ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

No he dormido.

Me he pasado la noche mirando el techo de una habitación que no es mía, en una cama que no es mía, reviviendo la escena del estudio hasta desgastarla.

Su aliento en mi oído. Su pulgar en mi mandíbula.

La promesa de un beso que no llegó y que, sin embargo, sigue ardiendo en mi piel como si sí hubiera llegado.

Me odio por no haberme apartado. Me odio más por haber cerrado los ojos.

Al amanecer salgo de la cama con una decisión tomada: voy a decírselo todo a la cara. Todo lo que llevo tragándome desde la notaría. Lo que es. Lo que me ha hecho. Lo que soy a su lado, que es lo que más me quema.

Lo encuentro en el despacho, de pie frente a la ventana, con las mangas remangadas y la corbata sin hacer.

No se ha dormido tampoco. Lo sé por la manera en que se gira al oírme entrar, demasiado alerta para ser de mañana.

La pared de las fotos sigue ahí, a su espalda, un año entero de mi vida clavado como una acusación. Ya no me asusta. Me enfada.

—Quiero que me escuches —digo.

—Siempre te escucho.

—No. —Cierro la puerta detrás de mí—. Quiero que me escuches sin interrumpir, sin esa calma tuya, sin mirarme como si estuvieras contando los segundos que faltan para que me calle.

Se queda un instante en silencio. Luego asiente, una sola vez, y apoya las manos en el respaldo del sillón.

—Te escucho —dice.

Respiro hondo. Y empiezo.

—Eres un asesino. —La palabra me sale entera, y me sorprende que no me tiembla la voz—. No lo intentes maquillar. He visto a los hombres que mandaste a la verja, y he visto tu cara cuando volviste. No me mires como si no supiera de qué hablo. Lo sé. Matas. Es lo que eres.

No lo niega. Se limita a sostenerme la mirada, y eso me descoloca más que cualquier excusa.

—Eres un ladrón de vidas —sigo, y ahora sí me tiembla un poco—.

Me compraste. Firmaste un papel y me compraste, como se compra un cuadro o una casa o una deuda.

Mi padre me vendió y tú pagaste, y ninguno de los dos me preguntó.

No me pediste permiso para quitarme mi piso, mi taller, mis horarios, mi nombre.

Me lo quitaste todo y lo llamaste matrimonio.

—Lo es.

—Es una sentencia. —Doy un paso hacia él—. Me encerraste en tu jaula dorada y me dijiste que era mía. Una jaula no es un regalo, Enzo. Es una jaula.

Se lo digo a la cara, y él no se mueve. No niega. No se defiende. Y la rabia me sube por la garganta, porque quiero que me grite, que me contradiga, que me dé algo contra lo que luchar. Y no me da nada. Me deja sola con la verdad, y la verdad es que tiene razón en no defenderse.

—Eres un enfermo —digo, bajito—. Un año entero.

Fotos. Fechas. Mi vida catalogada como si fuera una obra tuya.

Entraste en mi taller. Me miraste dormir.

Y me dijiste que no pudiste dejarme de mirar, como si eso fuera una excusa.

No es una excusa. Es una condena. Y lo más asqueroso es que no sé si te odio por ello o si te odio porque una parte de mí se sintió vista por primera vez en la vida.

Eso le llega. Lo veo en el modo en que se le endurece la mandíbula, un detalle mínimo, imperceptible para cualquiera que no lo mire como yo lo miro.

Y de pronto me da rabia también saber leerle la cara, saber cuándo le duele, saber que detrás del hielo hay algo que sangra.

Porque eso lo vuelve humano. Y un monstruo humano es mil veces más difícil de odiar.

—Eres un monstruo —concluyo, y me oigo a mí misma como si fuera otra—.

Todo lo que tocas lo rompes o lo posees.

No sabes hacer otra cosa. Me observaste, me compraste, me encerraste, y ahora casi me besas en un estudio a las tres de la mañana como si tuvieras derecho.

No lo tienes. No tienes derecho a nada mío.

Me quedo sin aire. El despacho está en silencio, salvo por el mar que se oye a lo lejos, y por mi respiración, que es un animal herido.

Enzo no aparta la vista. Y cuando habla, lo hace con una calma que me hiela.

—Todo lo que has dicho es verdad —dice.

Eso. Solo eso. Ni una palabra de defensa, ni un intento de suavizarlo. Tres sílabas que lo admiten todo y no me dan nada.

—¿No vas a negarlo? —pregunto, y sueno más pequeña de lo que querría.

—No.

—¿Ni siquiera lo del beso?

—Eso también es verdad. Casi te beso. —Una pausa—. Y casi no me arrepiento.

Me río, una risa corta y sin gracia, la misma que me sale cuando estoy a punto de llorar.

—Eres un desastre, Enzo Ravelli.

—Ya me lo dijiste.

—Te lo repito. Porque no me has entendido.

—Sí que te he entendido. —Suelta el respaldo y da un paso hacia mí—. Has venido a echarme en cara lo que soy, y no me he defendido porque no hay defensa. Soy todo eso. El asesino, el ladrón, el enfermo, el monstruo. Lo llevo puesto. Lo sé mejor que tú.

—Entonces, ¿por qué? —La pregunta me sale rota—. Si lo sabes, ¿por qué no me dejas odiarte?

—Porque odiar es una forma de mirar. —Se detiene a un metro, a esa distancia exacta que me deja respirar y a la vez no me deja olvidar que está—. Y yo prefiero que me odies a que dejes de mirarme.

Me quedo sin respuesta. Porque lo que acaba de decir es tan retorcido, tan descaradamente cierto, que no sé dónde guardarlo. Quiero odiarlo. Debería. Y en cambio estoy aquí, de pie, respirando el mismo aire que él, incapaz de dar el paso que me sacaría de esta habitación.

—No vas a cambiar —digo al fin, y no es una pregunta.

—No.

—Y yo no voy a fingir que me parece bien.

—No te lo pido.

—¿Entonces qué quieres de mí?

Me mira. Y por un segundo, solo un segundo, en sus ojos veo algo que no es posesión ni control ni deseo. Es algo más quieto, más viejo, más roto. Algo que se parece a una puerta entreabierta que él no sabe cómo cerrar.

—Que te quedes —dice—. Sabiendo lo que soy. Y que no me mires como te han enseñado a mirar a los monstruos.

Se me corta la respiración. Porque es lo único que no me ha pedido en todo este tiempo. No me pide que lo quiera, ni que lo perdone, ni que lo entienda. Solo me pide que me quede y que lo mire de verdad. Y eso, justamente eso, es lo que más me cuesta negarle.

—No sé si puedo —digo.

—Lo sé. —Asiente despacio—. Por eso me quedo yo mientras tú lo decides.

Y se queda. No se mueve, no me toca, no insiste. Se queda, como ha hecho cada noche desde que firmé, como si esperar fuera lo único que supiera hacer bien.

Me doy la vuelta y salgo del despacho. No corro. Eso es lo peor. No corro, no grito, no tiro la puerta. Camino despacio por el pasillo, con el pulso en la garganta y la certeza insoportable de que, por primera vez desde que entré en esta casa, no estoy segura de querer escapar.

Porque le he echado en cara todo lo que es, y él no lo ha negado. Y resulta que un hombre que no te miente es más peligroso que un monstruo.

Mucho más peligroso.