CAPÍTULO 5
Soler huele a miedo. Huele a tabaco frío y a derrota, y a las nueve en punto de la mañana está sentado frente a mí con las manos temblándole sobre las rodillas, como si no supiera dónde ponerlas.
—Señor Ravelli —balbucea—. Yo… no esperaba que viniera usted en persona.
—Ya lo sé. —No me he sentado. No me siento en casas de deudores. Me quedo de pie junto a la ventana, desde donde se ve la calle—. Por eso he venido.
Matteo está en la puerta, con los brazos cruzados. No habla. No hace falta. Su presencia es el mensaje: de aquí no se sale sin mi permiso.
—Mi hija no está —dice Soler—. No ha dormido en casa. Está en el taller, supongo, o…
—Está subiendo las escaleras.
Se queda blanco. Yo no miro el reloj. No lo necesito.
Sé dónde está Valeria en cada momento del día.
Sé que a las ocho y cuarenta ha salido del taller.
Sé que ha mirado tres veces por encima del hombro antes de cruzar la calle.
Sé que ahora está en el rellano, con la mano en la puerta entreabierta, conteniendo el aire.
La puerta chirría. Y entonces entra ella.
La he visto mil veces. A través de una ventana, de una cámara, de un cristal empañado. La he visto trabajar, llorar, dormir. La he contado, la he memorizado, la he poseído en mi cabeza antes de tocarla.
Pero verla aquí, de pie, con la luz del pasillo a la espalda y la boca entreabierta, es otra cosa. Es la diferencia entre mirar un cuadro y tenerlo delante.
No baja la mirada. Eso es lo primero que noto. La gente me baja la mirada. Ella no. Me mira de frente, y en sus ojos hay exactamente lo que esperaba: miedo, sí, pero también algo más. Algo que no se dobla.
—Valeria —digo.
Su nombre me sabe distinto en la boca. En un año lo he pronunciado mil veces en silencio. En voz alta es un acto. Una firma.
—¿Quién eres? —pregunta, y la voz le sale firme.
—Enzo Ravelli. —Me levanto del marco de la ventana, despacio, sin apartar los ojos de ella—. Y tú eres la deuda que he venido a cobrar.
El padre se mueve en el sofá, como un pez fuera del agua.
—Enzo… señor… por favor, podemos hablar de esto…
—No. —No lo miro. Sigo mirándola a ella—. Tú ya has hablado bastante, Soler. Lo que tengas que decir, lo dices ahora o te lo callas para siempre.
Se calla.
Valeria no se calla.
—¿Me estás amenazando? —dice, y da un paso al frente, no hacia atrás.
Me gusta. No debería, pero me gusta. Llevo un año sabiendo que es fuerte; verlo en directo es otra cosa. Es la diferencia entre saber que el fuego quema y meter la mano.
—Te estoy informando —digo—. Hay una deuda. Tu padre la firmó, tu familia la debe, y yo he venido a cobrarla.
—Yo no firmé nada.
—No. —Doy un paso hacia ella. Otro—. Pero eres lo único que tu padre tiene que valga algo. Y los Ravelli no cobramos en promesas.
Estamos a un metro. Huele a aguarrás y a algo más limpio, como jabón y piel fría. A estas horas de la mañana, y después de una noche sin dormir, sigue oliendo a lo que es: a mujer, no a perfume.
—¿Y si me niego? —pregunta.
—No puedes.
—Eso lo veremos.
—No, bella. —Me inclino un poco, lo justo para que solo ella me oiga—. Eso ya está visto. Llevo un año viéndolo. Tú todavía no lo sabes, pero ya eres mía. Lo único que falta es que lo firmes.
Se pone pálida, pero no retrocede. La admiro. Me irrita que la admire. La admiración es el primer escalón de la debilidad.
—Tu padre —continúo, en voz normal, sin apartar los ojos de ella—. O viene conmigo ahora, o no vuelve. Tú eliges cómo acaba la mañana.
Soler gime desde el sofá. Valeria me mira, y por un segundo veo pasar por su cara el cálculo, el orgullo, el miedo. La veo elegir. Y cuando elige, siento algo en el pecho que no quería sentir.
—No tienes derecho —dice, bajito, y es la primera vez que le tiembla la voz.
—No —concedo—. Por eso gano yo.
Aguanta un segundo más. Dos. Luego mira a su padre, y el asco que le veo en la cara me dice que lo odia casi tanto como me odia a mí. Casi.
—¿Adónde? —pregunta.
—Conmigo. —Le tiendo la mano, no para que la coja, sino para que entienda que no va a haber esposas. Todavía—. Vamos, bella. Te voy a enseñar dónde vives ahora.
No la coge. Pasa a mi lado sin tocarme, con la barbilla alta, y sale por la puerta como si no fuera una prisionera sino una reina que se digna a caminar delante de su carcelero.
Matteo me mira con una ceja levantada. No dice nada. Nunca pregunta.
—Ocúpate del padre —digo, sin volverme—. Que firme. Y que recuerde lo que pasa si habla.
Bajo las escaleras detrás de ella. La miro caminar, la espalda recta, los hombros tensos. Lleva el miedo agarrado con los dientes y no piensa soltarlo.
No sabe que cuanto más se resiste, más la quiero.
No lo sabe todavía.