CAPÍTULO 2
El taller huele a aguarrás y a café requemado, y yo llevo veinte minutos mirando la misma grieta del lienzo sin decidirme a tocarla.
Es un Caravaggio, o lo que queda de uno. Doscientos años de barniz sucio y una restauración anterior que lo destrozó a medias. Mi trabajo es devolverle la luz sin que se note mi mano. Desaparecer dentro de la obra.
Se me da bien desaparecer. Llevo toda la vida haciéndolo.
Lo aprendí de niña, sin darme cuenta. En una casa donde las voces subían por las noches y las puertas se cerraban de golpe, la forma más segura de existir era no hacer ruido.
Mi madre lo hacía: estar sin estar, presente y ausente a la vez.
Cuando se fue, se llevó la única manera que yo tenía de que me vieran.
Desde entonces, soy la mujer que limpia el polvo de la gente y se queda fuera del cuadro.
—¿Valeria? —La voz de Mar, mi ayudante, me saca del lienzo—. Tu padre ha llamado tres veces.
—Que espere.
—Dice que es urgente.
Siempre es urgente. Con mi padre, todo es urgente: una partida que perdió, un préstamo que no puede pagar, un hombre al que debe dinero y que ya no le sonríe. Llevo veintiséis años siendo la red que lo recoge cada vez que se precipita al vacío, y estoy cansada de una forma que no se ve en la cara.
Me limpio las manos con el trapo y cojo el teléfono. Ocho llamadas perdidas. Las ocho suyas.
—Papá.
—Hija. —Su voz tiembla, y ese temblor me dice todo antes que sus palabras—. Necesito que vengas a casa.
—¿Cuánto?
—No es eso. —Una pausa. Alguien habla de fondo. Una puerta se cierra—. Es otra cosa. Tengo que contarte algo y no por teléfono.
Miro el Caravaggio. La grieta parece más grande ahora. O quizá soy yo.
—Papá, tengo una entrega el viernes. No puedo dejarlo.
—Valeria. —Nunca me llama por el nombre completo salvo cuando va en serio—. Ven. Por favor.
Cuelgo antes de que me lo pida otra vez. Porque si me lo pide otra vez, voy a decirle que no, y no estoy segura de poder vivir con eso.
Mar me mira desde la puerta. No dice nada. No hace falta: lleva cuatro años viéndome recoger los cristales de mi padre, y su silencio es la única piedad que me permite.
Mar no se cree lo de la entrega del viernes. Yo tampoco. Las dos sabemos que un encargo se entrega cuando el cliente paga, y el cliente de este Caravaggio todavía no ha pagado. Pero ninguna de las dos lo dice en voz alta. En este taller hemos aprendido a no decir en voz alta las cosas que duelen.
—Me voy a casa —digo—. Cierra tú, ¿vale?
Me quito la bata despacio y la cuelgo en el clavo de siempre. El taller se queda a oscuras salvo por el flexo que apunto al Caravaggio, y por un segundo me da rabia dejarlo a medias. Es lo único que tengo, y ni siquiera puedo terminarlo en paz.
De camino al coche, siento lo de siempre. Ese hormigueo en la nuca. El peso de una mirada que no está.
Llevo un año sintiéndome observada.
Al principio me asustaba. Miraba por encima del hombro, cambiaba de acera, me encerraba con llave y dormía con el móvil en la mano. Luego, poco a poco, dejó de darme miedo. Y lo más extraño de todo es lo que lo sustituyó.
Calma.
Hay algo ahí fuera que me vigila, y por primera vez en mi vida, no me siento invisible.
Eso sí que tendría que asustarme. Y no me asusta.
Ese es exactamente el tipo de pensamiento que una mujer cuerda no se permite.
Pero la cordura se me acabó hace tiempo, entre facturas que no cuadran y un padre que siempre tiene una emergencia nueva.
Una mirada que te sigue es casi un lujo: significa que existes.
Conduzco con las dos manos en el volante y el retrovisor lleno de faros.
No hay nadie detrás; nunca hay nadie detrás.
Esa es la parte que me mata: que la mirada no se puede ver, no se puede tocar, no se puede denunciar.
Solo se siente, como el frío. Y yo, que siempre he tenido frío, no sé distinguir si esto es peligro o refugio.
Mi padre vive en un piso al final del casco antiguo, tres plantas sin ascensor y una bombilla del rellano que lleva muerta desde Navidad. Subo los escalones de dos en dos. La puerta está entreabierta.
Dentro huele a tabaco y a derrota.
—Papá.
Está sentado en el sofá, con la camisa arrugada y un vaso de algo que no es agua. Sobre la mesa, una carpeta marrón. Y al verla, se me hiela la sangre.
Porque conozco esa carpeta. La he visto antes. Es la carpeta de los Coloma.
—¿Qué has hecho?
—Siéntate, hija.
—¿Qué has hecho? —repito, y esta vez no me tiembla la voz. Me sale fría, dura, una voz que no reconozco—. ¿Cuánto?
—No es cuánto —se pasa la mano por la cara—. Es a quién.
La habitación se inclina. Me agarro al respaldo de la silla.
—Papá.
—Les debía a los Coloma. Desde hace años. El puerto, los negocios, todo… —traga—. Y ahora los Coloma le deben a los Ravelli. Y los Ravelli quieren cobrar.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso?
No responde. Me mira con esa expresión que conozco desde niña, la del hombre que siempre tiene una salida y la salida siempre me incluye a mí.
—Papá —digo, y esta vez sí me tiembla—. ¿Qué les has ofrecido?
—No les he ofrecido nada. —Se levanta. Se acerca. Me coge las manos, y odio que sus manos tiemblen más que las mías—. Ellos lo han pedido.
—¿El qué?
—A ti.
El silencio que sigue es tan grande que me trago el aire.
—Te has enterado del apellido Ravelli, ¿no? —pregunta, como si eso lo arreglara todo—. Enzo Ravelli. El heredero. El hombre que tiene medio Mediterráneo en el bolsillo. Quiere casarse contigo para saldar la deuda.
Me río. Se me escapa. Una risa corta, fea, sin gracia.
—¿Casarme? ¿Con un mafioso? ¿Esa es tu salida?
—Es la única que nos queda.
—No. —Suelto sus manos—. Es la única que te queda a ti. Yo no te debo nada.
—Valeria, por favor…
—No —retrocedo hacia la puerta—. No voy a vender mi vida para pagar tus partidas. No esta vez.
Él no me sigue. Se queda ahí, de pie, con la carpeta de los Coloma sobre la mesa y la derrota en la cara.
—No tienes ni idea de lo que estás rechazando —dice, y su voz suena cansada de verdad, sin teatro—. Ni de lo que hay al otro lado de ese apellido.
—Entonces cuéntamelo.
—No puedo. —Se sienta otra vez, de golpe, como si las piernas no le dieran—. Solo puedo decirte que si dices que no, no serán ellos los que vengan a convencerte.
Y cuando cruzo la puerta y bajo las escaleras corriendo, con el corazón en la garganta, vuelvo a sentirlo.
Ese hormigueo. Esa mirada que no está.
Y por primera vez en un año, no me da calma.
Me da miedo.