CAPÍTULO 14
La boda dura doce minutos.
Lo sé porque he mirado el reloj de la pared de la notaría doce veces, una por cada minuto, como si contar el tiempo pudiera hacerlo pasar más rápido o más lento.
No lo hace. El tiempo pasa igual, frío y exacto, y yo firmo donde me dicen que firme, con una pluma que no es mía, en una sala que huele a papel y a dinero.
Enzo va de negro. Yo de blanco, porque me han dejado un vestido en la habitación esta mañana, y no había otro. Es bonito. Demasiado bonito para una boda que no es una boda.
No hay flores. No hay música. No hay invitados, salvo Matteo de testigo y un notario que no nos mira a la cara. El padre de Enzo no está. Demasiado enfermo, me han dicho. O demasiado poco, no sé.
—Firme aquí —dice el notario.
Firmo.
—Y aquí.
Firmo otra vez.
Enzo firma sin mirar el papel. Me mira a mí. Y en sus ojos no hay triunfo, como yo esperaba. Hay algo más quieto. Algo que se parece a la paciencia, o a la espera.
—Puede besar a la novia —dice el notario, y es tan automático que suena a chiste.
Enzo no me besa.
Se queda un segundo delante de mí, con las manos en los bolsillos, y luego se inclina. Creo que va a hacerlo. Mi cuerpo, traidor, se queda sin aire. Pero en vez de besarme, me roza la comisura de los labios con el pulgar, apenas, y se aparta.
—Todavía no —dice en voz baja, solo para mí.
Y me deja plantada en la notaría, con el anillo recién puesto y un beso que no llegó, ardiendo en el aire entre los dos.
El coche de vuelta a la villa es un silencio. Voy sentada a su lado, mirando por la ventanilla, y en la mano izquierda llevo un anillo que pesa como una cadena. Es de oro, con un diamante que me han puesto sin pedirme opinión, y no puedo dejar de mirarlo.
—No ha sido tan horrible —dice Enzo.
—No digas nada.
—Solo digo que…
—No. —Me giro—. No hagas esto. No intentes convertirlo en algo normal. Es una boda forzada, Enzo. Me has comprado. No me lo adornes.
Se queda callado. Y por un momento, en su cara, veo un destello de algo que podría ser dolor. Luego desaparece, como todo en él, debajo del hielo.
—Tienes razón —dice—. No es normal. —Una pausa—. Pero es real. Y es lo único que tengo.
No sé qué responder. Miro el mar, que se ve a lo lejos, y pienso en todas las cosas que me han quitado y en esta, que no sé si me la han quitado o me la han dado.
Esa noche, en la villa, hay una cena que nadie ha pedido. Velas, dos copas, un silencio enorme. Enzo me mira desde el otro extremo de la mesa, y por primera vez desde que lo conozco, no sé si me está poseyendo o pidiendo permiso.
—No voy a dormir contigo —digo, antes de que lo pida.
—No te lo he pedido.
—No lo pidas.
—No lo haré. —Levanta la copa, despacio—. Hasta que tú lo pidas.
Me atraganto con el vino. Y él sonríe, esa sonrisa suya que no es una sonrisa, y yo entiendo, demasiado tarde, que acabo de entrar en un juego cuyas reglas no conozco.