CAPÍTULO 10
No he pegado ojo.
Me he pasado la noche en la cama, boca arriba, con las sábanas revueltas y la mano apoyada en mi propia garganta, justo donde él puso la suya.
Todavía siento el calor. Es ridículo. Han pasado horas, me he duchado, me he puesto el pijama, he bebido un vaso de agua fría. Y sigo sintiendo sus dedos en el cuello como si me hubieran dejado una marca que solo yo veo.
No apretó. Eso es lo peor. Si me hubiera apretado, podría odiarlo. Podría decirme que fue una agresión, que me defendí, que mi cuerpo no tuvo nada que ver. Pero no apretó. Me sostuvo. Como si yo fuera algo valioso y a la vez algo que no quería que se le escapara.
Y mi cuerpo, traidor, respondió.
Cierro los ojos y lo veo. El centímetro. Ese centímetro entre su boca y la mía que todavía me arde. No me besó. Se detuvo. Y lo que debería ser un alivio se siente, no sé cómo, como una deuda. Como si me hubiera dejado a medias, y mi cuerpo se hubiera quedado esperando la parte que faltaba.
—Idiota —murmuro contra la almohada, y no sé si me lo digo a mí o a él.
Me giro. Me giro otra vez. Las sábanas están frías, y yo estoy caliente, y no hay forma de reconciliar las dos cosas. Pienso en su pulso contra mi palma, y se me corta la respiración.
Lo odio. Lo odio por no besarme. Y lo odio más por haberme hecho querer que lo hiciera.
A las tres de la madrugada me levanto. Voy al baño, me mojo la cara, me miro en el espejo. Tengo la boca hinchada de tanto mordérmela. Y en el cuello, nada. Ninguna marca. Solo la memoria.
Vuelvo a la cama. Y esta vez, no sé por qué, me quedo dormida con la mano en la garganta.
Sueño con él. Sueño que me besa, y en el sueño no me detiene, y me despierto con un gemido en la garganta, uno que se me escapa sin permiso, y tengo que morder la almohada para ahogarlo.
Eso es lo que me da más miedo. No que él me desee. Que yo lo desee a él.
Y no sé cuál de las dos cosas es peor.
Por la mañana, bajo a desayunar con la espalda recta y la cara lavada. Enzo ya está en la mesa, leyendo el periódico como si nada. No me mira. O finge no mirarme.
—No has dormido —dice, sin levantar la vista.
—Tú tampoco.
Ahora sí me mira. Y en sus ojos hay una sombra que me dice que él también ha estado despierto, contando las mismas horas que yo.
—No —admite—. No he dormido.
El silencio se llena. La cafetera gotea. El mar rompe abajo. Y yo, que juré no darle nada, le sostengo la mirada un segundo más de la cuenta.
Él lo ve. Siempre lo ve.
—Cómete el desayuno, bella —dice, y vuelve al periódico—. Hoy vamos a hablar de las reglas.
No sé si me da más miedo la amenaza o el hecho de que, por primera vez, mi cuerpo no se ha apartado de la idea.