ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

No debería estar aquí.

Son las tres de la madrugada y la villa entera duerme, salvo yo y salvo ella.

Estoy en el umbral del estudio de San Mateo, con la espalda apoyada en el marco, mirándola trabajar.

No me ha oído entrar. Nunca me oye. Llevo un año acostumbrado a su manera de no verme, y todavía no he aprendido a soportar la rabia sorda que me da saberlo: que ella puede pasarse la vida sin notar que la observo, y que yo, en cambio, no he podido apartar los ojos de ella ni un solo día.

La luz del flexo le da en la cara y le pone el pelo del color del cobre viejo.

Lleva una camisa mía, una que no me he atrevido a reclamarle, remangada hasta el codo, y se muerde el labio inferior mientras acerca el pincel a la tela.

Ese gesto. Ese maldito gesto que me aprendí hace un año y que todavía no sé leer sin que se me encoja algo por dentro.

No debería estar aquí, y sin embargo estoy, porque no he podido quedarme en mi habitación sabiendo que ella estaba despierta al otro lado de la casa.

La casa es demasiado grande sin ella. Siempre lo fue, solo que antes no lo sabía.

Antes de ella, el silencio era una herramienta.

Ahora es un agujero, y lo único que lo llena es su respiración, ese sonido suave que me llega desde el estudio como un hilo.

Esta noche tampoco es de trabajo. Esta noche es de las que un hombre como yo pasa en vela, repasando las cosas que no puede permitirse.

Hace tres días los Coloma mandaron a dos de los suyos a la verja de la villa.

No llegaron a tocarla: me puse delante, los paré antes de que cruzaran la línea, y Vittorio se encargó del resto sin que ella lo viera.

Pero desde entonces no he vuelto a respirar tranquilo.

La tengo dentro de la casa, a salvo, y aun así no duermo, porque sé lo que pasa cuando bajas la guardia.

Lo aprendí a los doce años, y desde entonces no he vuelto a bajar la guardia con nadie.

Con nadie salvo con ella. Y eso es exactamente lo que no debería.

He estado ahí, en la penumbra del umbral, sin saber qué quería.

Quería verla. Solo eso. Un año entero me ha bastado para aprender que no necesito dormir si puedo quedarme a un metro de su espalda, oyéndola respirar, contando los pinceles que deja secar sobre la mesa.

Es la única oración que sé rezar, y no creo en nada.

—¿Vas a quedarte en la puerta toda la noche? —dice sin girarse.

Se me escapa una sonrisa que no se ve en la penumbra. Con ella nunca sé cuánto me delata la cara.

—Estabas concentrada —digo.

—Ya no. —Deja el pincel sobre la mesa y se gira—. Ahora sé que me miras.

—Siempre te miro.

No lo digo como un reproche. Lo digo como lo que es: una factura que no sé cobrarme.

Y ella lo recibe sin pestañear, porque ya no se asusta de mí.

Eso es lo peor de esta tregua que se ha instalado entre los dos desde que firmó: que ya no me tiene miedo, y el miedo era lo único que me separaba de ella.

Ahora no me separa nada. Y eso me aterra más que cualquier pistola.

Me acerco. Ella no retrocede. Eso también es nuevo, y también me desarma.

—No has dormido —dice. No es una pregunta. Me mira las sombras debajo de los ojos con esa precisión suya de restauradora, de mujer que ve lo que los demás no ven—. ¿Cuántas noches?

—Las que hagan falta.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Se levanta del taburete. Está más cerca de lo que debería, con la camisa mía cayéndole sobre los muslos, y el estudio huele a trementina y a algo dulce que es ella, y yo me quedo muy quieto, con las manos metidas en los bolsillos, porque si las saco sé exactamente a dónde irían.

—Enzo.

No me llama por mi nombre a menudo. Cuando lo hace, me parte en dos, como si el nombre fuera un cuchillo y solo ella supiera dónde clavarlo.

—Dime —consigo decir.

—¿Hasta cuándo va a durar esto?

No me lo pregunta enfadada. Me lo pregunta cansada, y ese cansancio me duele más que cualquier grito.

Quiero decirle que para siempre. Quiero decirle que no hay "hasta cuándo", que esto no tiene fecha de caducidad, que la he querido antes de saber su nombre y la querré después de que el mundo se acabe.

Pero no lo digo, porque un hombre como yo no dice esas cosas, y porque decirlas es dárselas, y dárselas es dejarlas fuera, donde pueden romperse.

—No lo sé —digo, que es mi manera de no mentir.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre es verdad.

Da un paso hacia mí. Yo doy medio hacia ella.

Nos encontramos en un punto exacto del suelo del estudio, y de repente el aire está tan cargado que cuesta respirar.

Le miro la boca. La tiene entreabierta, como aquella primera vez en la galería, delante del Caravaggio, y se me va la sangre a todos los sitios equivocados.

Levanto la mano. Despacio, para que sepa lo que voy a hacer y pueda apartarse si quiere. No se aparta. Le rozo la mandíbula con la yema del pulgar, apenas, un contacto que no llega a ser un gesto, y ella cierra los ojos.

Y es justo ahí, con los ojos cerrados y la boca a un palmo de la mía, donde todo se me va al infierno.

Porque puedo besarla. Dios, puedo. Está delante de mí, con mi camisa puesta y los párpados temblando, y su cuerpo entero dice lo que su boca nunca admitiría.

Puedo inclinarme y tomarla, y sé exactamente cómo sabría —a trementina y a noche y a mía—, y sé que no se apartaría.

Sé que me lo devolvería, aunque después se odiara por ello.

Y por eso no la beso.

No todavía.

Me inclino, pero no hacia su boca. Hacia su oído. Y hablo tan cerca que mi aliento le roza la piel, y siento cómo se le eriza, y tengo que apretar los puños hasta clavarme las uñas en la palma para no terminarlo.

—Cuando te bese —digo, bajito—, no va a ser para callar esto. Va a ser para empezarlo. Y cuando empiece, no habrá vuelta atrás. ¿Lo entiendes, bella?

Ella abre los ojos. Me mira desde muy cerca, y en ese gris veo el miedo y el deseo peleándose. Gana el deseo, una décima de segundo, antes de que ella lo esconda. Lo he visto. Ya no puede desverlo, y yo no pienso dejárselo olvidar.

—Sí —dice, con la voz ronca.

—Entonces —me aparto un palmo, otro, dejo caer la mano—, todavía no.

Y me quedo ahí, ardiendo, a un metro de ella, con el pulso en la garganta y la boca tan seca que no puedo tragar, mientras entiendo, de una vez, lo que me está pasando.

He pasado la vida entera aprendiendo a no querer lo que no puedo controlar. Y ella, sin moverse, sin tocarme, sin decir nada más, acaba de controlarme entero.

Y no me engaño. Sé lo que he hecho. Le he ofrecido un beso que no he dado y me he quedado a un metro, dejando que el aire entre los dos arda, porque hay una parte de mí que prefiere esta tensión a la certidumbre.

La tensión no se puede perder. Lo que se besa, sí.

Y yo ya perdí una vez lo único que quise, con mis propias manos, para que nadie pudiera volver a quitármelo.

No pienso arriesgarme a perderla a ella por un minuto de boca contra boca que luego no sabría cómo terminar.

Es la primera vez que me alegro de perder.