ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

La veo trabajar desde la puerta del taller y me quedo sin aire, como un idiota.

Está sentada ante el caballete, con las manos manchadas, y por primera vez desde que la traje a esta casa no parece una prisionera.

Parece ella. La mujer del Caravaggio, la que hablaba con los cuadros, la que se le daba bien desaparecer.

La he devuelto a la luz del norte y la luz del norte me la está devolviendo a mí.

No entro. Nunca entro. Le dije que no la tocaría hasta que me lo pidiera, y un hombre como yo está decidido a cumplir esta sola.

—Señor. —Vittorio, a mi espalda, en voz baja—. Hay algo que debe ver.

Me aparto de la puerta con un último vistazo. No me gusta lo que hay en la cara de Vittorio. Es un hombre que ha visto de todo y no se asusta, pero hoy tiene la mandíbula apretada.

En mi despacho, sobre la mesa, hay un sobre color crema. Caro. Con el nombre de Valeria escrito a mano en tinta y un matasellos de Palma.

—Lo han dejado en la verja —dice Vittorio—. Un mensajero. No lo hemos abierto.

—¿Por qué no lo ha abierto?

—Porque va dirigido a la señora.

Miro el sobre. La letra es de hombre, de trazo seguro, con una elegancia que no es la de un notario ni la de un acreedor. Es la de alguien que escribe como quien acaricia.

Lo abro.

Dentro hay una invitación. Una exposición privada, dentro de dos semanas, en la galería donde ella trabajaba. Y una nota, doblada en dos, de la misma letra.

«Valeria: he sabido que ya no estás en el taller. Vuelve. Te echo de menos. — D.»

No necesito leerlo dos veces. Sé quién es D. Lo sé porque no hay una sola cosa de su vida que yo no sepa. Diego Ferrer. Marchante de arte. El hombre que estuvo en su cama antes de que yo existiera para ella.

La nota me quema en la mano. No por lo que dice. Por lo que implica: que alguien, en algún lugar, cree que puede hablarle así a lo que es mío.

—Quémalo —digo.

Vittorio no se mueve.

—¿Quiere que averigüe quién es?

—Ya sé quién es.

Bajo a la planta baja con el sobre en la mano, y no me reconozco. He matado a hombres con la cabeza fría. He visto sangre que no me ha quitado el sueño. Y ahora una nota de un ex me está poniendo las venas al rojo.

La encuentro en el taller. Está de pie junto a la mesa, secándose las manos con un trapo, y levanta la vista cuando entro. No he pedido permiso esta vez. Algo en su cara cambia al verme, y no sé si es miedo o es que me ha leído, como siempre, más rápido de lo que a mí me gustaría.

—¿Qué pasa? —pregunta.

Le tiendo la invitación. La nota. El sobre.

—Explica esto.

Lo coge. Lee. Y veo el segundo exacto en que su cuerpo entiende de qué va esto, porque se le escapa un suspiro corto, y luego se pone la máscara. La misma que se pone conmigo cuando no quiere que la vea.

—Es Diego —dice, con una calma que me saca de quicio—. Mi ex.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Me acerco. Un paso. Dos. No la toco, todavía, porque sé que si la toco ahora no voy a poder parar.

—¿Cuántas veces te ha escrito?

—No lo sé. —No me quita la vista—. No lo leo. Lo bloqueé hace tiempo.

—Pues el mensajero no lo sabía. —Apoyo una mano en la mesa, al lado de la suya, sin rozarla—. «Te echo de menos.» Eso no es un hombre que se haya olvidado de ti.

Por fin la toco. La cojo de la muñeca, despacio, con la presión justa para que no se suelte, y la llevo hasta la pared.

La apoyo contra ella, con suavidad, y me inclino hasta que no hay más que un palmo entre su cara y la mía.

Su pulso late contra mi pulgar, rápido, y me odio por lo mucho que me gusta sentirlo.

—¿Quieres volver con él? —pregunto, bajo.

—No.

—¿Le quieres?

—No. —Sostiene mi mirada, y no aparta los ojos, y eso me desarma—. Le dejé yo. Hace un año.

—¿Por qué?

—Porque me usaba. Porque todos me usan. —Hace una pausa—. Porque prefiero estar sola antes que ser un cuadro bonito colgado en la pared de alguien.

La suelto de golpe, como si me quemara. Porque eso es exactamente lo que yo he hecho con ella: colgarla en mi pared, documentarla, poseerla. Y por un segundo, el celoso y el monstruo se quedan callados y solo queda un hombre que no sabe decir lo que siente.

—No quiero que te escriba —digo al fin.

—No le contesto.

—No quiero que exista para ti. —Me inclino otra vez, cerca, tan cerca que siento su respiración en la boca—. Sei mia, bambina. Eres mía. Y el día que él se acerque a ti, será el último.

Sus labios se entreabren. Y no sé si va a contestarme o a besarme, y me quedo inmóvil, a un centímetro de lo único que quiero y de lo único que no me atrevo a tomar.

Me aparto antes de caer.

—No contestes a esa carta —digo, sin mirarla—. Y no salgas de la villa.

—Enzo.

—¿Qué?

—Tienes celos. —No es una pregunta.

Me giro. Y no lo niego, porque mentirle a ella sería la única mentira que no me permito.

—Sí —digo—. Y no es por él. Es porque no soporto la idea de que alguien, antes que yo, te haya tenido. Te haya mirado. Te haya tocado.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunta, y hay un filo en su voz—. ¿Matarlo?

—Si es necesario.

—No es necesario. —Da un paso hacia mí, la primera vez que ella se acerca y no yo—. Diego no es nadie. Lo que te da miedo no es él.

—¿Y qué es?

—Que tú tampoco sabes quererme sin poseerme.

La frase me golpea como una puñalada. Porque es cierta. Porque no sé. Porque todo lo que sé hacer es observar, proteger, poseer, y ahora mismo las tres cosas están gritando dentro de mí que la encierre, que la esconda, que borre a Diego Ferrer del mapa y a cualquiera que ose mirarla.

—Quizá —digo, bajito—. Pero si no sé quererte de otra forma, al menos nadie te hará daño mientras yo respire.

No añade nada. Se queda quieta, mirándome, y yo me quedo quieto mirándola, y entre los dos hay un sobre color crema tirado en el suelo y una palabra que ninguno pronuncia.

Lo recojo. La invitación. Y la rompo en dos, en cuatro, despacio, sin apartar los ojos de ella.

—Nadie te escribe —digo—. Nadie te echa de menos. Nadie te busca. Salvo yo.

Me voy antes de que su silencio me desmonte del todo.

Salgo al jardín y fumo hasta que se me duermen los dedos.

La noche huele a jazmín y a mar, y yo solo huelo a ella: a aguarrás y a jabón y a esa cosa suya que no se va.

Pienso en Diego Ferrer, en sus manos elegantes, en la cama que compartieron, y algo dentro de mí se retuerce como un animal enjaulado.

Llevo años sin celos. Los celos son para los hombres que no pueden retener lo que quieren, y yo siempre he sabido retener: con dinero, con miedo, con sangre. Pero esto es distinto. Esto no se retiene. Esto se pierde en cuanto bajas la guardia, y yo lo sé porque me lo enseñó el primero al que quise.

Tommaso.

A los doce años maté a lo único que me había querido como a un niño, y desde entonces he vivido con una certeza clavada en el pecho: lo que amas te lo quitan, y lo que te quitan te mata.

Por eso no suelto nada. Por eso lo controlo todo.

Por eso, cuando veo la letra de un hombre en un sobre dirigido a ella, lo único que pienso es que ese hombre tiene que desaparecer antes de que me la quite.

No es posesión. O no solo. Es el miedo de un crío de doce años que todavía tiene la pistola caliente en la mano y no sabe dónde soltarla.

Apago el cigarro contra el borde de la mesa. Levanto la vista y la veo en la ventana del taller, mirándome, sin encender la luz. No aparta los ojos. Yo tampoco.

—Sei mia —murmuro, solo para mí—. Y te voy a cuidar aunque me odies por ello.

No sé si lo oye. No importa.

Lo que importa es que, por primera vez en mucho tiempo, hay algo que prefiero perder antes que matar. Y eso me aterra más que todos los Diego Ferrer del mundo.