CAPÍTULO 3
El dormitorio del Don huele a medicina y a dinero viejo.
Mi padre está incorporado contra los almohadones, más delgado que la última vez que lo vi. El cáncer lleva dos años comiéndoselo por dentro, pero no es la enfermedad lo que lo está matando. Es el imperio. Siempre fue el imperio.
Hay una máquina al lado de la cama que suelta un pitido cada pocos segundos, como un reloj que contara lo que le queda. Rocco la mira de reojo, con el mismo desprecio con el que miraba a los hombres que le temblaban delante. No le teme a la muerte. Le teme a morir sin haber terminado de mandar.
Abro la puerta y me mira con un solo ojo. El otro lo tiene cerrado, como si guardara fuerzas para la frase que va a soltarme.
—Siéntate.
No me siento. En esta habitación nunca me siento. Quedarme de pie es la única forma de salir de aquí sin recordar la última vez que le obedecí.
—El Soler —dice. El apellido le cuesta más que el aire—. Cobra.
—Ya está cobrado.
—No. —La palabra sale afilada—. Quiero que lo cobres tú. En persona. Y quiero que la pieza sea la hija.
No reacciono. Llevo veintinueve años aprendiendo a no reaccionar delante de este hombre. Es el primer mandamiento de la casa Ravelli: la emoción es una fuga, y una fuga te mata.
Por dentro, sin embargo, algo se mueve. Un año entero observándola, y mi padre me la sirve en bandeja como si fuera una ocurrencia. No sabe lo que hay detrás de mi silencio. Si lo supiera, no me estaría dando esta orden; me la estaría quitando.
—¿La hija? —digo, plano.
—Valeria Soler. Veintiséis. Restauradora. —Recita los datos como quien lee un inventario, sin levantar la vista del papel, como si su hija fuera una partida más del balance—. El padre no tiene con qué pagar. Nunca tuvo. Lo que tiene es una hija, y una hija vale más que cualquier deuda.
Se detiene a respirar. Le cuesta. Ninguno de los dos pide ayuda.
—La tomas como esposa —continúa—. No como rehén. Como esposa. El apellido Soler desaparece dentro del nuestro y la deuda queda saldada con sangre nueva en la familia. Limpio. Legal. Sin disparar una sola bala.
Ordenado. Correcto. Mi padre se está muriendo y todavía cree que la limpieza es una virtud.
—¿Y si la chica se niega?
Rocco sonríe. Es la primera sonrisa que le veo en meses, y no llega a los ojos.
—No me estás escuchando, Enzo. No te estoy pidiendo que la compres. Te estoy diciendo que la cobres. Tú no negocias con la mercancía. La tomas.
Lo dice con la misma voz con la que me puso un arma en la mano a los doce años. La misma. Ni una nota de más, ni una de menos. Como si el tiempo no hubiera pasado y yo siguiera siendo el niño al que le enseñaba a no querer nada.
Porque eso fue lo que me enseñó. No a matar. A matar se aprende solo. Me enseñó a no querer, a no desear, a no necesitar nada que no pudiera comprar, controlar o destruir. Porque lo que quieres te lo pueden quitar. Y lo que te quitan, te mata.
Y yo, que llevo un año queriendo exactamente a la mujer que me está entregando en bandeja, no sé si esto es un regalo o una condena.
—¿Por qué yo? —pregunto, y la pregunta me sabe a debilidad.
—Porque eres el heredero. Porque dentro de unas semanas estaré muerto y alguien tiene que sentarse en mi silla. Un hombre con esposa es un hombre con raíces. Un hombre con raíces no se derrumba.
No dice la verdad. La verdad es otra: mi padre sabe que la quiero, o lo sospecha, y me la entrega atada para comprobar si soy capaz de mantener el mando con el corazón en juego. Es su última lección. La última prueba antes de morir.
Hay algo más. Siempre hay algo más con él. Rocco no da órdenes: da órdenes que esconden otras órdenes. Y no voy a preguntarle cuál es, porque preguntar es enseñar la carta que no pienso enseñar.
—Matteo me ha dicho que ya tienes una reunión con Soler para mañana —dice.
Matteo. El consigliere. El hombre que guarda mis secretos y cobra mis deudas. El hombre que, quiero creer, todavía no le ha contado a mi padre lo que hay en mi terraza a las tres de la madrugada.
O quizá sí. Matteo no pregunta. Pero ve. Y lo que ve, a veces, pesa.
No me delataría, y no por lealtad. Matteo es leal a la familia, no a mí. No me delataría porque sabe que lo que yo siento por esa mujer es la única fisura que tengo, y la fisura de un heredero es un arma que conviene guardar, no exhibir.
—Es una reunión de cobro —digo—. Nada más.
—Ahora es una reunión de boda.
Mi padre extiende la mano hacia la mesilla. Hay un papel doblado. Me lo tiende con un pulso que ya no tiembla porque apenas le queda fuerza para temblar.
—La partida de matrimonio está preparada. El notario es nuestro. La familia Soler firma mañana o el padre amanece en el puerto.
Lo tomo. El papel pesa más de lo que debería. Dentro va su nombre, escrito por otra mano, como si no fuera la mujer que llevo un año mirando dormir desde el otro lado de la bahía.
—Y si la chica firma de mala gana —digo, sin mirarlo—, ¿qué?
—No me importa cómo firme. Me importa que firme. —Cierra el ojo abierto—. Lo demás es asunto tuyo, Enzo. Siempre lo fue.
Me quedo un momento de pie, con la partida en la mano, mirando al hombre que me hizo. Y por un instante, solo un instante, me pregunto qué habría pasado si en vez de un arma me hubiera puesto otra cosa en la mano.
No lo pregunto. Eso no se pregunta.
—Mañana la recojo —digo.
—En persona —insiste, con los ojos ya cerrados—. Que te vea la cara la primera vez que te dice que no. Eso también es parte del trato.
Me giro hacia la puerta.
—Enzo.
Me detengo. No me doy la vuelta.
—La chica es como era tu madre —dice, despacio—. Fuerte por fuera, rota por dentro. Esas son las que se doblan, no las que se rompen. No la rompas.
Mi madre. No pronuncia su nombre. Nunca lo pronuncia. Y yo tampoco.
—No la voy a romper —digo.
—No. —La voz de mi padre se apaga contra las almohadas—. La vas a querer. Y eso es peor.
Salgo de la habitación y cierro la puerta con cuidado, como si fuera de cristal. Al otro lado, en el pasillo, Matteo me espera con las manos a la espalda.
—¿Señor?
—Mañana a las nueve —digo, sin detenerme—. Tú y yo, en el piso de Soler. Que no falte nadie de la familia.
—¿Y si se niega a abrir?
Me detengo junto a la escalera. Miro la partida de matrimonio que llevo en la mano. El apellido Soler escrito en tinta. Y debajo, como una promesa, el nombre de ella.
—Entonces —digo—, derribamos la puerta.