ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1)
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CAPÍTULO 1
La primera vez que la vi, estaba robando luz.
No es exacto, pero es lo más cerca que he estado de la verdad. La primera vez que la vi estaba delante de un Caravaggio a medio restaurar, con las manos manchadas de pigmento y la boca entreabierta, y parecía la única persona de toda la sala que no estaba fingiendo.
Yo no debería estar allí. Los hombres como yo no entran en salas blancas a mirar cuadros.
Entran a por cuentas, a por gente y a por sangre.
Aquella noche estaba cobrando una cuenta, y la cuenta me había llevado hasta un marchante con más deudas que dedos, y el marchante me había llevado hasta aquella galería del centro de Palma.
Y allí estaba ella.
Valeria. Aún no sabía su nombre, pero ya sabía lo que era: una variable que no había calculado. Un error en el sistema.
La sala era un cubo blanco con el suelo de cemento pulido y una luz fría que lo dejaba todo a la vista.
Demasiado a la vista para mi gusto. Yo prefiero los sitios con sombras, los ángulos muertos, las salidas que nadie ve.
Allí no había dónde esconderse, así que me quedé junto a la puerta de servicio, con la espalda contra la pared, y dejé que el marchante siguiera sudando a mi lado y llamándome señor con la voz de quien ruega por su vida.
Ni siquiera lo escuchaba. Lo único que escuchaba era a ella.
No hablaba. Trabajaba en silencio, con una concentración que le tensaba la espalda, y de vez en cuando retrocedía un paso para mirar el lienzo entero como si midiera algo que solo ella veía.
El marchante podía haberse desplomado allí mismo y ella no habría levantado la vista del cuadro.
Eso me gustó. Me gustó más de lo debido.
Paso una hora observándola. Sé cuánto tarda en morderse el labio cuando algo no le sale: siete segundos exactos.
Sé que guarda los pinceles en el mismo orden en que los saca.
Sé que, antes de irse, se queda mirando su reflejo en el cristal de la vitrina como si no reconociera a la mujer que hay dentro.
También sé que aquella noche no cenó. Lo supe después, cuando aprendí a seguirla.
Aquella noche se quedó hasta el cierre, salió a la calle con el abrigo demasiado fino para el viento de Palma, y se metió en un bar de la esquina a pedir un café solo que se bebió de pie, mirando la acera vacía, como si no tuviera adónde ir.
Eso último fue lo que me enganchó.
Porque yo sí la reconocí. Reconocí a alguien que carga un peso que no eligió y sonríe para que nadie se dé cuenta. Reconocí a alguien rota por dentro que lo disimula con una pulcritud enfermiza.
Reconocí lo que fui.
Ahora, un año después, sigo observándola.
Sé que se llama Valeria Soler. Sé que tiene veintiséis años.
Sé que restaura cuadros ajenos en un taller de Palma que huele a aguarrás y a café requemado.
Sé que su padre es un jugador que le debe a la familia Coloma más de lo que jamás podrá pagar, y que ella lo sabe y aun así le coge el teléfono cada noche a las diez, puntual como un rezo.
Conozco su rutina mejor que la mía. Sé qué café pide en el bar de la esquina y qué música pone cuando conduce de vuelta a casa.
Sé que duerme con la ventana entornada aunque haga frío y que deja una luz encendida en el pasillo, como si de niña le hubieran tenido miedo a la oscuridad y nunca se lo hubiera contado a nadie.
Sé en qué cajón guarda las llaves del taller y en cuál guarda las facturas que no puede pagar.
Sé que a veces se queda mirando el mar con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, quieta, como si estuviera pidiéndole al agua que se la llevara.
Eso no me lo ha contado nadie: lo he visto yo, desde el otro lado de la calle, sin que ella lo sepa.
Sé que llora en el coche antes de bajar a la calle, con la frente apoyada en el volante, y que nadie —ni una sola persona en su vida— se ha dado cuenta.
La primera noche que la vi llorar me quedé al otro lado de la calle, quieto, con las llaves en la mano y el motor apagado, y me odié por no ser capaz de irme.
Porque un hombre como yo no se queda a mirar a una mujer llorar.
Un hombre como yo o la ignora o la aprovecha.
Yo hice algo peor: me quedé, y sentí una rabia que no era contra ella.
Nadie salvo yo.
Todavía no sabe que existo. Pero cada hombre de mi familia sabe que existe, y es la única razón por la que su padre sigue respirando en vez de dormir en el fondo del puerto con los pies en cemento.
El Don se está muriendo. Le quedan meses, puede que menos, y hay una deuda que quiere ver cobrada antes de cerrar los ojos para siempre. Una deuda con el apellido Soler escrito encima.
Y yo, que nunca he querido nada que no pudiera comprar o matar, he decidido que esa deuda se cobra con ella.
No es capricho. Yo no tengo caprichos. El capricho es para hombres que pueden permitirse querer cosas. Yo solo tengo necesidades, y las necesidades se satisfacen o se eliminan.
Ella no es ninguna de las dos cosas todavía. Por eso me tiene despierto a las tres de la madrugada, de pie en la terraza de la villa, mirando la luz de su ventana al otro lado de la bahía.
Mi padre me enseñó a los doce años lo que pasa cuando quieres algo. Me puso un arma en la mano y me obligó a apretar el gatillo contra el único hombre que me trataba como a un niño y no como a un arma. Desde aquel día no he querido nada.
Hasta que la vi.
La quiero de una forma que no sé manejar, y eso me convierte en lo único que juré no ser: un hombre que puede perderlo todo por una mujer.
La quiero de la única forma que sé. Observándola. Contándola. Posesión antes que contacto. Primero la mirada, después la mano.
Valeria cree que es invisible. Es el mayor error de su vida.
Porque yo veo lo que nadie mira. Y lo que veo, lo quiero. Y lo que quiero, lo tomo.
Pronto, bella. Pronto vas a entender que la única forma de estar a salvo en este mundo es pertenecerme.
Me giro hacia el interior de la villa. El teléfono vibra sobre la mesa: el consigliere. Matteo. El hombre que guarda mis secretos y cobra mis deudas.
—¿Señor?
—Dile a Soler que la reunión es mañana. A las nueve. Que traiga lo que debe.
Silencio al otro lado. Matteo no pregunta. Nunca pregunta. Por eso sigue vivo.
—¿Y si no lo trae?
Miro la luz de la ventana al otro lado de la bahía. Se ha apagado. Ella se ha ido a dormir sin saber que mañana, su vida entera cambia.
—Entonces —digo—, se lo cobro en carne.