CAPÍTULO 6
El coche huele a cuero y a un silencio que pesa.
Voy sentada en el asiento trasero, con las manos entrelazadas sobre el regazo para que no me vea temblar. Enzo va delante, hablando por teléfono en italiano, con una voz baja y cortante que no entiendo del todo y no me hace falta entender.
Dice sì. Dice stanotte. Dice firmato. Palabras que caen como monedas.
Yo miro por la ventanilla. Palma se va deshaciendo al otro lado del cristal, y con ella mi vida entera. El taller. El Caravaggio. Mar. Mi padre. Todo lo que conozco se queda atrás, y yo voy en un coche de lujo hacia ninguna parte con un hombre que me ha estado mirando un año entero.
No debería pensar en eso. Debería pensar en cómo escapar. Pero el cuerpo no me obedece, y en vez de miedo lo que siento es una especie de atención animal, de alarma sin pánico. Como si una parte de mí, la parte más vieja y estúpida, estuviera más despierta que nunca.
—Tienes frío.
No es una pregunta. Es un diagnóstico.
—No.
—Tienes los dedos blancos de apretarte las manos. —Ni siquiera se ha girado. Habla mirando la carretera, y aun así lo sabe—. Deja de fingir.
—¿Fingir qué?
—Que no tienes miedo.
—No te tengo miedo.
Mentira. Y los dos lo sabemos. Pero no se lo voy a decir. Es lo único que me queda: la espalda recta y la mentira en la boca.
Por fin se gira. Lo hace despacio, apoyando el brazo en el respaldo, y su mirada me recorre entera, de la cara a las manos, con una calma que me deja sin aire.
—Yo sí te tengo miedo —dice.
Lo suelto sin pensarlo:
—¿A mí?
—A lo que me haces.
La frase se queda colgada entre los dos. No la entiendo. Y, al mismo tiempo, la entiendo demasiado bien. No es un cumplido. Es una confesión. Y me asusta más que cualquier amenaza, porque las amenazas se combaten y esto no sé ni cómo se llama.
El coche se detiene en un semáforo. El silencio vuelve, más denso. Y en ese silencio, mi cuerpo se inclina un centímetro hacia delante. Hacia él.
Me doy cuenta al segundo. Me echo atrás, avergonzada, y noto el calor subiéndome por el cuello. Odio que me pase esto. Odio que mi cuerpo tenga opiniones que mi cabeza no ha firmado.
—Eso —dice Enzo, y por un instante creo ver una sombra de sonrisa en su boca—. Eso es lo que me haces.
No respondo. Miro por la ventanilla, fija en un punto, y respiro por la nariz como me enseñaron en la facultad, cuando una restauración se complica y hay que no estropear más. Despacio. Con control. Hacerme invisible, como aprendí de niña.
Solo que ahora no hay dónde esconderse.
La ciudad termina. La carretera se abre hacia la costa, y el mar aparece a lo lejos, de un azul tan hondo que duele. Enzo vuelve a hablar por teléfono, y yo vuelvo a mirarlo de reojo.
Es la primera vez que lo veo de verdad, sin el miedo nublándome la vista.
Es guapo de una forma que no es bonita. La mandíbula dura, la nariz un poco rota, la boca seria.
Las manos: grandes, tranquilas, con las venas marcadas.
Manos que han hecho cosas. Manos que, no sé por qué, no puedo dejar de mirar.
—¿Te gusta lo que ves, bella?
Me giro de golpe. Me ha pillado.
—No.
—Tu mentira es cada vez peor.
—Y tu arrogancia, cada vez mayor.
Suelta una risa corta, sin ganas. Es la primera vez que lo oigo reír, y el sonido me recorre la espalda como una corriente.
—Me gusta —dice—. Que no te calles. Las demás se callan.
No sé por qué me importa saberlo. No debería. Pero la pregunta me sale antes de poder pararla:
—¿Las demás?
—Nadie. —Vuelve a mirar al frente—. Olvídalo.
Hay algo ahí. Una grieta. La he visto. Y yo, que me he pasado la vida restaurando grietas, no debería querer tocarla. Pero la miro, y siento lo de siempre: el impulso de acercarme, de entender, de devolverle la luz a lo que está sucio.
Me lo prohíbo. Cierro las manos sobre el regazo y me lo prohíbo.
El coche se desvía hacia una carretera privada. Una verja se abre sola. Al fondo, blanca contra el verde de los pinos, aparece una casa tan grande que no sé si llamarla casa o fortaleza.
—¿Qué es esto?
—Tu jaula.
La palabra me hiela. Y luego, traidora, una parte de mí piensa: al menos es de oro.
Enzo baja del coche antes de que nadie me abra la puerta. Rodea el coche. La abre él. Y me tiende la mano otra vez, como en el piso, como un ritual que no piensa saltarse.
—Bienvenida a casa, Valeria.
No cojo su mano. Salgo sola, con la barbilla alta, y el viento del mar me golpea la cara como una bofetada.
No sabe que, debajo del miedo, hay algo en mí que ya está mirando la casa como se mira una obra que va a haber que restaurar.
Y que no piensa romperse.