CAPÍTULO 26
Me tiemblan las manos y no es de miedo.
Es de otra cosa. De esa electricidad que deja la sangre ajena cuando salpica cerca, del corazón latiéndome en la garganta, del cuerpo entero despierto como si me hubieran sacudido de una vida de sueño.
Y lo odio, porque debería estar aterrorizada, y no lo estoy.
Estoy viva. Más viva de lo que he estado en años.
Es de madrugada. La casa se ha quedado en un silencio que no es de paz, sino de después.
Enzo está sentado en el borde de mi cama, de espaldas, mirando la ventana, y no se ha movido en una hora.
Yo tampoco. Los dos despiertos, con la misma escena rodando en la cabeza, como una restauración que no termino de limpiar.
El hombre entrando por el vestidor. La mano fría en mi muñeca. El grito que no llegué a soltar. Y luego Enzo, en la puerta, con una calma que era peor que cualquier grito.
No lo vi matar. O sí. Vi el movimiento, no el detalle.
Vi su mano cerrarse sobre el cuello del hombre, vi el cuerpo caer, vi la quietud que dejó después, esa quietud suya de cuchillo que acaba de cumplir su función.
Y en vez de horror, lo que sentí fue alivio.
Un alivio tan profundo, tan animal, que todavía me arde en el pecho.
Y luego, encima del alivio, la vergüenza.
Porque sé lo que se supone que debería sentir una mujer decente delante de un hombre que acaba de matar.
Debería huir. Debería llamar a la policía, a mi padre, a cualquiera.
Y en lugar de eso me quedo quieta, respirando, con el pulso desbocado y un calor que no es del susto.
—No deberías estar despierta —dice, sin girarse.
—Tú tampoco.
—Yo no duermo nunca.
—Esta noche no, desde luego.
Gira la cabeza. La luz gris de la luna le recorta la mandíbula, el cuello, las manos manchadas que descansan sobre las rodillas.
Debería darme asco. Debería alejarme de un hombre que acaba de matar por mí y que, encima, ni siquiera lo lamenta.
Y sin embargo, lo que siento es otra cosa.
Una cosa que me da vergüenza nombrar y que me empuja hacia él como una marea.
—Estás sangrando —digo, y me sorprende el hilo de mi voz.
—No es mía.
—Lo sé. —Me incorporo, a pesar de las piernas flojas—. Pero déjame ver.
—No.
—Enzo.
—No, piccola. —Se gira del todo—. No quiero que me veas así.
—Demasiado tarde. Ya te he visto.
Se queda quieto, midiéndome con esos ojos oscuros, y en ellos hay una cosa que no le conocía: vergüenza. No por lo que ha hecho. Por lo que yo he visto. Por haberme dejado verlo.
—Ese hombre te ha tocado —dice, y la palabra le sale como un arañazo—. Te ha puesto una mano encima. Y yo no he llegado antes.
—Has llegado.
—No. —Niega, una vez—. He llegado cuando ya era tarde.
Me levanto. No sé de dónde saco las piernas, pero me levanto y cruzo la habitación y me planto delante de él.
Le pongo una mano en el pecho, sobre la camisa empapada de sangre seca.
Su corazón late debajo, fuerte, desbocado.
Y me doy cuenta de que el hielo es solo eso: una capa.
Debajo hay un hombre que acaba de matar por mí y que tiembla.
—No era tarde —digo—. Estoy aquí. Viva. Gracias a ti.
—No me des las gracias. —Me coge la muñeca, la misma que el otro hombre me apretó—. No por esto. Nunca por esto.
—Entonces, ¿qué quieres?
—No lo sé. —Su voz se rompe, apenas—. Llevo toda la vida sabiendo exactamente lo que quiero, y ahora no sé nada. Solo sé que si te pierdo, se acaba todo.
Y lo dice tan roto, tan sin armadura, que algo en mí cede. No el miedo —el miedo sigue ahí, agazapado—, sino la resistencia. Esa resistencia que llevo semanas construyendo, ladrillo a ladrillo, como una pared falsa, y que un solo hombre con las manos manchadas acaba de tirar de un empujón.
Mi cuerpo lo sabe antes que yo. Se inclina hacia él sin que se lo ordene, buscando el calor que desprende, la violencia contenida que me llama desde dentro de la sangre. Y la parte de mí que todavía razona lo ve venir y grita: no, no, no. Y la otra parte, la que ha estado dormida, responde: sí.
—No me beses —digo, y es casi una súplica.
—No lo haré.
—Bien.
—Pero no me sueltes.
No lo suelto. Nos quedamos de pie, en el centro de la habitación, con la sangre de un muerto secándose en su camisa y mi mano en su pecho y su mano en mi muñeca, respirando el mismo aire cargado de pólvora y de miedo.
Y me doy cuenta, con una claridad que me da vértigo, de que el deseo no es una traición.
Es lo que me ha mantenido viva esta noche: quererlo cerca, quererlo a él, querer que no me falte nunca el calor de sus manos.
—¿Qué me está pasando? —pregunto, y me odio por decirlo en voz alta.
—Lo mismo que a mí —dice—. Desde el primer día.
—No quiero esto.
—Lo sé. —Su frente busca la mía, despacio, como en la tregua de la mañana—. Pero está pasando.
Y no puedo negarlo. Porque tengo las rodillas flojas y el pulso a cien y un calor que me sube por dentro, y todo, absolutamente todo, me empuja hacia él, como si esta noche la muerte hubiera pasado tan cerca que lo único que queda es la vida, desnuda y urgente, pidiendo ser tocada.
No es solo el miedo transformado. Lo sé porque lo he sentido otras veces, en otros cuerpos, en otras vidas.
Esto es distinto. Es él. Es la violencia con la que me ha defendido, la mano que ha cerrado sobre un cuello por mí, la certeza de que haría cualquier cosa, cualquier cosa, para que nadie vuelva a ponerme una mano encima.
Y esa certeza, en vez de espantarme, me enciende.
Pienso en mi padre. En la deuda. En la boda sin beso, en el anillo que pesa, en el muro de fotos del despacho. Pienso en todas las razones por las que debería odiar a este hombre y salir corriendo de esta casa. Las tengo. Las veo. Y aun así no me muevo.
Porque hay una razón más fuerte, y no me atrevo a decirla: que esta noche, cuando la mano de aquel hombre me apretó la muñeca, lo único que se me cruzó por la cabeza no fue mi vida. Fue él. Enzo. Si iba a llegar, si iba a encontrarme, si me iba a salvar.
Y llegó. Y me encontró. Y me salvó.
—No pasa nada —dice él, bajito, y me doy cuenta de que estoy temblando—. Ya estás a salvo.
—No es por el miedo.
—Lo sé.
Levanto la vista. Está tan cerca que podría contarle las pestañas. Y por un segundo, un solo segundo, me permito imaginar lo que pasaría si me pusiera de puntillas y cerrara los ojos. El sabor. El golpe. La caída.
No lo hago. No todavía.
—Vete a dormir —digo, y me aparto despacio, porque si me quedo un minuto más no respondo de mí.
—Y tú.
—Yo no duermo contigo mirándome.
—Entonces no me mires. —Su voz es un susurro—. Duerme. Yo me quedo aquí. Vigilando.
Me meto en la cama. Él vuelve al borde, de espaldas a mí, con la espalda recta y las manos en las rodillas, como un centinela.
Y yo me quedo despierta, mirando la línea de sus hombros, sintiendo el calor que se cuela entre los dos, y sabiendo, con una lucidez que quema, que ya no puedo seguir fingiendo.
No lo odio.
No del todo. No esta noche.
Y el deseo, eso, es imposible de ignorar.