ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Llevo semanas esperando este momento, y cuando llega, no es como imaginaba.

No es violento. No es una rendición. Es un relámpago en mitad de una calma que ya no era calma, y los dos lo sabemos, y ninguno se aparta.

Ha empezado hace un minuto, o hace una hora, no lo sé. Sé que estábamos en la terraza, hablando de mi madre y del mar y de todas las cosas que no nos habíamos dicho, y sé que en algún punto dejé de mirarle la boca y empecé a no poder mirar otra cosa. Y sé que él lo vio. Porque él siempre lo ve.

—No me mires así —ha dicho, bajito.

—¿Cómo?

—Como si quisieras que te bese.

Y ahí está. La palabra. La que llevamos semanas esquivando entre los dos, todas esas veces que él se contuvo y yo me contuve, el "todavía no" de la notaría, el "no te beso" del estudio, el "cuando te bese no habrá vuelta atrás" susurrado a mi oído en la madrugada.

—Y si quiero —he dicho, y me ha temblado la voz—, ¿qué?

Él se ha quedado quieto. Como si yo acabara de soltar la cuerda que lo sujetaba.

—Entonces —ha dicho, despacio—, que no haya vuelta atrás.

Ha sido su forma de pedir permiso. Lo entiendo en el instante en que lo dice: Enzo Ravelli, que no pide nada, que lo toma todo, me está pidiendo permiso a mí.

Y ese detalle, más que cualquier beso, me abre el pecho.

Porque significa que no me está tomando.

Me está esperando. Y yo, por primera vez, no quiero que espere más.

Y me ha besado.

No ha sido un roce. No ha sido un fake-out.

No ha sido la sombra de un beso a un milímetro de mi boca.

Ha sido un beso de verdad, el primero, y me ha desmontado entera.

Porque llevaba semanas conteniendo esto, semanas de "todavía no" y "no te beso" y de despertarme con la mano en mi propia garganta, donde él había puesto la suya.

Y todo eso, de golpe, se ha soltado. Como una cuerda que se parte. Como una presa que cede.

Sus manos en mi cara. Grandes, cálidas, con las palmas ásperas de un hombre que no ha vivido de papeles.

Su boca en la mía. Huele a sal y a vino y a algo más: a cuero y a tabaco y a esa colonia suya que llevo semanas oliendo en mi ropa sin querer admitir que me gusta.

Y sabe a vino y a sal y a algo más oscuro, a esa cosa que llevamos aplazando, algo que he estado negando y que ahora, con su lengua buscando la mía, se me cuela por las costuras y me incendia.

Su barba me raspa la barbilla, áspera, y el contraste entre eso y la suavidad de sus labios me saca un temblor que no consigo disimular.

Es como si todos esos días de contención estuvieran ardiendo ahora mismo, entre su boca y la mía.

Como si cada "todavía no", cada mano que se retiraba, cada vez que me dejó a un centímetro del abismo, hubiera estado acumulando pólvora y esta noche, por fin, hubiéramos encendido la mecha.

Sus labios saben a lo que yo llevaba semanas sin atreverme a nombrar.

Y me besa como me mira: entero, sin prisa, como si yo fuera algo que por fin puede tocar y no piensa soltar.

Le devuelvo el beso. Le devuelvo todo lo que he estado tragándome.

Y cuando me muerde el labio, suave, un aviso, entiendo que él también se ha estado conteniendo, que él también llevaba pólvora, que a su manera también estaba esperando este momento.

No sé quién gana. No me importa. Por primera vez en mi vida, no me importa ganar.

Me agarro a su camisa. No para empujarlo. Para no caerme.

Porque el suelo ha desaparecido. Porque todo lo que era miedo se ha convertido en otra cosa, en un calor que sube desde el estómago y me deja las piernas blandas y la cabeza vacía de todo lo que no sea él.

Él gime contra mi boca. Un sonido bajo, roto, que no le conocía. Y ese sonido me atraviesa como un corte limpio, porque es la primera vez que Enzo Ravelli deja de controlarse, y soy yo la que lo ha roto.

—Valeria —murmura, con la boca aún pegada a la mía.

Y mi nombre en sus labios, por primera vez entero, sin apellidos, sin bella, sin piccola, es lo más íntimo que me han dicho en la vida.

Me aparto un segundo. Solo un segundo. Para mirarlo.

Tiene los ojos oscuros, encendidos, y las manos todavía en mi cara, y está temblando. Él, que no tiembla por nada, tiembla por mí.

—No ha habido vuelta atrás —digo, con la voz ronca.

—Lo sé. —Me apoya la frente en la mía—. No la quería.

—¿Y ahora?

—Ahora menos.

Me río. Se me escapa, contra su boca, una risa que es más un sollozo. Y él me la bebe, y me vuelve a besar, y esta vez no hay prisa, no hay furia, solo la certeza de dos personas que han estado cayendo y por fin han tocado el suelo.

Mi cuerpo ya no discute. Mi cuerpo ha dejado de fingir que no lo quiere.

Y yo, que llevo veintiséis años desapareciendo dentro de las cosas, siento, por primera vez, que alguien me ha encontrado.

Todas las noches en vela, todas las veces que me dije que esto era solo miedo, que esto era solo supervivencia, que esto era solo él y no yo —todas mentira.

Era yo. Soy yo. Lo quiero. Lo quiero de una forma que no sé nombrar, y por primera vez no me importa no saber.

No sé cuánto dura el beso. Podría ser un minuto o una hora. Cuando nos separamos, estoy sin aliento, con la espalda contra la barandilla y su mano en mi cintura, y el mar debajo suena lejano, como si estuviera en otro mundo.

Cuando por fin el mundo vuelve a existir, lo hace de golpe, como si alguien hubiera encendido las luces.

Oigo el mar. Oigo mi propia respiración, entrecortada.

Y noto su mano en mi cintura, cálida y firme, como si no pensara soltarme nunca.

Lo miro. Tiene los labios hinchados y los ojos negros, y en su cara hay una expresión que no le he visto jamás: no es posesión, no es triunfo.

Es algo parecido a la incredulidad, como si acabara de tocar algo que llevaba un año mirando y no pudiera creer que fuera real.

Levanto la mano y le toco la mejilla. Él cierra los ojos.

Un segundo. Solo un segundo. Y ese gesto, ese rendirse a mi mano, vale más que todas las palabras que no nos hemos dicho.

Es la primera vez que lo veo bajar la guardia del todo, entregado a mi mano como un animal que por fin deja de morder. Y es, también, la primera vez que no me da miedo lo que siento. Porque ya no es un secreto. Es un hecho, tan real como el mar que suena debajo.

—¿Y ahora qué? —pregunto.

Enzo me mira. Y por primera vez, no veo al monstruo, ni al captor, ni al heredero. Veo a un hombre que me está mirando como si yo fuera la respuesta a una pregunta que no sabía hacer.

—Ahora —dice, y su voz es la más desnuda que le he oído nunca—, eres mía.

Y por primera vez, la palabra no me suena a jaula.

Me suena a casa.

Porque eso es lo que ha cambiado esta noche.

No el beso. No sus manos. Lo que ha cambiado es que, al mirarlo, ya no veo al hombre que me compró.

Veo al hombre que, durante un año, me vio cuando nadie más lo hacía.

Al que mató por mí sin pestañear. Al que me esperó, con las reglas rotas en la mano, hasta que yo eligiera.

Y resulta que he elegido. Sin que me lo pidiera.

Sin que me lo ordenara. He elegido, y eso, más que el beso, es lo que me asusta: que por primera vez en mi vida, la elección es mía. Y la he usado para quedarme.