CAPÍTULO 27
La sangre se lava, pero no se olvida.
Han pasado dos días desde que los Coloma rompieron la tregua y atacaron la villa de noche.
Dos días desde que un hombre puso las manos encima de Valeria y yo lo maté delante de ella.
El patio vuelve a estar limpio. Los hombres están en sus puestos.
La zona franca ya no existe, y todo el Mediterráneo lo sabe.
Y yo no puedo dormir.
No por la guerra. La guerra es un idioma que hablo desde niño, el único en el que mi padre me dejó crecer. No puedo dormir porque cada vez que cierro los ojos la veo a ella en el pasillo, con la espalda contra la pared y la mirada fija, viéndome matar. Y no había miedo en sus ojos.
Había otra cosa. Y esa otra cosa es lo que no me deja dormir.
Dos días sin dormir dan para mucho. Para repasar cada segundo de aquella noche: el ruido de la puerta forzada, los gritos en el patio, el hombre en el pasillo con las manos sobre Valeria, y el estallido seco que lo sacó de este mundo.
Para preguntarme si ella duerme, si ve lo mismo que yo, si la persigue mi cara en el instante en que apreté el gatillo.
Y para llegar siempre a la misma conclusión: no me arrepiento de lo que hice.
Me arrepiento de no haberlo visto venir antes, de no haber tenido un hombre en su puerta desde el primer día, de que mi imperio, que presume de controlarlo todo, haya tardado una noche entera en llegar hasta la única cosa que me importa.
Porque eso fue lo peor de aquella noche.
No la sangre. No el hombre. Lo peor fue el minuto y medio en que no supe dónde estaba ella.
Un minuto y medio. He aguantado torturas y asedios sin mover una ceja, pero ese minuto y medio me sacó de la cabeza. Y todavía no he podido volver.
Matteo entra en el despacho. No llama. Nunca llama.
—Vittorio ha doblado la guardia —dice—. La costa norte está cubierta. Los Coloma se han replegado a su finca, pero no han terminado. Han perdido a uno de los suyos y querrán cobrarlo.
—Lo sé.
—¿Y qué hacemos con la chica?
Miro a Matteo. Y no me gusta lo que me sale por dentro: un animal que enseña los dientes solo por oírla llamar "la chica", como si fuera una mercancía más en el balance.
—Valeria —corrijo, despacio—. Se llama Valeria. Y no hacemos nada con ella. Ella no se toca.
Matteo no parpadea. Es su forma de pedir perdón.
—Entendido, señor.
—Y quiero un hombre en su puerta. No para encerrarla. Para que nadie vuelva a llegar hasta ella. Nunca.
—Hecho.
Se va. Y me quedo solo, con la verdad que llevo dos días esquivando.
Matteo lo sabe. Vittorio lo sabe. Media isla debe de saberlo ya: el heredero de los Ravelli ha dejado de ser de hielo, y el motivo tiene nombre de mujer.
Un año entero me costó entenderlo. Una noche bastó para que todo el Mediterráneo lo viera.
No me importa. Lo único que me importa es que ella lo sepa también, y que, por encima de todo lo demás, no le dé miedo.
No la puedo soltar.
No es que no quiera. Es que no puedo. Llevo un año observándola, un mes teniéndola, una semana casado con ella, y cada día la quiero más, como si la obsesión se hubiera comido el resto de mi vida y no dejara sitio para nada más.
Mi padre me enseñó que querer es una debilidad. Que lo que quieres te lo quitan. Que lo que te quitan te mata. Y por eso me enseñó a no querer nada, a los doce años, con una pistola en la mano y un hombre de rodillas delante de mí.
Diecisiete años después, he hecho exactamente lo contrario.
La obsesión por esa mujer es la única fisura de mi armadura. El único punto por el que me pueden herir. Si los Coloma son listos —y lo son—, ya lo han entendido. Han visto lo que soy capaz de hacer por ella. Han visto al monstruo con una correa, y la correa la tiene Valeria.
Eso debería asustarme. Y me asusta. Pero no del modo que mi padre querría.
Me asusta porque sé que, si mañana tuviera que elegir entre el imperio y ella, elegiría a ella. Sin dudarlo. Y un hombre que elige a una mujer antes que al trono no es un capo. Es un rehén.
Me levanto. Voy a la ventana. Valeria está en la terraza, como todas las noches, mirando el mar con las manos en la barandilla. Lleva puesta una de mis camisas, la blanca, la que me quité el otro día y ella se ha apropiado sin pedir permiso. El viento le mueve el pelo.
Y yo, que he matado a un hombre por ella sin pestañear, no puedo ni moverme del sitio.
Porque la quiero. La quiero de una forma que no se controla, que no se negocia, que no se apaga con nada de lo que sé hacer. Y si eso me hace débil, que me haga débil. Si eso me cuesta el trono, que me lo cueste. Si para quedármela tengo que arder, arderé.
Pero a ella no la suelto.
Nunca.
A mi padre le habría horrorizado oírme. Él me crió para no atarme a nada, para no tener nada que no pudiera comprar, controlar o destruir.
El hombre que se ata a algo es un hombre que se puede romper, me decía.
Y yo me he atado. Con mis propias manos, a conciencia, sabiendo el precio.
Y aun así, si tuviera que volver a aquella galería de Palma y verla otra vez por primera vez, lo haría.
A ciegas. Porque antes de ella yo no estaba vivo; estaba funcionando.
Iba de deuda en deuda, de puerto en puerto, de muerto en muerto, sin querer nada, sin temer nada, sin ser nada.
Y ella me devolvió algo que no sabía que había perdido: la certeza de que existe una cosa en este mundo por la que vale la pena matar y morir. Las dos.
Lo sé ahora con una claridad que me quema el pecho: no era el cazador. Nunca lo fui. Desde la primera noche, en aquella galería de Palma, fui la presa. Ella entró y me tuvo, sin saberlo, sin quererlo, sin tocarme.
Y todo lo que he hecho desde entonces —seguirla, contarla, fotografiarla, comprarla, enjaularla, casarme con ella— no ha sido para poseerla.
Ha sido para no perderme.
Porque sin ella, yo ya no sé quién soy. Y esa es la única debilidad que no me puedo permitir.
Pero ya está hecha.
Me giro hacia la puerta. El hombre que hay al otro lado del espejo ya no es el que entró en la galería aquel día. Ese hombre no tenía nada que perder.
Este lo tiene todo.
Y por primera vez en mi vida, no me importa.
Mañana volveré a hacer planes de guerra.
Pondré hombres, cerraré rutas, calcularé cuánto cuesta la paz y cuánto la venganza.
Matteo traerá mapas y Vittorio informes, y yo fingiré que sigo siendo el hombre de hielo que manda en todo esto.
Pero por dentro sabré la verdad, la misma que me corroe ahora: que cada decisión que tome mañana, cada hombre que envíe, cada bala que autorice, la tomaré pensando en una sola cosa.
Que ella esté a salvo. Que nadie vuelva a tocarla.
Que nunca más exista ese minuto y medio en que no supe dónde estaba.
El imperio puede arder. El puerto puede caer.
Mientras ella respire al otro lado de la bahía, todo lo demás es ruido.