CAPÍTULO 12
Lo intento una vez.
Solo una, porque sé que no tendré una segunda.
Es el viernes, la víspera de la boda. Enzo se ha ido al puerto, y la villa está en silencio, y yo he encontrado el hueco: una ventana de la cocina que da al jardín, la parte del seto donde el hombre de la verja no llega a ver. Lo he observado durante días. Sé cuándo mira, sé cuándo no.
A las doce y diez, salgo.
El corazón me golpea tan fuerte que lo oigo en los oídos. Cruzo el jardín agachada, con los zapatos en la mano y la respiración contenida. El seto me araña los brazos. No me importa. Lo único que importa es la carretera, el primer coche, cualquier cosa que me saque de aquí.
Llego a la verja. Está cerrada, claro. Pero la he visto abrirse sola cuando pasan los coches, y sé que el sensor está en el pilar de la derecha. Me acerco. Estiro la mano.
Y entonces veo el coche.
Está aparcado al otro lado, con las luces apagadas. Y dentro, fumando, está Matteo.
Se baja despacio, como si me hubiera estado esperando toda la mañana. Y quizá lo ha hecho.
—Buenas tardes, señorita Soler.
—No voy a volver.
—Lo sé. —Aplasta el cigarrillo con la suela—. Por eso me ha pedido el señor Ravelli que la espere aquí.
Se me hiela la sangre. No por mí. Por la forma en que lo ha dicho. "El señor Ravelli" no me espera a mí. Me espera a que yo haga exactamente lo que estoy haciendo.
—¿Él sabía que iba a intentarlo?
Matteo no responde. No hace falta.
—Sube al coche, por favor. —Abre la puerta trasera—. El señor quiere verte.
—No voy a suplicar.
—No le pide que suplique. —Hay algo raro en su voz, como pena—. Le pide que venga. Es distinto.
Voy. Porque no hay salida, y porque ya estoy cansada de correr para nada. El viaje es corto y silencioso. Matteo no habla. Yo miro por la ventanilla, y por primera vez en días, no siento la mirada de Enzo sobre mí.
Y la echo de menos. Eso es lo más retorcido de todo: la echo de menos.
Me lleva al puerto. A un almacén. Y allí, atado a una silla con la cara hinchada, está el hombre de la aduana. El que me miró mal aquella tarde. El que Enzo marcó delante de mí.
No el camarero. Otro. Más reciente. El de la aduana.
Lo recordaba, aunque quisiera no recordarlo: cuatro días atrás, en el control, aquel hombre me había mirado de una forma que me erizó la piel.
Se acercó a la ventanilla, apoyó la mano en el techo del coche y me sonrió mirándome la boca, con una de esas sonrisas que no se olvidan.
Yo bajé la vista, como me enseñaron a bajar la vista las que no quieren problemas.
Pero Enzo estaba allí. Lo vio. Y lo marcó, delante de mí, con esa calma suya que es más fría que un grito.
A la mañana siguiente, el hombre de la aduana ya no estaba.
—¿Qué es esto? —pregunto, y me sale la voz ronca.
—Consecuencia —dice Enzo, apareciendo desde la sombra—. Tú intentaste escapar. Alguien tiene que pagarlo.
—¿Y por qué no yo?
Se acerca. Se detiene delante de mí. Y por un segundo, en sus ojos, veo algo que no es rabia. Es miedo. Miedo de verdad, el primero que le veo.
—Porque a ti no te toco —dice, bajito—. Nunca. Pase lo que pase. Prefiero romper a diez como él antes que ponerte una mano encima.
El hombre de la silla gime. Yo lo miro. Luego lo miro a él. Y no sé si lo que siento es horror o alivio, y esa mezcla es lo que me hunde.
—Esto no me hace quedarme —digo—. Me hace odiarte más.
—Lo sé. —Se guarda las manos en los bolsillos—. Pero te hace volver. Y por ahora, me conformo con eso.
Me giro y salgo del almacén, con el estómago revuelto y las piernas temblando. Detrás de mí, oigo un golpe sordo. No me giro.
Esa noche, en la villa, no salgo de la habitación. Y no lloro. No porque no quiera. Porque ya no sé si las lágrimas serían por él o por mí.