CAPÍTULO 28
Me he pasado dos noches sin dormir, y no es por el miedo.
Es por lo que vi. Por lo que hizo. Por la forma en que su mano no tembló cuando ese hombre cayó, y por la forma en que, un segundo después, me miró a mí como si yo fuera la única cosa en el mundo que no se había roto.
He visto matar a un hombre. Y lo que siento no es asco.
Eso es lo que no me deja dormir.
Me paso las horas dándole vueltas. A la escena, al ruido, a la cara del hombre cuando cayó al suelo del pasillo.
Y a la cara de Enzo, que apenas cambió: vi cómo se le apagaba algo en los ojos un segundo antes de apretar el gatillo, y cómo volvía a encendérsele cuando me miró a mí, como si yo fuera lo único que lo sujetaba a este lado del abismo.
Una mujer debería huir de un hombre así.
Una mujer cuerda lo habría hecho. Yo me quedé.
Y no fue por miedo. Eso es lo que no me deja dormir: que no fue por miedo.
Fue porque, por primera vez en mi vida, alguien había matado por mí, no contra mí.
Mi padre me vendió. Los Coloma me usaron.
Todo el mundo, toda la vida, me ha tenido como moneda.
Y este hombre, este monstruo, ha derramado sangre para que nadie más me toque.
No sé cómo se digiere eso. No sé si se digiere.
Me quito la camisa de él. La blanca, la que me apropié sin preguntar y que él no me ha pedido que devuelva. Me meto en la ducha y dejo que el agua corra, y pienso en todo lo que he estado evitando.
No he vuelto a intentar escapar. No desde la víspera de la boda. Y no porque no haya huecos —los hay, ahora más que nunca, con la casa revuelta por la guerra—, sino porque, en algún momento que no sé fechar, dejé de querer irme.
O quizá no dejé de querer. Quizá lo que quiero se ha movido de sitio, como un cuadro que cambias de pared y de repente toda la habitación significa otra cosa.
Salgo de la ducha. Me visto. No bajo a desayunar. En vez de eso, subo las escaleras hasta el despacho, el de la pared llena de fotos, y me quedo en el umbral.
Él está dentro, de espaldas, mirando por la ventana. No me ha oído. O finge no haberme oído. Con Enzo nunca se sabe, y ese no-saber ya no me desespera como antes. Ahora me gusta. Eso también tendría que asustarme.
Durante semanas he llamado a este sitio la jaula.
La jaula dorada, con sus veintitrés escalones y sus miradas que no se ven.
Pero hoy, subiendo, no me siento encerrada.
Me siento como se siente uno al volver a un lugar que conoce, con esa mezcla rara de cansancio y de paz.
Y eso es lo que más me asusta de todo: que la jaula ha dejado de parecerme una jaula.
Que ya no distingo si las paredes me retienen o me arropan.
Que he empezado a querer al carcelero. Mi madre se fue un día sin despedirse, y yo aprendí que la gente que quieres siempre acaba yéndose.
He pasado la vida construyendo muros para que no me doliera.
Y este hombre, sin proponérselo, me los ha ido tirando uno a uno.
Con un Caravaggio. Con un vaso de agua. Con una pared llena de fotos que me demuestra, por primera vez, que alguien me ve.
¿Cómo se huye de eso? No se puede. Y no quiero.
—No has dormido —digo.
Se gira. Tiene la camisa abierta y la cara de quien lleva dos noches de pie, y aun así está entero, como si el cansancio no pudiera con él. Solo conmigo.
—Tú tampoco —dice.
—No. —Entro. Cruzo el despacho hasta la ventana y me pongo a su lado, sin tocarlo—. Vi lo que hiciste.
—Lo sé.
—Mataste a un hombre por mí.
—Sí.
—Y no lo sientes.
—No. —Me mira—. Volvería a hacerlo. Cien veces.
Debería horrorizarme. Hace una semana me habría horrorizado. Hoy, lo único que pienso es que no quiero que vuelva a tener que hacerlo, y no sé si eso es miedo por mí o por él.
—Quiero que dejes de seguirme —digo de pronto, y no es lo que venía a decir.
Él se queda quieto.
—Quiero que dejes de vigilar cada minuto dónde estoy —continúo—. No voy a irme. Ya no. Y si quieres que me quede, vas a tener que confiar en mí sin necesidad de saber, cada segundo, dónde estoy.
Es la primera vez que le pido algo que no es un "déjame en paz". Y él lo nota. Lo noto en la forma en que se le tensa la mandíbula, como si mis palabras fueran un golpe y no una tregua.
—No sé hacer eso —dice, bajito.
—Lo sé. Por eso te lo pido.
Silencio. El mar, abajo, rompe contra las rocas. Yo sigo a su lado, sin tocarlo, esperando.
Y entonces hago lo que he estado dos días sin atreverme a hacer.
Doy un paso. Le cojo la mano.
No la esquiva. No me la quita. Se queda quieto, con mi mano dentro de la suya, y por un segundo es él el que parece a punto de romperse.
—Esto no significa que te perdone —digo, y mi voz sale más blanda de lo que quiero.
—Lo sé.
—Ni que haya olvidado lo que eres.
—También lo sé.
—Pero significa que ya no huyo. —Le aprieto la mano, un poco, lo justo—. Y que quiero quedarme.
Él baja la mirada a nuestras manos. Luego me mira a mí. Y en sus ojos hay algo que no le he visto nunca: no posesión, no frialdad, no deseo. Algo parecido al asombro.
—Valeria… —empieza.
—No. —Le apoyo un dedo en los labios, y el gesto me sale sin pensarlo, como si mi cuerpo hubiera decidido antes que yo—. No digas nada. No lo estropees.
Me mira. Y no dice nada.
Nos quedamos así, con las manos unidas y el mar sonando abajo, y yo noto el pulso de él contra mi palma, fuerte y rápido, como un tambor lejano.
No me suelta. No aprieta. Solo me sostiene, como si yo fuera algo que por fin ha dejado de huir y no quisiera espantarme.
Y yo, que he pasado la vida esperando que alguien me soltara —mi madre, mi padre, todos—, me quedo quieta, sin soltarlo.
Pienso en lo que habría dicho la Valeria de hace un mes si me hubiera visto ahora.
Habría gritado. Habría corrido. Habría dicho que me he vuelto loca.
Y quizá lo estoy. Pero hay una cosa que esa Valeria no sabía, y que yo sé ahora: que no se puede odiar del todo a un hombre que, en el peor día de tu vida, eligió romperse antes que romperte.
Y Enzo, esta noche, con mi mano en la suya, está roto.
Y yo también. Y quizá dos cosas rotas, juntas, pueden sujetarse.
Y yo, por primera vez desde que entré en esta casa, no estoy esperando una salida.
Estoy eligiendo una.
No sé qué vendrá mañana. No sé si me arrepentiré.
No sé si esta tregua aguantará la guerra que se nos viene encima, ni si yo aguantaré lo que estoy sintiendo.
Pero sé que hoy, por primera vez, no estoy corriendo.
Y a veces, no correr ya es una forma de llegar.
Porque hay algo en su mano, en su pulso contra el mío, en la calma con la que me sostiene, que me dice que yo tampoco soy invisible para él. Y no quiero volver a serlo.