ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Hay más hombres en la verja.

Lo noto al bajar a desayunar, porque llevo semanas contando hasta los matorrales del jardín para no pensar.

Hoy hay tres sombras donde antes había dos, y un coche negro aparcado en la curva con las luces apagadas, y Vittorio, el jefe de seguridad, hablando con Enzo en el vestíbulo con esa urgencia baja que usan los que no quieren asustar a nadie.

No me asustan. Me ponen alerta.

—¿Qué ocurre? —pregunto desde la escalera.

Los dos callan a la vez. Enzo se gira, y en su cara está la máscara de siempre, la del hielo, pero yo ya he aprendido a mirar debajo. Debajo hay tensión.

—Nada que te afecte —dice.

—En esta casa todo me afecta. Llevo aquí tres semanas y todo me afecta. —Bajo el último escalón—. No me trates como a una invitada que no pregunta.

Vittorio mira a Enzo, esperando. Enzo asiente, apenas.

—Los Coloma —dice Vittorio—. Hay movimiento. Un coche lleva rondando la carretera de la villa desde ayer. Y esta mañana han dejado esto en el portón.

Sobre la mesa del vestíbulo hay un objeto pequeño, envuelto en papel de estraza. Lo reconozco antes de que lo abran: una flor blanca, de las que crecen al otro lado del muro, con un hilo negro atado al tallo.

Sé lo que significa. Lo sé por las historias que se cuentan en mi casa desde que era niña, las que mi padre me contaba para que no hiciera preguntas.

Una flor blanca con hilo negro no es un regalo.

Es una advertencia. Es la forma que tienen los Coloma de decir que te han visto, que te tienen localizado, que la tregua se está enfriando.

—¿Por qué? —pregunto, y me sale la voz más entera de lo que estoy.

—Porque eres la mujer del heredero de los Ravelli —dice Enzo, sin rodeos—. Y porque tu padre le debe dinero a Sebastián Coloma. —Me sostiene la mirada—. Esto es un mensaje. Para mí, y para ti.

—¿La tregua? —digo—. ¿No hay una tregua en Baleares?

—La hay. —Se guarda las manos en los bolsillos—. Y eso es exactamente lo que están probando: cuánto pueden acercarse sin romperla.

Se me seca la boca. No porque tenga miedo de los Coloma —les tengo, pero he vivido con ese miedo toda la vida—. Sino porque, de repente, entiendo que esto no era una prisión de oro para tenerme encerrada. Era un escudo. Y yo no lo había visto.

Pienso en mi padre. En cómo me entregó a esta casa para saldar su deuda y en cómo, sin querer, quizá me puso en el único sitio donde los Coloma no podían alcanzarme. Es una ironía tan grande que no sé si reír o llorar: el hombre que me vendió puede que, sin saberlo, me salvara.

—Tú no sales hoy —dice Enzo—. Ni mañana. Hasta que Vittorio confirme que se han retirado.

—No me encierres.

—No te encierro. —Se acerca, un paso, y me busca la mirada—. Te protejo. Hay una diferencia, y empiezas a entenderla.

Quiero replicar. Quiero decirle que proteger y poseer suenan igual en su boca, que no sé leer la diferencia. Pero no me sale. Porque en sus ojos, por primera vez, no hay la frialdad del captor. Hay algo que se parece al miedo.

El día se arrastra.

Enzo no se mueve de la villa. Da órdenes por el móvil en italiano, a ratos cortante, a ratos bajo, y Vittorio entra y sale con papeles y con caras largas.

Yo me quedo en el taller, delante del caballete, sin tocar nada, escuchando.

El silencio de la casa ahora tiene un filo distinto: el de la gente que está esperando un golpe.

Al atardecer, el golpe llega. O algo parecido.

Vittorio entra a la carrera y dice algo que no entiendo, y Enzo se pone en pie de golpe. Yo estoy en la puerta del taller y lo veo todo: cómo se le endurece la mandíbula, cómo se pone la chaqueta con un movimiento seco, cómo me busca con la vista antes de moverse.

—Quédate dentro —me dice.

—¿Qué pasa?

—Han tocado la verja. Un coche. Dos hombres. —No me da tiempo a contestar—. Vittorio, llévala al cuarto seguro. Y no la pierdas de vista.

—No voy a ningún cuarto seguro —digo.

—Bambina. —Me coge del brazo, con firmeza, sin hacerme daño—. Por una vez en tu vida, haz lo que te digo.

—¿Y tú?

—Yo me quedo aquí. —Me suelta, y por un segundo su mano sube, como si fuera a tocarme la cara, y se detiene en el aire—. Confía en mí.

No es una orden. Es una petición. Y es la primera vez, desde que firmó aquel contrato, que no me suena a amenaza.

Vittorio me lleva por el pasillo, al ala norte, a una puerta que no había visto.

Dentro hay una habitación pequeña, sin ventanas, con una cama, una nevera, una pantalla encendida que muestra las cámaras de la finca.

Me siento en la cama y espero. El aire de la habitación es denso y quieto, y cuento mis propios latidos contra el silencio de la pantalla.

No sé cuánto tiempo pasa. En la pantalla veo las verjas, el portón, el camino de grava. Veo a Enzo salir, solo, con las manos vacías. Veo a dos hombres al otro lado de la reja, y aunque no distingo las caras, sé que son Coloma. Se les ve en la manera de plantarse, de mirar.

Y entonces veo a Enzo hablar. Sin gritos. Sin sacar nada. Quieto, con las manos en los bolsillos, mientras los otros dos se acercan a la reja y dicen algo. Y por muy bajo que hable, se nota que no retrocede ni un centímetro.

Entiendo, mirándolo en esa pantalla en blanco y negro, lo que nunca había querido entender.

Ese hombre no está ahí por el puerto, ni por la deuda, ni por el apellido.

Está ahí por mí.

Los hombres se van. No sé qué les ha dicho. Solo sé que se van, despacio, y que Enzo se queda plantado en la verja hasta que el coche desaparece por la curva, y que luego vuelve a la casa y yo lo oigo subir las escaleras, peldaño a peldaño.

—Ya está —dice desde el umbral del cuarto seguro—. Se han ido.

—¿Qué les has dicho?

—Que la próxima vez que envíen flores a mi casa, no va a quedar nadie para contarlo.

Me levanto. Le tiembla ligeramente la mandíbula, y de cerca veo que no está sereno: está conteniéndose, como un animal que ha estado a punto de saltar y todavía no ha bajado del todo.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Sí. —Me mira, y por un instante baja la guardia—. ¿Y tú?

—Sí.

Me doy cuenta de que todavía tengo las manos apretadas en puños, y las abro, y respiro. Y entonces lo miro de verdad. No al monstruo, no al captor. Al hombre que acaba de plantarse delante de dos Coloma con las manos vacías para que no me tocaran.

—No eres solo mi captor —digo, bajito.

Él se queda muy quieto. Como si la frase le hubiera dado más de lo que esperaba.

—No —dice, y su voz suena ronca—. No lo soy.

Y por primera vez desde que entré en esta casa, no lo digo para provocarlo. Lo digo porque lo he visto. Y porque, aunque todavía no sé si confío en él, sé que no me va a dejar caer.

Esa noche me quedo en el taller hasta tarde, con la luz del norte apagada, y por la ventana veo a Enzo en el jardín, fumando a solas, vigilando la verja.

Y no me siento vigilada.

Me siento cuidada.

Y eso, más que la flor blanca, es lo que me quita el sueño.