CAPÍTULO 9
El estudio de San Mateo sigue entre nosotros, aunque ninguno lo nombre. La cena se acaba y ninguno de los dos se levanta.
Valeria me mira desde el otro extremo de la mesa, con la copa de vino entre los dedos y esa expresión suya que no sé si es desafío o cansancio. Esta noche no ha hablado. Yo tampoco. Llevamos una hora comiendo en silencio, y el silencio ha estado cargado como una habitación sin ventanas.
—¿Vas a explicarme algo? —pregunta al fin.
—No.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Mirarte.
Es la verdad. Lo único que he querido hacer desde que la vi es mirarla. Primero a través de una ventana. Luego a través de una cámara. Ahora delante, con la luz de las velas en la cara, y aun así me parece poca cosa.
—Estás cansada —digo.
—¿Y a ti qué te importa?
—Todo.
La palabra cae entre los dos como una piedra. Ella se queda quieta. Yo también. Y luego, despacio, me acerco.
No sé qué voy a hacer hasta que lo hago. Alzo la mano. Le toco la mandíbula con el pulgar, apenas, un roce, lo justo para sentir el calor de su piel bajo la yema. Ella no se aparta. Eso es lo que me deshace: que no se aparta.
—No deberías —dice, pero la voz le tiembla.
—Lo sé.
Le subo la mano por el cuello. Despacio. Hasta rodearle la garganta con los dedos. No aprieto. Solo la sostengo, como se sostiene algo que no quieres que se caiga, o algo que no quieres que huya.
Su pulso late contra mi palma. Rápido. Y no es solo miedo. Yo sé distinguir el miedo del deseo, llevo una vida leyendo a la gente, y en su pulso hay las dos cosas.
—Enzo…
Es la primera vez que dice mi nombre. Sin apellido, sin reproche. Solo mi nombre. Y me golpea como un puñetazo en el pecho.
—Dime que pare —digo, bajito—. Y paro.
No dice nada.
Acerco la cara. Hasta que su aliento me roza la boca. Hasta que solo hay un centímetro entre sus labios y los míos, y ese centímetro es el abismo de todo lo que soy.
Me detengo. No la beso.
No todavía.
—¿Ves? —murmuro, con la boca junto a la suya—. No te he tocado. Y ya eres mía.
Retiro la mano. Doy un paso atrás. Y la dejo allí, de pie, con la copa olvidada sobre la mesa y el pulso desbocado, mirándome como si acabara de descubrir algo que no quería saber.
—Eres un monstruo —dice, sin convicción.
—Lo sé. —Me guardo las manos en los bolsillos para no volver a tocarla—. Pero soy un monstruo paciente.
Me giro y salgo. Porque si me quedo un segundo más, el centímetro ese desaparece, y no estoy seguro de querer lo que viene después.
No la beso. Todavía no.
Pero me la llevo en la garganta, en la punta de los dedos, en el hueco de la mano donde sigue latiendo su pulso. Y sé que esta noche no voy a dormir.
Ella tampoco.
Lo sé porque me quedo al final del pasillo, en la sombra, y cuento los minutos hasta que se apaga la luz de su habitación. Cuarenta y dos minutos. Ni uno más ni uno menos. La he contado tantas veces que sé hasta cuánto tarda en quitarse los zapatos.
No entro. No es el momento.
Pero me apoyo en la pared, con la nuca contra la piedra fría, y dejo que el deseo me atraviese como una fiebre. Me arde en el pecho. La quiero de una forma que no cabe en mi vida, en mi casa, en mi maldito imperio.
Y por primera vez desde que tengo memoria, no sé qué hacer con lo que quiero.