CAPÍTULO 15
La tengo.
Está en mi casa, con mi anillo en la mano y mi apellido esperándola al final del contrato. La deuda está saldada, el matrimonio firmado, y ella está sentada en la terraza, mirando el mar, sin saber que la observo desde la ventana del despacho.
La tengo. Y no es suficiente.
Es la primera vez que me pasa. Todo lo que he querido en la vida lo he tomado y se ha acabado.
El negocio. El puerto. La sangre. Lo tomas, lo controlas, y se termina.
No vuelve a doler. Así funciona el mundo para un hombre que aprendió a no querer nada: quieres, tomas, y el deseo muere contigo, limpio, sin dejar huella.
Con ella es distinto.
Cuanto más la tengo, más la quiero. Es una grieta que se abre en dirección contraria.
Cada hora a su lado debería saciarme y lo único que hace es cavar más hondo.
La miro desde la ventana y ya estoy pensando en la próxima vez que la miraré.
La poseo y ya estoy pensando en cuánto falta para que sea mía de verdad, en el sentido que ningún contrato, ninguna notaría, ninguna firma puede comprar.
Y eso me aterra, porque he construido mi vida entera para no necesitar nada, y ahora resulta que lo único que quiero es lo único que no puedo controlar.
Un año. Llevo un año observándola.
No es que lo planeara. Empezó como una comprobación: la deuda de Soler, la pieza que algún día habría que cobrar, un nombre en una carpeta. Fui a la galería de Palma para verla en persona, una sola vez, por puro oficio. Iba a mirarla diez minutos y marcharme.
Me quedé hasta que cerraron.
La primera vez la vi delante de aquel Caravaggio, con las manos manchadas de pigmento y la boca entreabierta, como si el resto del mundo no existiera. No supe su nombre hasta la noche. Para entonces ya no me importaba.
Al día siguiente volví. Y al otro. Y al otro.
Le aprendí los horarios sin darme cuenta: a qué hora abre el taller, a qué hora come, con qué cara sale cuando la han llamado del banco y con qué cara sale cuando ha terminado una restauración.
Sé cuándo se muerde el labio y cuándo se pasa la mano por el pelo.
Sé que por las noches, antes de dormir, mira el móvil como si esperara una llamada que no llega.
Sé que carga sola con su familia, con la deuda, con todo, y que nunca se queja.
Una vez la oí decir que se le daba bien desaparecer. No era para mí; era una conversación de pasillo, de esas que uno roba sin querer. Y yo, que he desaparecido dentro de mi propia vida desde los doce años, la entendí mejor de lo que me atrevo a admitir.
Porque yo también desaparezco. Yo también soy invisible para todo el mundo, salvo cuando hay algo que cobrar, que firmar, que matar.
Y ella es la única que, cuando me mira, no me ve como un arma.
Lo vi hoy. En la notaría. Doce minutos firmando papeles y ella no apartó la vista ni una sola vez. En sus ojos no había el miedo que yo esperaba. Había una quietud que me descolocó, como si estuviera midiéndome, como si ya supiera algo de mí que yo no le había contado.
Por eso no la besé.
El notario soltó lo de siempre —puede besar a la novia—, y yo me quedé quieto, con las manos en los bolsillos, porque sabía que si la besaba en ese momento, delante de aquel hombre, con aquel papel recién firmado, algo se me iba a romper por dentro y no iba a poder volver a cerrarlo.
Así que le rocé la comisura de los labios con el pulgar, apenas, y me aparté.
—Todavía no.
Se lo dije solo a ella. Y la dejé plantada, con el anillo nuevo y un beso que no llegó, ardiendo en el aire entre los dos, porque hay cosas que un hombre como yo prefiere no empezar si no puede terminarlas.
El anillo lo elegí yo. Lo encargué hace meses, antes de que mi padre me lo ordenara, antes de que la deuda se convirtiera en un matrimonio.
Un diamante pequeño, limpio, sin estridencias.
Algo que ella pudiera llevar sin sentir que llevaba una cadena.
Aunque sé que es exactamente lo que es: una cadena.
Y que ella lo sabe. Lo vi en su cara cuando se lo puse, esa mezcla de asco y de alivio que se le escapó un segundo antes de que volviera a ponerse la máscara.
Matteo entra en el despacho. No llama. Nunca llama.
—El padre de la chica ha firmado —dice—. La deuda está cerrada.
—Bien.
—¿Algo más, señor?
Miro por la ventana. Valeria se ha levantado. Camina hasta el borde de la terraza y apoya las manos en la barandilla, y el viento le mueve el pelo, y yo me quedo sin aire como un idiota.
—Sí —digo—. Dígale a la cocina que esta noche cenaremos en la terraza. Y que pongan flores.
Flores. No recuerdo la última vez que pedí flores para algo que no fuera un funeral. Quizá por eso Matteo se queda un segundo de más, y sé que está pensando lo que yo no quiero pensar.
—Señor —dice al fin—. ¿Está seguro de lo que está haciendo?
—No.
Es la primera vez que le respondo con la verdad. Y la palabra se queda en la habitación, grande y sucia, como una mancha que no se limpia.
Matteo asiente despacio. Es lo más cerca que un hombre como él estará nunca de darme un abrazo.
—La quiere —dice, y no es una pregunta.
—Sí.
—¿Y ella?
Miro a Valeria. Se ha girado. Me ha visto en la ventana. Y no aparta la mirada, como siempre, y yo no aparto la mía, y entre los dos hay todo un jardín, una casa, una vida entera de distancia que he construido yo solo, ladrillo a ladrillo, con las cosas que he hecho y las que he dejado de sentir.
—No lo sé —digo—. Y no sé si quiero saberlo.
—Eso también es querer —dice Matteo, y se va.
Me quedo solo en el despacho. Abajo, en la terraza, Valeria sigue mirándome, y por un segundo me parece que al otro lado del cristal hay una mujer que podría, si quisiera, echarlo todo abajo sin mover un dedo.
Recuerdo lo que me dijo mi padre en aquella habitación que huele a medicina y a dinero viejo. Que no la rompiera. Que la iba a querer. Y que eso era peor.
Tenía razón. Siempre la tiene, el viejo cabrón. Por eso me ha entregado a la única mujer capaz de desmontarme entero, y por eso no puedo, aunque quisiera, soltarla.
Esta noche cenaremos en la terraza. Velas, dos copas, flores que no sé pedir. Y ella me mirará desde el otro extremo de la mesa con esa calma que me desarma, y yo me sentaré enfrente y fingiré que soy el que manda, cuando hace un año que no mando nada.
La tengo en mi casa, con mi anillo, con mi apellido, con mi nombre esperándola en la cama que aún no ha compartido.
Pensaba que la había atrapado a ella.
Y resulta que el atrapado soy yo.