ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 23
32%

CAPÍTULO 23

Se ha ido.

La oigo alejarse por el pasillo, despacio, sin correr, y ese no-correr suyo me duele más que si me hubiera dado un portazo.

Porque significa que se ha quedado. Que me ha echado en cara todo lo que soy y aun así no ha salido de la casa.

Y yo, que llevo diecisiete años sin esperar nada de nadie, me descubro esperando algo de ella.

Me quedo un rato delante de la ventana, con las manos apoyadas en el alféizar, mirando el mar. Luego subo a mi habitación, cierro la puerta y me quito la camisa.

Duele.

Me he aguantado todo el rato, delante de ella, con la herida apretándome el costado como un recordatorio de que bajar la guardia tiene precio.

Hace tres días, en la verja, uno de los Coloma me alcanzó con la hoja antes de que yo le alcanzara a él.

Un corte limpio, de abajo arriba, en el lado izquierdo.

Nada grave. Suficiente para sangrar. Me lo cosí yo mismo, como he hecho desde los diecinueve, y no se lo dije a nadie, porque no hay nadie a quien decírselo.

Ahora la costura se ha abierto. Me miro en el espejo del baño y veo la gasa empapada, el hilo suelto, la sangre que vuelve a salir y me mancha los dedos. Abro el botiquín. No enciendo la luz grande: me basta la del espejo, esa luz cruda que lo pone todo feo y verdadero.

Estoy limpiándome la herida con un algodón y agua oxigenada cuando la puerta del baño se abre detrás de mí.

No me giro. Sé que es ella. Nadie más entraría.

—La puerta de tu habitación estaba abierta —dice.

—Nunca la cierro.

—He visto sangre en tu camisa. En el suelo del despacho.

Mierda. No me he dado cuenta. He estado tan concentrado en no delatarme delante de ella que no he mirado dónde caía.

—No es nada —digo, sin girarme.

—Siempre dices eso.

—Porque casi siempre es verdad.

Da un paso. La oigo acercarse por el reflejo del espejo, una sombra que crece detrás de mí. No la detengo. Eso es lo raro. Siempre detengo a todo el mundo antes de que se acerque a mi espalda. Con ella no puedo. O no quiero. Con ella, cada vez me cuesta más saber la diferencia.

—Déjame verlo —dice.

—No.

—Enzo.

—Bella. —Me giro, despacio, con la camisa caída y el torso desnudo—. No es para ti.

Me mira. No a la cara. Al costado. Y yo veo exactamente el momento en que lo ve: primero la herida fresca, roja, abierta, cosida a medias; y luego, un palmo más abajo, la otra. La vieja.

La cicatriz.

Una línea vertical, pálida, en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas.

Antigua. Fea. Una puñalada que me llevé a los diecinueve, en mi primer ajuste de cuentas, cuando mi padre me soltó en el puerto sin escolta y un rival pensó que el heredero era un blanco fácil.

Se equivocó. Los dos aprendimos algo aquella noche: él, que no se apuñala impunemente a un Ravelli; yo, que la sangre se limpia y la cicatriz se queda.

Nadie la ha visto desde entonces. Ni los médicos de la familia, ni las mujeres que han pasado por mi cama, ni mis hermanos. La he escondido debajo de la ropa y de la costumbre de no desnudarme delante de nadie. Es mía. Es la única marca que me he ganado a pulso y que no le debo a mi padre.

Y ahora ella la está mirando, y yo no me cubro, y no sé por qué no me cubro.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta, y su voz ha cambiado. Ya no es la de la mujer que me echó en cara lo que soy. Es otra. Más baja. Más cerca.

—Lo de arriba es de hace tres días —digo—. En la verja. Uno de los Coloma.

—¿Y lo de abajo?

Señalo, sin tocármela, la línea vieja.

—Esa es más antigua. Diez años. Mi primer ajuste de cuentas.

Ella se acerca. Da un paso, luego otro, y se queda a un palmo, con las manos quietas a los costados, mirando la cicatriz como miraría una grieta en un lienzo antiguo: con esa atención suya de restauradora que no juzga, solo lee.

No aparta la vista. No se estremece. No hace esa mueca que hacen las personas cuando ven algo feo.

Se limita a mirar, y su mirada pesa, y yo me quedo muy quieto, dejando que pese.

—¿Te la hiciste en un ajuste de cuentas? —pregunta.

—Sí.

—¿Ganaste?

Me sorprende la pregunta. Siempre me sorprende ella.

—Sí —digo—. Gané.

—Y aun así te dejó marca.

—Siempre deja marca. Lo que ganas te marca más que lo que pierdes.

Ella levanta la vista hacia la mía. Y ahí está, otra vez, esa mirada suya que me desarma: sin miedo, sin asco, sin lástima. Solo ella, mirándome, viéndome entero, con la sangre y las cicatrices y todo lo que he sido, y no apartándose.

—¿Por qué me lo enseñas? —pregunta.

No lo he pensado hasta ahora. Y cuando respondo, lo hago con la verdad, porque con ella ya no sé mentir.

—Porque me has preguntado qué soy —digo—. Y te lo he dicho esta mañana. El asesino. El ladrón. El monstruo. Pero no te he enseñado lo que cuesta serlo. —Bajo la mirada a la cicatriz, luego a ella—. Esto es lo que cuesta. El resto es humo. Esto es verdad.

Se queda en silencio. Luego, despacio, levanta una mano.

La veo subir en el aire entre los dos, y sé a dónde va antes de que llegue.

No la detengo. Debería. Un hombre como yo no deja que lo toquen donde está roto.

Pero no la detengo, porque si la detengo ahora, no podré volver a abrirme con nadie, y me da la sensación, absurda y cierta, de que esta es la única vez que tendré.

Sus dedos se detienen a un centímetro de la cicatriz, sin tocarla, temblando apenas.

—¿Puedo? —pregunta.

—Sí.

Y cuando sus yemas rozan la línea vieja, suave, como si tocara una herida que aún duele, algo se me rompe por dentro.

No la piel. Otra cosa. Algo que llevaba cerrado desde los doce años, desde que aprendí que lo que tocas se te puede quitar, se te puede matar, se te puede arrancar de las manos.

Ella me toca donde estoy roto, y no se quema, y no huye, y yo me doy cuenta de que he estado sangrando por dentro mucho más tiempo del que he sangrado por fuera.

—No me da asco —dice, bajito—. Por si lo estabas pensando.

No lo estaba. O sí. Ya no lo sé.

—Debería dártelo —digo, con la voz ronca—. Todo esto. La cicatriz, la sangre, la historia. Debería darte asco.

—Y sin embargo no me lo da. —Me mira, y su mano sigue ahí, sobre mi costado, cálida y firme—. Y eso me asusta más que cualquier cosa que me hayas hecho.

La sangre de la herida fresca me resbala por el costado y le mancha los dedos.

Ella no la retira. Se queda, con la mano en mi piel, sosteniéndome la mirada, y por un instante no somos el captor y la prisionera, ni el monstruo y su presa.

Somos dos personas rotas, mirándose en una habitación de baño a media luz, sin saber qué hacer con lo que acaba de pasar.

—Tienes que cosértelo —dice al fin, y su voz ha recuperado un poco de la firmeza de antes.

—Ya lo haré.

—Déjame ayudarte.

Y lo dice sin pedirlo, sin esperar permiso, como si ya hubiera decidido que no piensa irse. Yo podría negarme. Podría decirle que no, mandarla a dormir, cerrar la puerta y volver a ser el de siempre, el que no deja que nadie le toque las heridas.

Pero no lo hago.

Asiento, una sola vez, y le acerco el botiquín.

—Está bien —digo—. Quédate.

Y por primera vez en diecisiete años, dejo que alguien se quede.