ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El primero en caer es el hombre que vigila la verja.

Lo veo desde la ventana del despacho, un movimiento demasiado rápido en el camino de grava, y antes de que el cuerpo toque el suelo ya sé lo que es: los Coloma han venido a cobrarse la tregua rota. No han mandado un aviso. Han mandado hombres, de noche, como se manda a los muertos.

—Vittorio —digo, sin girarme.

—Ya lo he visto, señor. —Su voz suena en el pinganillo—. Tres por el este, dos por el jardín, uno por la verja. Van armados.

—¿Cuántos míos hay en casa?

—Ocho. Los suficientes.

—No son suficientes —digo—. No para lo que yo voy a hacerles.

Hace años que nadie cruza una puerta ajena en esta isla.

La zona franca nos daba a todos lo mismo: dinero sin sangre.

Los Coloma la han roto esta noche, y no lo han hecho por el puerto.

Lo han hecho por ella. Porque saben que es lo único que me importa.

Y yo sé, con la misma claridad, que no me voy a detener.

Bajo las escaleras de tres en tres. La casa está en silencio y a oscuras, y por un segundo me alegro de haberla dejado dormida arriba.

Valeria no sabe nada. No tiene por qué saberlo.

Los Coloma no van a tocar ni el umbral de su puerta, porque yo no voy a permitirlo, y porque si alguno lo intenta, esta noche me servirá para recordarle al mundo por qué no se toca lo que es mío.

El primero entra por la puerta de servicio.

No me da tiempo a verle la cara: le quiebro la muñeca antes de que levante el arma y el disparo se pierde contra el suelo.

El segundo llega detrás. A ese lo recibo con la culata en la cara, y cae sin ruido.

El tercero duda un segundo de más, y ese segundo le cuesta todo.

No me recreo. No me gusta. Es una cuenta que hay que cerrar, y las cuentas se cierran rápido.

—Enzo —dice Vittorio por el pinganillo—. El del jardín ha subido. Va hacia el ala este.

El ala este. Su habitación.

Se me enciende algo por dentro, algo frío y limpio, lo último que me queda del niño que enterré hace diecisiete años. Y al mismo tiempo se me apaga todo lo demás: el miedo, la prisa, el ruido. Queda solo una cosa, nítida como un cuchillo.

Nadie la toca.

Subo las escaleras de dos en dos. El pasillo está oscuro y huele a pólvora. La puerta de Valeria está abierta, de par en par, y la luz del vestidor se derrama por el suelo como una herida. Entro.

El hombre la tiene.

La ha sacado de la cama y la sujeta por la muñeca, torciéndosela, con la otra mano en su boca para ahogarle el grito.

Ella lo mira con los ojos muy abiertos, sin llorar —Valeria no llora—, y se debate, no para soltarse, sino para no parecer vencida.

Algo en esa lucha, en ese no rendirse, me parte el pecho y me lo vuelve a soldar en el mismo instante.

Y luego él la aprieta más fuerte.

Y ya no pienso.

No recuerdo cruzar la habitación. No recuerdo el ruido. Solo recuerdo el peso del hombre bajo mis manos, la muñeca que le arranco de encima de ella, el golpe contra el suelo, y el silencio que deja. Tardó un segundo en soltarla. Lo demás no lo recuerdo con claridad, y no me importa.

Valeria retrocede hasta la pared y se queda ahí, respirando, con la mano en la muñeca que él le había apretado. Me mira. No me mira a mí. Mira lo que queda del hombre en el suelo, y luego me mira a mí, y no retrocede.

—¿Estás herida? —pregunto, y mi voz no parece mía.

—No. —Sacude la cabeza—. No me ha hecho nada. Solo… me ha tocado.

La palabra se me clava donde ya sabía que se iba a clavar. Me agacho, sujeto al hombre por el cuello de la camisa y lo levanto un palmo del suelo. Está aturdido, pero vivo. Le veo el miedo en los ojos, ese miedo limpio que reconozco de tantas caras.

—¿Sabes quién soy? —le pregunto.

—Ravelli —escupe.

—Entonces sabes lo que pasa con el que toca lo que es mío.

Le retuerzo el brazo hasta que aúlla. No me recreo. No me gusta. Es solo una cuenta que hay que cerrar, y las cuentas se cierran rápido.

—Un mensaje —digo, y mi voz es un hilo—. A tu Don. A Sebastián Coloma. Dile que la tregua de las Baleares se ha acabado esta noche. Y dile que si vuelve a mandar a alguien a mi casa, no voy a responder con hombres. Voy a ir yo.

El hombre asiente, temblando. Lo dejo caer.

—Vittorio —digo por el pinganillo—. Sube. Recoge a este. Y al resto. Quiero a todos vivos salvo a los que hayan obligado a matar. Los vivos, que no salgan de la isla sin mi mensaje.

—Entendido, señor.

Me quedo un segundo con la espalda contra la puerta, cerrando los ojos. Detrás de mí, oigo la respiración de Valeria, rápida, viva. Ese es el único sonido que importa en toda la casa.

—¿Ya está? —pregunta ella, bajito.

—Ya está.

—¿Estás herido?

Miro mis manos. Sangre de otro. No la mía. La suya, ni una gota.

—No —digo—. No es mía.

—Abre los ojos, Enzo.

Los abro. Está de pie delante de mí, descalza, con una de mis camisas puesta como si fuera un vestido, y los ojos enormes. No está temblando de miedo. Está temblando de algo que no sé nombrar, y aun así da un paso al frente y me coge la cara con las dos manos.

—Lo has matado por mí —dice, y no es una pregunta.

—Sí.

—¿Y el de abajo? ¿Los otros?

—Algunos. —Sostengo su mirada—. Los que intentaban llegar a ti.

—¿Lo has hecho tú solo?

—Sí.

Se queda callada un instante. Sus pulgares me rozan las mejillas, suaves, como si me limpiara una suciedad que no se ve. Y luego, muy despacio, hace lo único que no espero: me obliga a mirarla, de verdad, hasta el fondo.

—Estás temblando —dice.

—No.

—Sí. —Su voz es un susurro—. No por el miedo. Por otra cosa.

Miento. Tiemblo, sí, pero no por lo que ella cree. Tiemblo por la certeza, recién estrenada y brutal, de que esta noche han intentado quitarme lo único que tengo. Y de que si lo hubieran conseguido, no habría habido mensaje, ni Don, ni tregua, ni isla que me contuviera.

—No te van a tocar —digo, y me sale ronco—. Nunca. ¿Lo entiendes? Mientras yo respire, nadie te toca.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. —Le cojo las muñecas, con cuidado, sin apartarle las manos de mi cara—. Lo sabrás mañana, cuando veas lo que soy capaz de hacer por ti. Hoy solo tienes que quedarte aquí. Conmigo. Viva.

Nos quedamos así, su piel contra la mía, la sangre de los otros secándose en mis manos y su rostro entre mis palmas. Abajo, Vittorio da órdenes en voz baja y arrastra cuerpos por el mármol. Aquí, en la habitación, no hay más guerra que esta: la que se me ha declarado por dentro.

—Quédate —dice ella, de repente.

—¿Qué?

—Quédate esta noche. Aquí. —No aparta los ojos—. No me dejes sola.

Y yo, que he matado a tres hombres para que nadie la tocara, me quedo sin palabras por una frase de seis sílabas.

—No te voy a tocar —digo, porque necesito decirlo.

—Lo sé. —Se suelta de mis manos y se mete en la cama, al lado donde ha estado el miedo—. Pero no te vayas.

Me quedo. Me siento en el borde de la cama, con la espalda contra el cabecero y la pistola al alcance de la mano, y escucho su respiración hasta que se vuelve lenta y profunda. No duermo. No podría. Miro la puerta, la ventana, la sombra del hombre que ya no está.

Y por primera vez desde que la conozco, no hay tregua, ni juego, ni distancia.

Hay una guerra. Y yo, por fin, tengo algo por lo que matar que no me da asco.