ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

La tengo delante, en la terraza, sentada en el borde de la barandilla con una copa que no se ha bebido. Es de noche, hace fresco, y ella lleva otra vez mi camisa, la blanca, la que no me ha devuelto. No se lo he pedido. No pienso pedírselo. Hay cosas que un hombre no debería pedir jamás.

Y hoy me doy cuenta de que no sé nada de ella.

No sé por qué restaura. No sé por qué eligió el arte y no otra cosa.

No sé qué soñaba de niña, ni qué le da miedo cuando se queda sola, ni qué música pone cuando quiere olvidar el día.

No sé qué piensa cuando se queda mirando el mar con esa cara de estar en otra parte, ni por qué a veces sonríe de repente, como si se acordara de algo que no me ha contado.

Lo sé todo de su rutina y nada de su interior, como el que estudia el mapa de una ciudad sin haber pisado nunca sus calles.

Y eso, yo, que me creía el hombre que mejor la conoce, me deja sin aire.

Y lo que más me jode es que lo sé desde el principio: la he tenido a un metro durante semanas y no he sido capaz de preguntarle nada.

Porque preguntar es abrir una puerta, y yo no sé abrir puertas. Solo sé derribarlas.

—¿Por qué restauras? —pregunto.

Me mira. No esperaba la pregunta. Yo tampoco. Me ha salido sola, como si el cuerpo la hubiera estado guardando desde aquella primera noche en la galería.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque quiero saberlo.

Se queda un momento callada. Luego se gira hacia el mar, y yo pienso que no va a contestar. Pero contesta.

—Porque devuelvo la luz —dice—. Los cuadros viejos se ensucian, se agrietan, se oscurecen. La gente los da por perdidos. Y yo los miro y sé que debajo de toda esa suciedad hay una luz que nadie ha vuelto a ver. Mi trabajo es encontrarla y devolverla sin que se note mi mano.

No dice "sin que se note". Dice "sin que se note mi mano". Y la frase se me clava en un sitio que no sabía que tenía.

—Desaparecer dentro de la obra —digo.

Me mira, sorprendida.

—Eso es exactamente lo que digo yo. ¿Cómo lo sabes?

—Te oí decirlo una vez. —Me acerco un paso—. En tu taller. No era para mí. Era una conversación de pasillo.

Ella baja la mirada. Y yo sé que está pensando lo mismo que yo: que llevo un año coleccionando sus palabras sueltas, sus horas, sus fotos, y que aun así, hasta hoy, no la había escuchado de verdad.

Que la tenía entera, catalogada, archivada, y no la conocía.

Esa vergüenza me sube por dentro, una vergüenza que no sé nombrar, porque yo no me avergüenzo.

No de la sangre, no del dinero, no de las cosas que he hecho para llegar hasta aquí.

Pero de esto sí. De haberla tenido un año en la mira sin haberle preguntado nunca qué música escuchaba cuando creía que nadie la veía.

Sin saber que, debajo de toda esa pulcritud, había una mujer pidiendo a gritos que alguien le preguntara algo, lo que fuera, con tal de no sentirse invisible.

—¿Y tú? —pregunta—. ¿Por qué eres como eres?

La pregunta me golpea. Nadie me la ha hecho nunca. Mi padre no preguntaba. Matteo no pregunta. Los hombres no me preguntan; me obedecen o me mueren. Pero ella me lo pregunta, y no hay miedo en su voz, solo una curiosidad tranquila, como si de verdad quisiera entenderme.

—Porque me enseñaron que sentir es una fuga —digo—. Y una fuga te mata.

—¿Y lo crees?

—Lo creía. —La miro—. Hasta que te vi.

No es una frase. Es la verdad entera, la que he tardado veintinueve años en admitir.

Le he dicho más de lo que le he dicho a nadie, y ella lo sabe, porque se ha quedado muy quieta, mirándome como se mira algo que acaba de aparecer en una habitación que creías vacía.

Y no me da lástima. No me da miedo. Me da algo peor: esperanza.

La esperanza de que quizá, con esta mujer, no tenga que ser el que me enseñaron a ser.

De que quizá pueda quererla sin matarla, sin que me la quiten, sin que el precio sea otra pistola en la mano de un niño.

Eso no se lo digo. Es demasiado. Se lo guardo.

Pero lo pienso, y por primera vez el pensamiento no me sabe a debilidad. Me sabe a libertad.

No aparto la vista. No bajo la guardia. Le dejo ver lo que hay debajo, el hombre que hay detrás del monstruo, el que lleva diecisiete años encerrado en una habitación sin ventanas.

—No me tienes miedo —digo, y no es una pregunta.

—No.

—Eso me desarma más que cualquier golpe.

—Lo sé. —Esboza una sonrisa, pequeña, la primera sonrisa de verdad que le veo—. Por eso lo hago.

Y entonces entiendo lo que me está pasando. No es que la quiera. Eso ya lo sabía. Es que la estoy viendo. De verdad, por primera vez, no como un cuadro que hay que documentar antes de poseer, sino como una mujer que hay que escuchar antes de merecer.

Y eso es mil veces más peligroso que la obsesión.

Porque la obsesión se controla. Se alimenta, se dosifica, se disimula. Pero esto otro, esto de querer saber quién es, de querer que me cuente, de querer merecerla, no tiene dueño. No responde a ninguna regla que yo conozca.

—No debería haberte dejado entrar —digo, bajito, y no sé si hablo de la villa o de mí.

—Lo sé. —Se levanta de la barandilla. Se acerca. Se detiene a un palmo, con la copa olvidada en el suelo—. Pero ya estoy dentro.

Y es verdad. Está dentro de la casa, dentro de mi vida, dentro de la habitación sin ventanas donde llevo diecisiete años encerrado, y no ha pedido permiso, y no pienso pedírselo yo.

Porque si se va, esa habitación vuelve a quedarse a oscuras, y yo ya no sé vivir sin su luz.

Lo entiendo ahora, mirándola a un palmo de mí, con el mar detrás y el viento en su pelo: no la quiero porque la poseo.

La quiero porque, delante de ella, por fin, no tengo que fingir que soy de hielo.

Y eso, para un hombre como yo, es más adictivo que cualquier poder.

Y ahí está el problema. Yo no sé querer a medias.

No sé querer sin poseer, sin controlar, sin saber cada minuto dónde está y con quién.

Me lo enseñaron así, a sangre, y no sé hacerlo de otra manera.

Pero esta mujer no se deja poseer. No se deja controlar.

Y aun así, esta noche, se ha acercado. Me ha preguntado por qué soy como soy.

Me ha dejado ver que la veo. Y yo, que he ganado guerras y territorios sin mover una ceja, no sé qué hacer con una mujer que se queda.

Porque ganar es fácil: es cuestión de fuerza.

Pero esto, esto de querer que alguien se quede porque quiere y no porque no puede irse, es otra cosa.

Y es la única cosa que no me han enseñado a hacer.

Pero estoy dispuesto a aprender. Por ella. Por mí. Porque si existe una manera de quererla sin encerrarla, sin vigilarla, sin contarla como a una pieza de inventario, quiero encontrarla. Aunque me lleve el resto de la vida. Aunque me cueste todo lo que soy y todo lo que tengo.

Me mira. La miro. Y por un segundo, no hay imperio, no hay guerra, no hay Coloma, no hay deuda. Solo hay una mujer que ha entrado donde nadie entraba y un hombre que no sabe cómo echarla.

Y lo peor, lo que me hunde del todo, es que no quiero echarla.

No quiero.