todas las salidas.

Me ha dejado la puerta abierta, literalmente —en esta casa no hay cerraduras para mí—, y yo me he quedado.

Él no me ha arrastrado. Me ha esperado. Y yo, que juré que no daría ni un paso, he corrido hacia él.

Y correr hacia él ha sido lo más parecido a respirar que he hecho en años.

Porque toda mi vida he ido detrás de la gente que me usaba: detrás de mi padre y sus deudas, detrás de los Coloma y sus amenazas, detrás de la idea de que yo solo valía lo que podía pagar.

Y de repente este hombre, que debería ser el peor de todos, me ha dejado elegir.

Me ha mirado como si yo fuera el premio y no el precio.

Y yo, que no sé recibir, no sé qué hacer con tanto.

Me giro en la cama. Las sábanas se enredan. Pienso en el beso, en sus manos en mi cara, en la forma en que me miró antes de apartarse. "Todavía no", dijo. Como si tuviera que protegerme de él. Como si no supiera que, si me hubiera seguido besando, yo no habría sido capaz de parar.

Y esa es la otra traición: la que me hago a mí misma.

Porque la Valeria que fui —la que devolvía la luz a los cuadros, la que desaparecía dentro de las obras para que nadie la viera— se habría horrorizado de la que soy ahora.

De la que se toca los labios a oscuras recordando el sabor de un mafioso.

De la que desea, con todo el cuerpo, que él hubiera seguido.

Antes, mi refugio era el arte. El aguarrás, el lienzo, la grieta que había que cerrar.

Ahora mi refugio tiene nombre, y ese nombre es el de un hombre que no debería darme paz y me la da.

Y no sé qué dice eso de mí. No sé si estoy dejando de ser la restauradora que fui o si, por fin, estoy dejando que alguien me restaure a mí.

Que devuelva mi luz sin que se note su mano.

Eso es lo que me hace: me devuelve la luz.

Y no sé vivir con ello, y no sé vivir sin ello.

Me llevo la mano a la garganta. Al mismo sitio donde él puso la suya aquella noche. Y me quedo así, con el pulso saltando bajo mis propios dedos, recordando.

Ese gesto se me ha vuelto una costumbre. Como si, tocándome donde él me tocó, pudiera conservar algo de aquella noche. Es patético, lo sé. Y aun así lo hago, cada noche, porque es lo más cerca que estoy de admitir que lo echo de menos, y de que me asusta lo mucho que lo echo de menos.

Lo odio por parar. Lo odio por no besarme más. Lo odio por hacerme sentir todo esto y luego dejarme sola, ardiendo, con las sábanas revueltas y el cuerpo entero pidiendo algo que no me atrevo a nombrar.

Y lo odio, sobre todo, por tener razón.

Porque ha sido más honesto que yo en todo esto.

Yo me he mentido durante semanas: me he dicho que era miedo, que era supervivencia, que era él y no yo.

Y él, que no se explica, que no habla, que toma sin preguntar, me ha dado algo que nadie me había dado nunca: la verdad.

Me ha dicho que me desea, que me quiere, que esperará.

Y me ha besado y luego se ha apartado, no porque no quisiera más, sino porque quería que lo eligiera yo.

¿Quién hace eso? ¿Quién tiene el poder absoluto y elige no usarlo?

El monstruo. El captor. El hombre que me compró.

Y resulta que ese hombre me ha tratado con más respeto que todos los que decían quererme.

"Cuando te tenga, quiero que sea porque lo has elegido."

Ya lo he elegido, Enzo. Y es justo eso lo que me da miedo.

Porque elegirte significa renunciar a todo lo que era. A mi padre. A mi familia. A la mujer que fui. Significa admitir que, debajo de toda mi rabia, hay una parte de mí que ha querido esto desde la primera vez que sentí su mirada en la nuca.

Cierro los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, no rezo por no desearlo.

Rezo por entender cómo se vive con las dos cosas a la vez: el asco y el deseo, la culpa y el hambre, la traición y la entrega.

No hay respuesta. Solo el mar, lejano, y el pulso en mi garganta, y la certeza de que mañana, cuando lo vea en el desayuno, no voy a poder mirarlo a los ojos.

No porque me avergüence de él. Porque me avergüenzo de lo mucho que lo deseo, y de lo poco que me queda de la mujer que fui.

O quizá no me queda poco. Quizá lo que me queda es justo esto: la capacidad de desear, de arder, de elegir.

Y quizá eso no sea una traición. Quizá sea, por fin, ser dueña de algo.

Me duermo así, con la mano en la garganta y su nombre en los labios.

Y sueño que no para.

Y en el sueño, por una vez, no me siento traidora. No siento culpa. Solo siento sus manos, y su boca, y la certeza de que por fin he dejado de huir.