ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

No duermo.

Llevo tres noches despierta desde que vi la pared, y no por miedo, o no solo.

Es esa sensación extraña de haber sido vista por fin y no saber qué hacer con ella.

Me despierto a las cuatro y me quedo mirando la puerta, esperando, y él nunca llama, nunca entra.

Cumple su palabra con una exactitud que da más miedo que cualquier amenaza: no me toca, no me sigue de noche, no cruza el umbral de mi habitación.

Así que esta mañana, en vez de encerrarme, decido mirarlo yo.

No como lo mira el resto del mundo, con miedo o con odio.

Como mira una restauradora un lienzo viejo: capa a capa, buscando lo que hay debajo del barniz oscurecido.

Porque Enzo Ravelli, igual que los cuadros que he pasado la vida arreglando, no es lo que se ve a primera vista. Es lo que queda cuando lo limpias.

Empiezo por la casa, que es la capa más de fuera.

Y la casa me dice de él más de lo que él diría jamás.

Es enorme, de mármol y de silencio, pero hay rincones que no encajan: una biblioteca llena de libros gastados, leídos de verdad; una cocina donde la mujer que me trae el desayuno se mueve sin miedo, como quien trabaja para un patrón que nunca ha gritado.

La puerta de mi habitación, la única de toda la villa que él no ha cruzado.

Y hoy, al volver del baño, encuentro abierta la puerta del ala este.

Dentro hay un estudio.

No un despacho. Un taller. Con un caballete de madera, luz del norte entrando por un ventanal, y una mesa larga cubierta de botes de aguarrás, pinceles, espátulas, un microscopio de restauración como el que tenía en la galería y perdí con todo lo demás.

Lo han montado pieza a pieza, con un cuidado que no es de decorador.

Es de alguien que ha observado dónde trabajo y ha reproducido el único rincón del mundo donde yo respiraba.

Me quedo en el umbral, con la garganta apretada.

No se lo he pedido. Nunca se lo he contado. Solo lo solté una vez, en la cena de la primera noche, medio en broma: que si iba a tenerme encerrada, al menos me dejara un rincón con luz del norte. Lo dije para fastidiarlo. Y él, sin decir nada, ha montado esto.

No sé si es un regalo o una jaula con mejor iluminación. Solo sé que es lo primero en semanas que me hace querer quedarme quieta en vez de huir.

Bajo a desayunar. Él ya está, como siempre, con el café solo y el móvil boca abajo sobre la mesa. No levanta la vista. Yo también sé fingir que no observo. Pero hoy observo de verdad.

Veo que tiene la muñeca manchada de pintura azul.

Del color del aguarrás que no se quita. Ha montado el taller con sus propias manos y no me ha dicho nada.

Veo que le habla bajo al camarero, sin alzar la voz, y que el hombre se marcha aliviado, no asustado.

Veo que, cuando cree que no miro, se pasa la mano por la nuca, un gesto cansado, humano, que no le había visto nunca.

—El taller —digo, y me sorprende lo blanda que me sale la voz.

—¿No te gusta?

—No he dicho eso.

—Entonces úsalo. —Por fin me mira—. O no. Es tuyo.

—¿Por qué?

Parpadea, descolocado, como si la pregunta lo pillara a contrapié.

—Porque no quiero que te apagues aquí dentro.

Me quedo sin aire. Es la frase más simple del mundo y a la vez la más imposible. No la encajo con el hombre que me compró, con el que me fotografió durante un año, con el que me dijo que no me tocaría hasta que yo se lo pidiera y lo cumple con una paciencia de piedra.

—¿Y tú? —pregunto sin saber muy bien qué estoy preguntando.

—¿Yo qué?

—¿Tú no te apagas? A veces pareces una lámpara a punto de quedarse sin aceite.

Espero el corte, el hielo, esa voz suya que devuelve cada golpe. Pero no llega. Se queda quieto, con la taza suspendida a medio camino de los labios, y por un segundo veo en sus ojos algo que no es frío. Es desconcierto. Como si nadie, en mucho tiempo, le hubiera preguntado por él.

—Soy un monstruo, bambina —dice al fin, bajito—. Los monstruos no se apagan. Se alimentan.

—Tú no eres un monstruo —respondo, y no sé de dónde me sale—. Eres un hombre que no sabe pedir las cosas.

El silencio que se abre es distinto al de otros días. No es el silencio de la jaula. Es el de dos personas que se miran de verdad, sin pared de fotos, sin contrato, sin deuda de por medio.

Y lo peor es que, por primera vez, no quiero apartar la vista.

Después del desayuno subo al taller. No sé si para usarlo o para comprobar que existe, que no era un espejismo de la luz de la mañana.

Toco los botes, los pinceles, el microscopio.

Está todo limpio y nuevo, esperándome como una cama tendida.

Y me siento ante el caballete, sin lienzo, y por un rato respiro.

De verdad. Por primera vez en semanas, respiro hondo y el aire me llega hasta abajo.

—¿Trabajas hoy? —su voz, desde el umbral.

No ha entrado. Está apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos, ese gesto suyo de no tocarme. No cruza la puerta. Ni siquiera aquí, que es su casa y el taller lo ha pagado él, se atreve a entrar sin que yo se lo pida.

—No hay nada que restaurar —digo.

—Mírame.

Levanto la vista. Está serio, pero no frío. Como si midiera sus palabras antes de soltarlas.

—Cuando vi el Caravaggio —dice—, el San Mateo, tú lo mirabas como si estuviera vivo. Como si hablaras con él. Y pensé que una mujer que mira así un cuadro no puede apagarse. No debe.

Me quedo callada. Es la primera vez que habla de aquel cuadro, del regalo, de lo que vio en mí aquel día en la galería. Y me doy cuenta de que no me lo regaló para comprarme. Me lo regaló porque entendió, antes que yo, lo que el arte era para mí.

—No quiero que te apagues —repite, bajito—. Es lo único que pido.

—Tú no pides nada —digo—. Tú tomas.

—Contigo no. —Sostiene mi mirada—. Contigo he aprendido a esperar.

Y ahí, en ese instante, la resistencia se me agrieta. No se rompe del todo —no todavía—, pero se abre una fisura por la que entra una luz que no quiero nombrar.

Esa tarde lo sigo sin querer. O queriendo, no sé. Se ha ido al jardín tras una llamada que le ha endurecido la cara, y yo me quedo tras la puerta de cristal, mirándolo fumar a solas junto a la piscina. No me ha visto. Y en esa soledad suya, sin público, el monstruo desaparece.

Se agacha. Un gato callejero, flaco y desconfiado, sale de entre los matorrales y se restriega contra sus tobillos.

Enzo no lo espanta. Saca algo del bolsillo —pan, pescado, no lo distingo— y se lo da, agachado, con una paciencia que no he visto en él con ninguna persona.

Le habla en italiano, bajito. No entiendo las palabras, pero no me hacen falta: el tono es el mismo que usa conmigo cuando cree que no lo oigo.

Entonces lo entiendo, lo que llevaba días sin querer ver.

No hay un monstruo y un hombre. Hay un hombre que se ha pasado la vida entera dentro del monstruo, como quien se esconde dentro de una armadura, porque hace mucho alguien le enseñó que el que baja la guardia muere.

No lo perdono. No se perdona un año de acecho, ni un matrimonio firmado por deudas, ni una jaula con luz del norte. No se perdona con una mañana de observación.

Pero algo en mí, esa parte que llevaba años pidiendo a gritos que me vieran, se ha sentado por fin a descansar. Y no sé si eso es resistirme menos o capitular. Solo sé que esta noche, cuando suba a mi habitación, no miraré hacia la puerta con miedo.

La miraré esperando que llame.

Y esa, quizá, es la grieta más peligrosa de todas: ya no estoy segura de querer que se mantenga lejos.