ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Los días después de la boda se me escurren entre los dedos como el agua de la ducha.

Me despierto en una cama que no es mía, en una casa que no es mía, con un anillo que me pusieron en una notaría y un apellido que no me pertenece. Ya no soy Valeria Soler. Soy la señora Ravelli. Y todavía no sé si eso es una jaula más grande o una más pequeña.

La cena de anoche fue exactamente como él la planeó.

Velas en la terraza, dos copas, flores blancas que no olían a nada.

Flores de pedido, no de deseo. Me senté enfrente de él y lo observé fingir que no me observaba, y comí sin hambre y bebí sin sed, y cuando me levanté para irme a dormir, no me siguió.

Nunca me sigue. No lo necesita: me lleva dentro, como una sombra con los ojos abiertos.

Hoy la villa está vacía. Enzo se ha ido al puerto, y por primera vez desde que llegué, la casa entera es mía. La mujer que me trae el desayuno me mira con esa cortesía de servicio que no pregunta. Los hombres de la verja no me miran. Nadie me mira.

Nadie salvo él. Y él no está.

Debería ser un alivio. No lo es. Llevo una semana viviendo con un hombre que me observa como si yo fuera un cuadro que solo él sabe mirar, y ahora que no está, me falta. Esa es la verdad que no quiero mirar de frente: me falta.

Subo las escaleras. Veintitrés escalones, ya los he contado, como contaba los de mi piso del casco antiguo cuando era niña y no quería dormir. El pasillo está en silencio. Las puertas, abiertas. La jaula no tiene barrotes; tiene miradas, y hoy las miradas están en otra parte.

Y entonces llego a la puerta del despacho.

Nunca he entrado. Sé que está al final del ala este, sé que desde su ventana se ve la terraza y la bahía, sé que Enzo pasa ahí las noches que no duerme.

Pero nunca he cruzado el umbral, no porque esté cerrada —no lo está—, sino porque ese es su territorio.

El único sitio de la casa que no me ha regalado.

Hoy lo cruzo.

El despacho huele a cuero y a café frío. Todo está en orden: los papeles alineados, los bolígrafos en su cajita, una fotografía enmarcada de una mujer que no reconozco y que él nunca menciona. Su madre, quizá. Me la guardo para después.

Y entonces la veo.

La pared.

No la había visto desde la puerta, porque está en el ángulo muerto, detrás de la hoja, como un secreto que solo se ve cuando ya estás dentro. Y cuando la veo, se me para el mundo.

Fotografías. Docenas. Todas mías.

Yo entrando al taller. Yo saliendo del bar de la esquina con un café en la mano.

Yo en el coche, con la frente apoyada en el volante, llorando.

Yo en la galería de Palma, el día de la inauguración, con el vestido azul que odiaba.

Yo durmiendo, vista a través de una ventana entornada, con la luz del pasillo encendida.

Hay una en la que río. No me acordaba de aquella tarde, de qué me hizo reír, de que hubiera algo en aquella época que mereciera una sonrisa. Él la capturó. Como si supiera, antes que yo, que algún día necesitaría recordarlo.

Hay fechas. Escritas a mano, con su letra, en el borde blanco de cada foto. Una cronología. Un año entero de mi vida, catalogado como si yo fuera una obra que había que documentar antes de poseer.

Las primeras son lejanas, tomadas desde la acera de enfrente, como las que se sacan a un animal que no se quiere espantar.

Las últimas son cercanas, íntimas, robadas desde dentro de mi propia vida.

Se ve la progresión, como se ve en una restauración la mano del que se va acercando al lienzo: primero miedo, después estudio, al final posesión.

Y yo no sé en qué punto dejé de ser un cuadro y empecé a ser suya.

Quizá no hubo un punto. Quizá lo fui desde la primera foto.

Me tiemblan las manos. No de miedo. O no solo de miedo.

Porque lo que siento, mirando esa pared, no es el terror que debería.

Es otra cosa. Es el vértigo de alguien que ha estado invisible toda la vida y de repente descubre que alguien la vio.

Cada día. Cada noche. Cada vez que pensé que nadie me miraba, que nadie se daba cuenta, que podía desaparecer sin que al mundo le importara.

Él estaba.

Y lo más retorcido, lo que me deja sin aire, es que no me siento invadida. Me siento vista. Y llevo tanto tiempo pidiendo que me vean, que no sé si esto es una pesadilla o una respuesta.

—No he podido dormir sin mirar eso —dice una voz a mi espalda.

Me giro. Está en el umbral, con la corbata sin hacer y las mangas de la camisa remangadas. No me pregunta qué hago aquí. No me riñe. Se queda quieto, mirándome mirar su pared, y en sus ojos no hay culpa. Hay algo peor: hay entrega.

—¿Cuándo empezó? —pregunto, y me sorprende lo entera que me sale la voz.

—El año pasado. En la galería. Iba a cobrar una deuda y te vi.

—¿Y por qué?

—Porque no pude dejarte de mirar.

Doy un paso hacia la pared. Toco una de las fotos con la yema del dedo: yo, de espaldas, en el taller, con las manos manchadas de aguarrás. Esa foto no la pudo sacar desde la calle. Esa la sacó desde dentro.

—Entraste en mi taller —digo.

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Las suficientes.

Y en ese «las suficientes» lo entiendo todo: no había forzado ninguna cerradura, porque no le hacía falta.

El taller, el piso, el barrio entero: todo era suyo, o estaba en nómina.

El casero que me cobraba el alquiler, el conserje que me daba los buenos días, el guarda que patrullaba mi calle cada noche.

Yo cerraba la puerta y corría el pestillo creyendo que me protegía, y lo único que protegía era una mentira.

Las llaves eran una cortesía que él me dejaba.

La ventana entornada por la que me fotografiaba durmiendo no era un descuido mío. Era una puerta que él ya tenía abierta.

Me giro para mirarlo. Y no sé por qué, pero no grito. No corro. No llamo a los hombres de la verja ni le tiro la fotografía a la cara. Me quedo quieta, con el pulso en la garganta y una pregunta que me quema.

—¿Por qué no me lo has contado?

—Porque entonces te habrías ido. —Se guarda las manos en los bolsillos, ese gesto suyo de no tocarme—. Y yo no estoy dispuesto a dejarte ir.

—Eso es posesión, Enzo. No es amor.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué es?

Se acerca. Un paso. Dos. Se detiene a una distancia exacta, la de siempre, la que me permite respirar y a la vez no olvidar que está.

—Es lo único que sé hacer —dice, bajito—. Observar. Proteger. Poseer. Lo otro, lo que tú llamas amor, no me lo enseñaron. Pero si lo tuviera, sería tuyo.

Se me escapa una risa, corta y sin gracia, la misma que me sale cuando quiero llorar.

—Eres un desastre, Enzo Ravelli.

—Ya me lo dijiste.

—Te lo repito. Porque lo eres.

Y no sé cuál de los dos se mueve primero. Quizá ninguno. Quizá solo el aire cambia, como cambia la luz del tragaluz cuando pasa una nube. Pero de repente estoy más cerca, y su mano está a medio camino entre su bolsillo y mi cara, y se detiene, sin tocarme, porque siempre se detiene.

—No te toco —dice—. No hasta que me lo pidas.

—¿Y si no te lo pido nunca?

—Entonces —dice, y me sostiene la mirada—, me quedaré aquí, mirándote, el resto de mi vida. Y con eso me conformo.

Y lo peor, lo que me hunde del todo, es que le creo.

Me quedo mirando la pared otra vez. Un año de mi vida, en su letra. La mujer que fui, rota de a poco, coleccionada por el hombre que la rompió del todo.

Y por primera vez desde que entré en esta casa, no sé si estoy atrapada o si, sin darme cuenta, he dejado de querer escapar.