CAPÍTULO 24
No sé cómo he acabado aquí, con las manos manchadas de una sangre que no es mía y él sentado en el borde de la cama, en silencio, dejándome.
Anoche se abrió delante de mí. No con palabras —Enzo no se abre con palabras—, sino con el cuerpo: la camisa desabrochada, el costado izquierdo a la vista, una línea vertical que le cruza las costillas como si alguien hubiera querido partirlo por la mitad y no hubiera terminado el trabajo.
Y luego la sangre. Que no era de ayer. Que era de siempre, de una puñalada que se le cerró mal hace diez años y que se le abre cada vez que se mueve como si todavía pudiera permitirse ser un hombre y no una máquina.
No me lo explicó. Solo se quedó quieto, con la mano apretada en el costado, mirándome como quien espera un veredicto.
Y yo, que debería haber salido corriendo, me quedé.
Ahora es de día. La luz de la mañana entra por la ventana de su habitación —una habitación que no conozco, en la que nunca había estado— y yo limpio la herida con un algodón empapado en agua tibia, despacio, como limpio la madera vieja de un retablo: sin miedo, porque el miedo es lo que rompe las cosas.
La primera vez que me puse delante de una obra dañada tenía diecinueve años y las manos me temblaban tanto que el maestro me dijo que el miedo era el único material que no se podía usar.
Aquí no hay miedo. Aquí solo hay un hombre herido y la necesidad, mía y de nadie más, de entender por qué me deja tan cerca.
—No tienes que hacer esto —dice.
—Cállate.
—Solo digo que…
—Cállate, Enzo. —Levanto la vista un segundo—. Me has dejado verla. Ahora me dejas arreglarla.
No discute. Es la primera vez que no discute. Se queda quieto, con los brazos a los costados y la mandíbula apretada, y me deja. Y eso, más que la sangre, es lo que me descoloca: que el hombre que me ha tenido enjaulada se entrega ahora a mis manos como un cuadro dañado que espera restauración.
Sé lo que es esto. He pasado la mitad de mi vida delante de obras que los demás daban por perdidas, y he aprendido que nada se pierde del todo mientras quede alguien con la paciencia de mirarlo despacio.
Eso hago ahora. Miro. Aprendo. La herida no es un desgarrón de ahora, de una pelea de esta semana.
Es antigua. Se nota en los bordes, que el tiempo ha redondeado, y en la profundidad, que ha curado mal por dentro, como esas grietas de los retablos que se disimulan con pan de oro y siguen vivas debajo.
—¿Quién te lo hizo? —pregunto.
—Un ajuste de cuentas. —La voz le sale ronca, sin ganas—. Mi primero. Tenía diecinueve.
—¿Y ganaste?
—Sigo aquí.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo. —Hace una pausa y añade, más bajo—: No me acuerdo de su cara. Solo de la sensación del acero entrando.
No digo nada. Le paso el algodón por los bordes sin presionar.
Tiene la piel caliente, y los músculos del vientre se le contraen cada vez que lo rozo, no de dolor, sino de algo parecido al hambre.
Y yo lo siento también, ese algo, subiéndome por la nuca como una corriente.
Lo ignoro. Ahora mismo soy restauradora. No soy otra cosa.
Y sin embargo mis manos saben cosas que yo no les he dicho. Saben que este hombre no se ha dejado tocar por nadie en años. Lo noto en cómo se le tensan los hombros, en cómo retiene el aire cada vez que me acerco, como si esperara el golpe que no llega.
—Duele —dice.
—¿Ahora?
—No. Cuando respiro hondo. Cuando me giro de golpe. Cuando te miro. —Se detiene un instante—. Todo me duele un poco desde que estás aquí.
Se me escapa una risa corta, sin gracia.
—No intentes desarmarme con eso.
—No lo intento. —Me sostiene la mirada—. Solo te digo la verdad. Eres la única que la merece.
Termino de limpiar. Busco en el botiquín que he traído del baño, saco una venda y empiezo a cerrarle la herida, con las manos tan firmes que me asusto de mí misma.
Mis manos no tiemblan con la sangre, ni con él, ni con todo lo que debería hacerlas temblar.
Tiemblan con lo otro: con lo cerca que está su boca, con lo despacio que respira para no romper el silencio, con el calor que se cuela entre su piel y la mía aunque no nos toquemos más que por la herida.
—Ya está —digo, y me aparto.
—No. —Me coge la muñeca, con una suavidad que no le conocía—. Todavía no.
No me suelta. Me atrae, no hacia él, sino hacia el hueco que queda entre los dos, ese espacio exacto donde siempre se detiene.
Y yo voy, porque mi cuerpo va antes que mi cabeza, porque llevo una semana entera peleando contra esto y he perdido, porque tenerlo herido, tenerlo rendido, me enciende de una forma que no quiero mirar de frente.
Su mano sube. Me roza la mandíbula con el pulgar, apenas, como en la notaría, como siempre, y se detiene en la comisura de mis labios.
—No te beso —dice—. No hasta que me lo pidas.
—No te lo pido.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué haces?
—Acordarme de ti. —Su frente busca la mía y se queda ahí, apoyada, con los ojos cerrados, respirando el mismo aire—. Por si mañana no estoy.
El corazón me da un vuelco. No de deseo. De otra cosa. De un miedo que no sabía que tenía.
—¿Por qué no ibas a estar?
—Porque soy quien soy. —Abre los ojos—. Y la gente como yo no muere de vieja, bambina.
No sé qué responder. Nos quedamos así, las frentes juntas, sus dedos en mi mandíbula y mis manos manchadas de su sangre, sin besarnos, sin consumar nada, y sin embargo más cerca de lo que he estado nunca de nadie.
Noto su aliento en los labios, tibio y entrecortado, y no me muevo, porque si me muevo esto deja de ser una tregua y se convierte en algo que todavía no estoy preparada para nombrar.
—Esta casa —digo al fin, en un susurro—. Tú me dijiste que era mi jaula.
—Lo es.
—Entonces, ¿por qué no me encierras? ¿Por qué me dejas entrar aquí, a tu habitación, a tu herida?
—Porque una jaula solo funciona si la quieres —dice, y su voz es un hilo—. Y yo no sé hacer que me quieras. Solo sé enseñarte lo que soy y esperar.
—Eso no es esperar. Eso es rendirte.
—Sí. —Sus labios rozan mi frente, no mis labios, y me quema igual—. Hace un año que me he rendido, bambina. Desde que te vi.
No me besa. No me toca más de lo que ya me toca. Pero algo se rompe igual, una costura interior que llevo años cosiendo, y siento el hueco exacto por donde se me va el aire.
Me quedo un rato más, sin hablar. Le he vendado el costado y él sigue con la frente apoyada en la mía, y entre los dos hay una tregua que ninguno ha firmado. Es raro. Es lo más parecido a la paz que he tenido en meses, y me la da justamente el hombre que se supone que me la ha quitado.
Y por primera vez en esta casa que es una jaula, entiendo que una tregua no es una rendición. A veces es lo contrario: es el momento exacto en que dos enemigos dejan de pelear el tiempo justo para preguntarse qué harían si no tuvieran que odiarse.
Eso me aterra más que su violencia.
Porque su violencia la entiendo. Esto, no.