CAPÍTULO 7
Los primeros días en la villa son un silencio de tumba. Valeria no sale de su habitación.
Ni el primero. Ni el segundo.
El tercero aparece en el desayuno con la cara lavada y la ropa de la noche, y se sienta en el extremo opuesto de la mesa, lo más lejos posible de mí, como si la distancia pudiera protegerla.
No puede. Pero no se lo digo. Se dará cuenta sola.
—Hoy comes conmigo —anuncio, sin levantar la vista del teléfono.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado.
Me mira con los ojos entrecerrados. No baja la mirada. Desde el piso, ha sido siempre así: la gente se encoge, ella se crece. Es la única persona que me planta cara, y no sé si quiero romperla por eso o arrodillarme.
—¿Y si me niego? —pregunta.
—Entonces come sola, y yo te observo. Como llevo haciendo un año.
Le tiembla la boca. No dice nada. Y algo en mí se retuerce, porque la quiero desafiante, no asustada. Pero no sé pedir las dos cosas a la vez.
Al final cede. O finge ceder. Me da igual: el resultado es que una hora después estamos en un restaurante del puerto, sentados a una mesa junto al ventanal, y ella come despacio, con esa pulcritud suya que he memorizado, masticando como si cada bocado fuera una derrota que se traga.
Me gusta verla comer. Me gusta verla hacer cualquier cosa. Llevo un año viéndola hacer cualquier cosa, y no me canso.
El camarero se acerca. Joven. De los que sonríen de más. Se inclina hacia Valeria y le pregunta si le gusta el vino, si quiere otra copa, si el pescado está a su gusto. Tres preguntas. Demasiadas.
—La señora está bien —digo, sin mirarlo.
El camarero no me oye. O no quiere oírme. Se inclina más, y en ese gesto de más hay algo que no me gusta. No es el servicio. Es la mirada. La está mirando a ella como se mira a algo que se quiere morder.
—¿La acompaño al baño? —dice, con una sonrisa.
Eso.
Valeria se queda quieta. Noto cómo se tensa. Y yo, que llevo un año poseyéndola en silencio, siento que algo se me rompe por dentro, un hilo que llevaba mucho tiempo a punto.
No me levanto. No grito. Me limito a dejar los cubiertos sobre la mesa, con cuidado, y mirar al camarero.
—¿Cómo has dicho?
—Que si la acompaño al…
—No. —Me pongo de pie, despacio—. La otra parte. Dónde la estabas mirando.
El chico palidece. Por fin. Porque en mi cara debe de haber algo que no le gusta, porque da un paso atrás y alza las manos.
—Yo… no quería…
—Lo sé. No querías nada. Solo mirabas. —Rodeo la mesa. Dos pasos. Tres—. Y yo no comparto lo que es mío. Ni siquiera con la mirada.
Le agarro del cuello antes de que pueda retroceder. No aprieto del todo. Lo justo para que sienta el pulso en la garganta, ahí donde yo decido si sigue respirando.
El restaurante entero se queda en silencio. Los cubiertos dejan de sonar. Alguien aparta una silla. Nadie interviene, porque en el puerto de Palma todo el mundo sabe quién soy, y los que no lo saben lo intuyen.
—Señor Ravelli… —balbucea el camarero, rojo y sin aire.
—Mírala. —Lo obligo a girar la cara hacia Valeria—. Mírala bien, porque es la última vez que lo haces. A partir de ahora, si vuelves a ponerle un ojo encima, te saco los dos.
Lo suelto. Se tambalea, tose, se lleva la mano a la garganta. Y yo vuelvo a mi silla como si nada, cojo la servilleta, me la pongo sobre las piernas.
—Tráele otro vino —digo, sin mirarlo—. Y tú, bella, cómete el pescado.
Valeria no se mueve. Está pálida, pero no de miedo. O no solo. Me mira con una mezcla que no sé leer, y por un segundo no sé si va a gritar, a llorar o a tirarme la copa.
No hace ninguna de las tres. Hace algo peor.
—¿Eres siempre así? —pregunta, en voz baja.
—¿Así cómo?
—Así de… —busca la palabra—. Total.
—¿Total?
—Total. Todo. —Traga—. No haces las cosas a medias.
No sé qué responder. La gente me llama monstruo, me llama frío, me llama animal. Nadie me ha llamado total.
—Sí —digo al final, porque es la verdad—. Siempre.
Ella asiente, despacio, y vuelve al pescado. Y no sé por qué, pero ese asentimiento, ese silencio después de la violencia, me desarma más que cualquier reproche.
Al volver a la villa, no la sigo. Me quedo abajo, en el salón, mirando la bahía. Matteo aparece a mi lado con dos dedos de whisky.
—Has asustado a la chica —dice, en voz baja.
—No estaba asustada. Estaba pensando.
—Peor.
No respondo. Tiene razón. El miedo se pasa. El pensamiento no. Y ella no ha parado de pensar en todo el camino de vuelta.
No sabe que la he defendido. No sabe que, para mí, eso ha sido ternura. No sabe que me he contenido, que quería romperle la cara al camarero y me he limitado a marcarlo.
No lo sabe. Y no se lo voy a decir.
Porque si lo sabe, tendrá poder. Y yo no le doy poder a nadie.
Aunque, mirándola subir las escaleras con la espalda recta, empiezo a sospechar que ya lo tiene.