ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

No he dormido.

He pasado la noche en el taller, con la espalda contra la pared y el Caravaggio delante, sin tocarlo. La grieta del lienzo me ha estado mirando toda la noche, y yo le he devuelto la mirada, pensando en lo que se rompe y no tiene arreglo.

A las siete mi padre me ha dejado ocho mensajes. A las ocho, once. No he contestado ninguno. Sé lo que va a pedirme, y sé lo que voy a decirle, y las dos cosas juntas pesan como una losa.

A las nueve he hecho lo único que sé hacer cuando el mundo se cae: he cogido el pincel. He limpiado el barniz del borde del lienzo, un centímetro, con una paciencia que no siento. Desaparecer dentro de la obra. Eso hago. Eso he hecho siempre.

Luego ha sonado el timbre.

No era mi padre. Eran dos hombres con trajes que no les quedaban bien y una cortesía que olía a amenaza. Los Coloma. Los reconocí antes de que abrieran la boca: llevan el resentimiento en la cara como una herida que no cicatriza.

—Señorita Soler —ha dicho el más alto—. Su padre nos ha dicho que ya le ha explicado la situación.

—Mi padre no me ha explicado nada. Me ha vendido.

—No lo llame así. Es un acuerdo. Los Ravelli cobran, usted se casa, y todos salimos ganando.

—¿Y si no me caso?

—Entonces su padre tiene un problema. —Ha sonreído, sin gracia—. Y usted, señorita, tiene otro.

No se han quedado mucho más. Me han dejado sola con un pincel, un lienzo agrietado y una frase que se me ha clavado como una astilla:

—Enzo Ravelli la conoce desde hace un año.

Un año. El hormigueo en la nuca. La mirada que no está.

He llamado a mi padre. Ha contestado a la primera, como si estuviera esperando.

—¿Sabías que me estaba siguiendo?

Silencio. Luego, despacio:

—No te estaba siguiendo. Te estaba protegiendo.

—Un año, papá. Un año, y no me dijiste nada.

—No podía. —Su voz se quiebra—. Hija, si yo hubiera podido pararlo, lo habría parado. Pero no puedo. Ese hombre tiene a medio Mediterráneo, y a mí me tiene a mí.

—Y a mí me tiene a mí —repito—. Esa es la parte que no te importa.

—Me importas. Eres lo único que me importa. Por eso te lo pido: no luches. No esta vez. Con estos hombres no se lucha.

No respondo. Cuelgo. Miro el Caravaggio.

Doscientos años de barniz sucio, y debajo, la luz.

Esa luz es lo único que he querido en la vida: encontrarla debajo de la suciedad y devolverla.

Quizá por eso me duele tanto lo que viene.

Porque sé lo que hay debajo de la gente.

Y sé que hay cosas que no se pueden arreglar.

Al final, voy. Porque no hay adónde huir, y porque odio más la idea de que me arrastren que la de caminar yo misma. Es lo único que me queda: decidir con qué cara entro.

El piso de mi padre huele a tabaco y a derrota, como siempre. La puerta está entreabierta. La empujo.

Y me quedo quieta en el umbral.

Porque sentado en el sofá de mi padre, con la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas, como si la casa fuera suya, hay un hombre que no he visto nunca.

Y sin embargo lo conozco.

Es la mirada. La que me ha seguido un año entero. La que ahora, por primera vez, me mira de frente.

—Valeria.

Dice mi nombre como si ya le perteneciera. Y lo peor no es el miedo. Lo peor es que, debajo del miedo, algo en mi estómago se da la vuelta, y no es rechazo.

—¿Quién eres? —pregunto, aunque ya lo sé.

—Enzo Ravelli. —Se levanta, despacio, sin apartar los ojos—. Y tú eres la deuda que he venido a cobrar.