ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La jaula es de oro, sí. Pero es una jaula.

Llevo una semana en la villa de Enzo Ravelli, y ya sé cuántos escalones hay desde mi habitación hasta el salón (veintitrés), cuántas veces parpadea la luz del pasillo antes de encenderse del todo (tres), y a qué hora exacta se pone el sol sobre la bahía (a las ocho y cuarenta y dos, ni un minuto más ni uno menos).

Sé también que no hay forma de salir.

No por las paredes: las puertas no están cerradas con llave, y eso es lo más inquietante. Enzo no me encierra. Me deja moverme libre por la casa, por el jardín, hasta por el camino que baja al mar. Me deja ir a cualquier parte, menos lejos de él.

Porque siempre hay alguien. Un hombre con traje en la verja. Otro en la terraza. Una mujer que me sigue con la bandeja del desayuno y una sonrisa que no llega a los ojos. La jaula no tiene barrotes; tiene miradas.

Y la peor de todas es la suya.

Enzo no me visita. No se encierra conmigo en una habitación, no me amenaza, no me toca. Al contrario. Me trata con una cortesía fría que me desconcierta, porque no sé qué espera de mí y ese no-saber me va royendo por dentro.

Desayunamos juntos. Cenamos juntos. Habla poco. Yo menos. Y entre medias, cuando cree que no me doy cuenta, me mira.

Siempre me mira.

Hoy me ha dado una cosa. La he encontrado al despertar, sobre la mesilla: una llave, pequeña y de bronce, atada con un lazo de seda negra. Ninguna nota. Solo la llave.

Me he pasado la mañana buscando qué abre.

No era difícil, en realidad. La casa es enorme, pero Enzo es un hombre de rutinas, y las rutinas dejan huellas. Al final he encontrado la puerta al final del ala oeste, una que no había visto antes, disimulada tras una cortina.

La llave encaja.

Dentro, lo primero que veo es luz. Una luz limpia, filtrada por un tragaluz, que cae sobre caballetes, lienzos, botes de pigmento. Y en el centro, sobre un atril, hay un cuadro.

Un Caravaggio. O un estudio de un Caravaggio. Doscientos años de historia esperando unas manos.

Me quedo quieta en el umbral, sin poder respirar.

—Es el estudio de San Mateo —dice una voz a mi espalda.

No me giro. No hace falta. Sé que es él.

—¿Cómo lo has conseguido?

—El dinero lo consigue casi todo. —Pasa a mi lado, despacio, y se detiene delante del cuadro con las manos en los bolsillos—. Casi todo, menos esto. Esto lo he tenido que buscar.

—¿Por qué?

Por fin me mira. Y en sus ojos hay algo que no le he visto antes: no posesión, no frialdad. Algo más desnudo.

—Porque tú lo querías —dice.

Se me para el corazón. Porque no lo ha dicho como un regalo. Lo ha dicho como una evidencia, como el que cierra una puerta que no se abre.

—Tú no sabes lo que yo quería —susurro.

—Sé que llevas tres años detrás de este cuadro. —Se acerca un paso—. Sé que escribiste tu tesis sobre su restauración. Sé que has estado en Florencia dos veces para verlo de lejos, y que las dos veces volviste llorando en el tren de vuelta.

Lo dice con calma. Con esa calma suya que es peor que cualquier grito. Y a mí se me llenan los ojos de algo caliente, porque no me ha descrito. Me ha abierto.

—¿Quién eres? —pregunto, y es la primera vez que la pregunta me sale de verdad, sin el desafío.

—Ya te lo dije.

—No. —Niego con la cabeza—. No me lo has dicho. Me has dicho tu nombre. Yo te he preguntado quién eres.

Se queda callado. Y en ese silencio, por primera vez, no me mira como si me poseyera. Me mira como si me viera.

—Soy el hombre que te ha estado observando un año —dice—. Y que se ha cansado de mirar.

Me acerco al cuadro. Paso la mano por el marco, sin tocar la tela, solo el aire que la envuelve. La luz del tragaluz me calienta la cara.

—No puedes comprarme con un cuadro.

—No intento comprarte. —Su voz baja—. Intento que dejes de mirarme como a un carcelero.

—Eres un carcelero.

—También. —Una pausa—. Pero no solo.

Me giro. Lo miro. Y no sé qué veo, pero por un segundo la jaula deja de ser jaula y es solo una casa, y el hombre delante de mí deja de ser el monstruo y es solo un hombre que ha traído un Caravaggio a Mallorca porque yo lo quería.

Eso es lo más peligroso. No la violencia. La ternura.

—¿Y qué eres, entonces? —pregunto.

—Tuyo —dice. Y antes de que pueda responder, se da la vuelta y se va, dejándome sola con el cuadro y con una palabra que no sé si es una promesa o una amenaza.