ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Ella ha visto la pared.

No la ha roto. No ha gritado. Se ha quedado delante, con las manos quietas a los costados, mirando un año entero de su vida colgado de mis paredes como si leyera una condena. Luego se ha ido, sin decir nada más, y me ha dejado solo con las fotos y con un silencio que pesa.

Debería haberla parado. Debería haber cerrado el despacho con llave, como hace la gente normal. Pero yo no cierro nada. No en mi casa. No a ella. Y ahora está fuera, en el pasillo o en la terraza o en cualquier rincón, sabiendo todo.

Que la he vigilado. Que he entrado en su taller. Que la he contado, fotografiado, catalogado, como quien documenta una obra antes de poseerla. Que no hay un solo día de este último año en el que no haya sabido dónde estaba.

Y lo que me quema no es que lo sepa.

Es que no se ha ido corriendo.

Eso me descoloca más que su miedo. El miedo lo entiendo; llevo una vida haciendo que la gente me tema. Pero esa quietud suya, ese quedarse, ese mirarme como si estuviera decidiendo si tengo arreglo o no… eso no me lo enseñó nadie a leer.

Me apoyo en el borde del escritorio y cierro los ojos. Detrás de los párpados no está Valeria. Está otro rostro. Uno que no veo desde hace diecisiete años y que, sin embargo, me visita cada vez que bajo la guardia.

Tengo doce años.

Huelo a pólvora y a tierra mojada. El garaje de la finca de Sicilia está en penumbra, y mi padre me ha puesto una pistola en la mano.

Pesa más de lo que creía. El cañón apunta al suelo, porque todavía no tengo fuerza para sostenerlo recto, y mis brazos tiemblan como tiembla todo lo que va a romperse.

Delante de mí, de rodillas, está Tommaso.

Tommaso, que me enseñó a nadar en la cala de Cefalú cuando tenía seis años.

Tommaso, que me llamaba por mi nombre y no por "el heredero", que me tapaba con su chaqueta cuando me dormía en el coche de vuelta de no sé qué negocio de mi padre.

Tommaso, que me contaba que un día íbamos a coger un barco y marcharnos los dos a un sitio donde nadie supiera quién éramos.

Me enseñó a leer la marea, a distinguir un coche que te sigue de uno que pasa, a meter el miedo en una caja y sentarme encima. Me llamaba bambino cuando mi padre no oía. Fue la única persona en diecisiete años que me tocó el hombro sin pedirme nada a cambio.

Tommaso ha traicionado a la familia. Eso dice mi padre. Ha vendido una ruta, ha cobrado de los rusos, ha firmado su sentencia con la misma mano que me enseñaba a atarme los zapatos.

No entiendo cómo las dos cosas caben en el mismo hombre. A los doce años, no entiendo que un hombre pueda ser las dos cosas a la vez: el que te cuida y el que te vende.

—Apúntale —dice mi padre, a mi espalda.

—No puedo.

—Puedes. —Su voz no tiembla. Nunca tiembla—. Es un traidor, Enzo. La familia lo ha condenado. Tú eres la familia.

Miro a Tommaso. Él me mira a mí. Tiene los ojos hinchados y la cara sucia, y aun así sonríe. Sonríe, el muy cabrón, como si quisiera que no le tuviera miedo.

—No mires al suelo, niño —dice, con la voz rota—. Mírame a mí. Los hombres no cierran los ojos.

—Cállate —dice mi padre.

—Déjale. —Tommaso no aparta la vista de mí—. Es lo único que le has dado, Rocco. Un niño al que enseñarle a matar. Déjale al menos que aprenda bien.

—No quiero —digo, y me odio por el temblor de mi voz.

—Lo sé. —Tommaso asiente—. Y por eso eres distinto a él. No lo olvides, Enzo. Eso que sientes ahora, ese asco, ese miedo… es lo único que te queda de niño. No dejes que te lo quite.

Mi padre me coge la muñeca. Me levanta el brazo, despacio, como quien corrige la postura de un arco. Me obliga a apuntar.

—Dispara —dice.

—Papá…

—Dispara, o disparo yo a los dos.

Y lo dice en serio. Lo sé porque lo he visto decir cosas en serio toda mi vida, y esta es la primera vez que la cosa en serio me incluye a mí.

No sé cuánto tiempo pasa. Un segundo. Una vida. Tommaso me sigue mirando, y en sus ojos no hay miedo, hay algo que entonces no sé nombrar y que ahora, diecisiete años después, sé que era amor.

—Está bien —dice, bajito—. Hazlo. Y luego, niño, no te conviertas en él.

Aprieto.

El ruido es más pequeño de lo que esperaba. Un estallido seco, y luego el silencio, y luego el peso del cuerpo cayendo hacia delante, y la mancha que se extiende por el cemento como una flor negra.

Mi padre me suelta la muñeca. Me pasa una mano por el pelo, un gesto que no recuerdo que me haya hecho antes ni después.

—Bien —dice—. Ya eres un Ravelli.

Me giro y vomito en la esquina, con la pistola todavía en la mano, caliente y resbaladiza. Y mientras vomito, entiendo lo que Tommaso me quiso decir: que eso que siento, ese asco, ese miedo, es lo último que me queda de mí.

Al día siguiente ya no lo siento.

Al día siguiente me levanté antes que nadie y fui a la cala a nadar, solo, y me quedé flotando boca arriba hasta que el agua me dejó la piel arrugada y la cabeza en blanco.

Nadie me preguntó dónde había estado. Nadie me preguntó nada.

Esa fue la segunda lección: el precio de convertirte en un hombre es que a nadie le importa cómo llegaste.

Me lo quité yo, a propósito, como se quita una astilla. Porque querer duele. Porque lo que quieres te lo quitan, y lo que te quitan te mata. Y yo había matado a lo único que quería, con mis propias manos, para no tener que volver a perderlo.

Tardé una semana en volver a dormir. Tardé un año en dejar de verlo de rodillas cada vez que cerraba los ojos.

Tardé diecisiete en entender que no lo maté para salvar a la familia: lo maté para que mi padre no me viera llorar, para que no me viera querer, para que no volviera a usarlo contra mí.

Y en esa decisión, enterré al niño y nací yo.

Abro los ojos. Estoy en el despacho, otra vez, con la pared llena de Valeria y las manos temblando sobre el borde del escritorio.

Ella no sabe esto. Ella solo ha visto un muro de fotos y ha pensado que soy un enfermo, y quizá lo soy. Pero no por la razón que ella cree.

No la sigo porque quiera poseerla.

La sigo porque la última vez que quise a alguien, tuve que matarlo. Y he aprendido que la única forma de que nadie me arrebate lo que amo es saber, cada minuto, dónde está.

Es una lógica de loco. Lo sé. Pero es la única que tengo.

Me levanto. Salgo del despacho y recorro el pasillo hasta su habitación. La puerta está cerrada. No llamo. Me quedo al otro lado, con la frente apoyada en la madera, y escucho su respiración.

Sigue aquí. No se ha ido.

Y por primera vez en diecisiete años, me permito pensar que quizá esta vez no voy a tener que matar lo que quiero.

Quizá esta vez pueda, solo quizá, quedármelo. Sin que nadie me ponga un arma en la mano. Sin tener que apretar el gatillo contra lo único que quiero.