Epílogo
Todos los años, el doce de agosto en la residencia de campo de los condes de Allard, se daban cita las familias más selectas de la aristocracia para inaugurar el Duodécimo Glorioso —el día que se celebraba la caza del urogallo rojo—.
Esta vez, seis días antes había arribado solo un círculo muy selecto, escogidos por el hermano del conde: el doctor Edward Raleigh.
Los dos hermanos, gallardos, recibían a los invitados.
—No sé si te lo digo a menudo, Evander, pero estoy muy orgulloso de ti. Gracias por protegerme y defenderme desde que nuestro padre murió. Te admiro. Eres la fortaleza de la familia.
Evander lo miró con un brillo en los ojos y la sonrisa torcida, de manera involuntaria, que lo caracterizaba.
—Muchacho, no podía ser diferente. Yo estoy orgulloso de ti, lo he estado en todo el proceso, pero todavía más del hombre que hoy eres. Me siento honrado de que hayas elegido el castillo para un momento tan especial en tu vida.
Edward lo recordaría por siempre como uno de los días más importantes de su existencia. El corazón le latía desenfrenado. Valery y él quedarían unidos por los votos sagrados y comenzarían un nuevo capítulo, uno que llevaban tiempo añorando.
Tras la partida del duque de Richmond, se dedicó a apoyar a Valery y a su hermano. Hubo luchas y despedidas. Juntos ayudaron a Theodore en su camino de restaurar su posición, y vieron partir a las hermanas.
Tras esclarecerse las circunstancias legales de la restitución de la identidad, mediante actas y testigos entre ellos su propia madre, se enfrentaron a la herencia del título.
Médicos calificados de la Corona —eminentes facultativos liderados por John Hughlings Jackson— evaluaron a Theodore, y tras los resultados, concluyeron que no padecía demencia ni debilidad mental, sino una leve excentricidad con un intelecto brillante.
Su asombrosa memoria y lógica matemática demostraron su aptitud legal para manejar sus bienes, lo que le permitió asumir el título como compos mentis, en pleno uso de sus facultades mentales.
A sugerencia del Lord Canciller, el nuevo duque firmó un poder notarial para dejar a Edward como administrador general de sus bienes durante sus primeros años al frente del título, con la finalidad de ayudarle a lidiar con las interacciones sociales —exigencias que no podría saltarse en protocolos de la corte, cenas formales o trato directo con inquilinos—.
Aunque Edward estaba convencido de que con su ayuda Theodore dejaría de necesitarlo, y que lo dotaría de herramientas para dominar también la esfera social.
Después de dejar a su hijo en su puesto, Helen se exilió voluntariamente con su otra hermana, la que llevaba algún tiempo fuera de Londres.
Gracias a su confesión y colaboración para redimir la posición de su hijo, la Corona perdonó sus ofensas bajo el principio de coerción marital.
Pero en el corazón de sus hijos jamás volvería a tener cabida.
La señora Sable quiso quedarse al cuidado de Theo, pero antes de que lograra influenciarlo, el duque de Hayden, con quien la mujer tenía una deuda pendiente, la vio andar altanera como de costumbre y muy recuperada.
Así que no tardó en volver a fijar su ira en Sable y desterrarla de Londres.
La aludida terminó pidiéndole refugio a Helen.
Edward aún recordaba, cómo fluyó la entrevista que tuvo Theodore con la reina, previo a ser aceptado por todos como el duque de Richmond.
Él fue testigo. No dejó de apoyar a su futuro cuñado desde que asumió su nueva posición.
La reina conversó con él y quedó sorprendida de lo maravilloso e inteligente que era. Sus palabras exactas fueron:
—Solo puedo dictaminar una cosa: su corazón es noble y valeroso, así como su alma. Ojalá más miembros de la aristocracia poseyeran al menos la mitad de sus sentimientos, seríamos un reino superior al que ya somos. Tiene usted mi bendición, duque.
—Me siento honrado, Su Majestad. —Se puso una mano en el corazón e hizo una solemne reverencia muy emocionado—. No la decepcionaré.
—Sé que no, Su Excelencia, duque de Richmond, sé que no.
Edward suspiró orgulloso de haber elegido ayudar a ese joven que resultó ser el hermano de Valery.
El director de Bethlem le hizo justicia.
Sumó la historia clínica adulterada de Theodore a otras pruebas que lograron reunir, acerca de las inconsistencias clínicas en diversos casos que estaban a cargo de Anderson, y concretaron su despido.
Un tanto para Jackson. Anderson recibió su merecido.
Estaría fuera de Bethlem para siempre y sin carta de recomendación.
Y lo más increíble no fue que la reina aprobó por completo a Theodore, sino que felicitó a Edward por su labor en Bethlem. Al parecer, Su Majestad tenía sus oídos bien ubicados en todo Londres para saber lo que ocurría.
Edward se sintió inspirado, llevaría su sueño hacia adelante.
Decidió abrir un asilo privado en las afueras de Londres para ofrecer un trato digno a personas con padecimientos similares a los de Theodore. Debido a su cercanía con grandes círculos de la aristocracia, buscó donativos que no tardó en conseguir para arrancar.
Padecimientos malinterpretados, ocultados y tratados como vergonzosos.
Personas socialmente inadaptadas que necesitaban una guía.
Allí no habría castigos ni reclusión, ni sedación indiscriminada.
Se les brindaría comprensión, herramientas para lidiar con las demandas de una vida en sociedad.
Con las nuevas ideas de Edward podrían conseguirlo.
Su lema era no pretender corregirlos, sino conocer cómo funcionaban sus mentes, entenderlos y ayudarlos a vivir con dignidad.
De Errol no volvieron a saber, dejó su cargo como abogado de la iglesia cuando el deán le retiró su protección tras enterarse de su complicidad en el turbio asunto de hacer pasar por muerto al heredero de un ducado.
Los rumores que traía el viento murmuraban que se fue a sus tierras a vivir de sus rentas.
Pero la Corona ya estaba analizando su participación en el asunto de Theodore, y era probable que tuviera que responder.
Para Edward mientras más lejos de ellos estuviera, todo sería mejor. Lo que le importaba era que el día más significativo de su vida había llegado, ya nada pararía la boda entre Valery y él.
Tristemente, la familia de ella no estaría presente, salvo su hermano. También acudiría Iris, la pequeña criatura que adoptaron los duques de Cumberland, prima lejana de ella. Su madre y sus tías no fueron convocadas.
Valery y Theo eligieron no llevar luto por su padre, y absolutamente nadie se los reprochó. Su nombre pasaría a la historia de la nobleza como un paria, los periódicos destrozaron por completo su reputación.
Sus amigos, que ahora eran familia, llenarían los bancos de la capilla, que lucía esplendorosa decorada con rosas rosadas.
Edward aguardaba con una sonrisa que no se borraba de sus labios. Su familia no podía de emoción: su madre, su tía, su cuñada Elizabeth y su hermana Isabelle con su esposo Kilian, además de sus sobrinos.
También acudieron los allegados de su hermano, quienes lo habían guiado y lo vieron terminar de crecer: sus primos, los duques de Weimar; su regio mentor y su esposa, marqueses de Bloodworth, tampoco podían faltar; así como los barones Peasly, los marqueses de Normanby, los duques de Norfolk y los condes de Pembroke.
A su vez, él invitó a sus propios amigos: Ettie y Hayden, Emily y Zachary, Florence y Cailean, Charlotte y Frederick, lady Bonnie Severn.
Justamente Bonnie se le acercó, tenía en sus manos a Honey que llevaba un collar de seda azul y un simpático sombrerito de copa.
—Creo que serás la tía oficial de Honey, te adora —le dijo Edward.
—Pues ya lo soy. Seré yo quien lo cuide cuando ustedes viajen a su luna de miel. Es una suerte que se tomarán su tiempo, pensé que como médico solo partirían un fin de semana.
—Mi carrera es importante, pero Valery también. Un mes es lo justo, he dejado a otros médicos a cargo de mis pacientes, y es una suerte que la señorita Hill administrará Skylark Nook en la ausencia de Valery.
—La supervisaré. Aún vivo en la casa y me quedaré hasta que regresen para que Honey se sienta en su ambiente.
—Supongo que ya quieres retornar con tu madre y tu hermano a Hayden House. Han de extrañarte.
—Tras esta experiencia de vivir de manera independiente he tomado una decisión.
Cuando Valery vuelva de la luna de miel me trasladaré a English Roses School.
Creo que seré feliz en la escuela, quiero vivir por mi cuenta.
Por cierto, Edward, ¿dónde está tu amigo escocés, ese del que todos hablan, al que no me han presentado?
—¿Te refieres a Broc MacKenzie?
—Ese mismo. Odio que todos hablen de él como si lo conocieran de toda la vida. Incluso, Theodore que llegó hace poco tiempo a nuestro círculo.
—Sí, durante nuestra ausencia, Broc y Frederick apoyarán a Theodore en lo que pudiese necesitar. Asombrosamente, se entiende muy bien con Broc.
Ella hizo una mueca.
—Solo yo no lo he visto nunca.
—No vino a la boda. A punto de abordar el ferrocarril recibió un mensaje. Algún asunto ineludible con un potro hijo de campeones.
—¡Oh! —se le escapó su frustración—. Es un hombre escurridizo. Pensé que hoy sería el día de conocerlo.
—Vendrá para la caza del urogallo, el doce. Dice que no se la puede perder. Si te quedas podrás alternar con él.
—Qué mala suerte la mía, yo partiré justo un día antes. Florence me invitó a viajar con ella y su esposo a Escocia y me sentí atraída por sus tierras con olor a whisky , miel y lavanda.
—¿No puedes retractarte?
—¿Por un hombre que ni siquiera conozco? Por supuesto que no. —Hizo un mohín.
—Supongo que cuando volvamos a Londres lo conocerás. Broc es un hombre que no pasa desapercibido.
—Como sea. Me da igual. Iré a ocupar mi posición, la novia no tarda en llegar.
La madre y la tía de Edward lo vieron a solas y no perdieron la oportunidad de darle sus buenos deseos. No cabían dentro de sí de tanta dicha.