ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La víspera de la boda, la encuentro llorando.

No me ve. Está en el estudio de San Mateo, la habitación que le regalé, sentada en el suelo con la espalda contra la pared y la cara hundida entre las rodillas. La luz del tragaluz le cae encima, y llora sin ruido, como llora la gente que no quiere que la oigan.

Me quedo en la puerta. No entro. No sé qué hacer con el llanto. Llevo una vida rodeado de gente que sangra, que suplica, que muere. Pero el llanto de ella es otra cosa. No me caben las manos.

Al final, no entro. Hago algo peor. Le llevo un vaso de agua.

Lo dejo en el suelo, a su lado, y me siento en la pared de enfrente, lo más lejos posible, como si la distancia pudiera protegerla de mí.

Ella levanta la cara. Tiene los ojos rojos y la boca apretada, y aun así me mira con esa rabia suya que me tiene desarmado.

—No quiero tu agua.

—Lo sé.

—No quiero que estés aquí.

—También lo sé.

—Entonces, ¿por qué?

Porque no soporto oírte llorar. Porque cada lágrima tuya me cae en un sitio que no sabía que tenía. Porque te he traído a una jaula y ahora no sé cómo hacer que deje de serlo.

No digo nada de eso. Soy un hombre que no se explica. Así que digo lo único que puedo.

—Porque quiero.

Se ríe. Una risa corta, fea, sin gracia. Luego bebe el agua. Un sorbo. Dos.

—¿Sabes lo que más me duele? —pregunta, con la voz rota—. Que no eres solo un monstruo. Que a veces, como ahora, pareces una persona. Y eso es lo que no soporto.

—¿Por qué?

—Porque es más fácil odiar a un monstruo que a un hombre.

Se hace un silencio grande. El mar, abajo, no se oye. Solo la respiración de ella, que poco a poco se calma.

—Mi padre me enseñó a disparar antes que a leer —digo de pronto, sin saber por qué lo digo—. A los doce años me puso un arma en la mano y me dijo que apretara el gatillo. El hombre que estaba delante era el único que me trataba como a un niño y no como a un arma.

Ella me mira. No dice nada. Espera.

—Lo hice —continúo—. Y desde ese día, no he vuelto a querer nada. Porque querer duele. Porque lo que quieres te lo quitan, y lo que te quitan te mata.

—¿Y ahora? —susurra.

—Ahora —digo, y me cuesta hasta respirar—, ahora te quiero a ti. Y no sé qué hacer con eso.

No esperaba decirlo. No así. No la víspera de la boda. Pero ya está dicho, y no pienso retirarlo.

Ella se queda quieta. Luego, despacio, se levanta. Cruza la habitación. Y en vez de huir, en vez de gritarme, hace lo último que esperaba: me toca la cara.

Solo un roce. Sus dedos fríos en mi mejilla. Un segundo.

—Eres un desastre, Enzo Ravelli —dice, en voz baja.

—Lo sé.

Y por primera vez en veintinueve años, no me siento solo.