CAPÍTULO 11
Las reglas son simples. Las escribí hace tiempo, antes incluso de ponerle un nombre a lo que siento por ella. Ahora las digo en voz alta, por primera vez, y suenan como una sentencia.
—Regla uno —digo, de pie junto al ventanal—. No sales de la villa sin mí. No hay excepciones.
Valeria está sentada en el sofá, con la taza de café en las manos y la cara seria. No me interrumpe. Eso me gusta. No me interrumpe, pero tampoco se encoge. Escucha como escucha un rival, buscando la grieta.
—Regla dos. Nadie te toca. Ni te habla si yo no quiero. Lo que es mío no se comparte.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Tú me tocas cuando quieras?
—Yo hago lo que quiero. Eso no es una regla. Es un hecho.
Le tiembla la mandíbula, pero no baja la mirada. La admiro otra vez. Me irrita otra vez.
—Regla tres —continúo—. El matrimonio se firma el sábado. No es una petición. Es una fecha.
—¿Y si no voy?
—Irás. —La miro—. Porque tu padre firma antes que tú, y si tú no apareces, la firma de tu padre no sirve de nada, y entonces la deuda se cobra de otra manera.
No digo de qué manera. No hace falta. Los dos sabemos lo que significa "otra manera" en mi mundo.
Ella se levanta. Deja la taza sobre la mesa, despacio, como si contara hasta diez por dentro.
—¿Algo más?
—Sí. —Me acerco. Un paso. Dos—. Regla cuatro. No me mientas. Puedes odiarme, puedes insultarme, puedes intentar escaparte. Pero no me mientas. La mentira es lo único que no te voy a perdonar.
—Qué curioso —dice, con una sonrisa que no es una sonrisa—. El hombre que me ha mentido un año entero, pidiéndome a mí que no mienta.
Tiene razón. Y eso me desarma más que cualquier golpe.
—No te mentí —digo—. Te observé. Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—Que yo nunca fingí ser otra cosa.
Se queda callada. Y en ese silencio, por primera vez, no parece una prisionera. Parece una mujer que está midiendo a su carcelero, calculando cuánto puede empujar antes de que muerda.
—¿Y la regla cinco? —pregunta.
—No hay regla cinco.
—Debería haberla.
—¿Cuál?
—No te enamores de mí.
La frase me golpea. No lo esperaba. Y por un segundo, solo un segundo, pierdo la compostura y se me ve algo en la cara que no debería verse.
—Esa regla —digo, despacio—, ya está rota.
Ella se queda quieta. La taza, a medio camino entre la mesa y su mano, tiembla un poco. Y yo, que no sé perder, que no sé retroceder, que no sé pedir, me doy cuenta de que acabo de entregarle algo sin querer.
—Las reglas son las que he dicho —añado, en voz baja—. Las cuatro. Lo demás es tuyo.
Me giro y salgo, antes de que ella pueda leer el resto en mi cara. Porque si se queda un segundo más mirándome, va a ver exactamente cuánto de lo que he dicho era mentira.
Y entonces no habrá regla que me salve.