Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 40 #3
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—Si sabes lo que te conviene, Errol, no vuelvas a cruzarte en el camino de Valery en tu vida.

La próxima vez que la mires, la ofendas o la perturbes no tendré clemencia.

¡Si coinciden en un baile te irás al otro extremo del salón donde no lastimes sus ojos!

¡Si los invitan a la misma cena o fiesta del té pedirás una excusa para retirarte!

¡Si vuelvo a notar que se agita en tu presencia arrastraré tu cara por el fango, haré trizas tu reputación, e incluso, no tendré reparos en asesinarte!

Cuando Edward lo soltó, Errol, todavía sosteniendo su vientre, se dirigió a la salida sin quitarle los ojos de encima a Edward temiendo que sobreviniera otro ataque. En el trayecto, se tropezó con Anderson que venía acompañado por el mayordomo.

—Disculpe la demora —dijo el recién llegado. Pero no se atrevió a pronunciar otra palabra al observar en el fondo del salón de recibir al doctor Raleigh acompañando a las damas y a Theodore.

Errol ni siquiera lo miró, continuó su camino hasta perderse en dirección a la puerta.

Edward avanzó al encuentro del médico, enfrentándolo.

—Lárgate, Anderson. Tus servicios ya no son requeridos.

—¿Pero?

—Muy pronto tendrás noticias mías. Y, escúchame bien, no vuelvas a acercarte a Theodore en lo que te queda de vida.

Cuando por fin se fueron, Valery observó que su madre se acercaba a Theodore y que aquel comenzaba a ponerse nervioso.

—Muchas personas —murmuró Theo—. Creo que necesito un descanso. Después continuaré indagando. Alguien tendrá que decirme dónde está mi abuela.

—Yo te lo diré —dijo Helen.

—Tu abuela, mi madre, cayó enferma y murió, ya no está con nosotros. Fue hace unos meses, justo cuando Errol te trajo a Londres… Nadie como ella podía cuidarte, o eso creíamos. No sabíamos qué hacer contigo ni cómo darte la noticia, así que mi esposo escuchó a Anderson…

—¿Ya no está? —Theodore se agachó en el sitio donde estaba. Se cubrió los oídos, sobrepasado con el extenuante día que culminó rematado con la terrible noticia. La pérdida de quien había sido madre, padre, todo para él era devastadora. Sus lágrimas se desbordaron silenciosas.

Valery corrió a su lado, quería abrazarlo con fuerza, pero no sabía si era prudente.

Ya había notado que muchas veces, Theodore evitaba el contacto humano.

Por eso cuando su hermano se puso de pie y se fundió en un abrazo fraterno con ella, sintió alivio y lo sostuvo con todas sus fuerzas, sin decir nada, solo conteniéndolo mientras él desahogaba su dolor.

—Él no puede ser un duque. Parece normal, pero cuando habla se nota que es un excéntrico, arruinará el legado de Richmond para siempre. —El veneno de la señora Sable volvió a esparcirse en la estancia.

Valery la miró como si quisiera aniquilarla allí mismo. Pero Helen le robó el turno de la palabra.

—Cállate de una vez y retírate a tus habitaciones.

Él es más que perfecto. Y está haciendo lo que nunca te vi hacer a ti, llorar por nuestra madre.

Es un momento para mis hijos y para mí, no te inmiscuyas más en nuestras vidas.

—Después miró a Theodore, quien siempre fue James para ella y quiso abrazarlo como igualmente hacía Valery, pero no supo cómo.

Jamás supo cómo ser una buena madre para sus hijos, entendió que algo en su naturaleza se lo impedía.

—¿Mi abuela no murió hace años? —Valery no podía creerlo, tuvo que preguntarlo sin soltar a Theodore.

—Ella… —Helen hizo una pausa para secarse las lágrimas que caían a borbotones, mientras observaba que su terca hermana continuaba allí como una estaca clavada al suelo.

Gertrude la contemplaba con la mirada más fría que nunca. Helen entendió que, siempre, desde muy niña se guio por sus consejos, hasta volverse tan distante como ella. No podía culparla, fue su elección. Su madre les enseñó todo lo contrario, pero ellas jamás siguieron su ejemplo.

—Habla —exigió su hija.

—Cuando tenías seis, Valery, al igual que tu hermano, mi madre lo tomó y lo trajo a Londres.

Regresó a su casa, aquella en la que vivía desde hacía años como viuda del vizcondado.

Mantenía un bajo perfil, no frecuentaba a nadie, ni aceptaba invitaciones.

Nos insistía para que tan solo lo viéramos una vez.

Creyó que ablandaría nuestros corazones y que lo aceptaríamos.

Lo intentó muchísimo, pero nunca le dimos la oportunidad.

¿Cómo podíamos cambiar de parecer? James estaba muerto y enterrado a los ojos de la sociedad.

Ese muchacho que vivía con ella era un pupilo, un extraño, el hijo de un primo lejano que decidió resguardar.

—Patético… —masculló Edward sin poder aguantarse.

—Cuando James cumplió trece, era cada vez más parecido a nosotros.

Mi madre se cansó de nuestra mentira y estuvo dispuesta a desenmascararnos…

Se reveló, finalmente. Tu padre no pudo permitirlo, nos enterraría en vida.

Sería nuestro fin. Así que la amenazó ahora sí con violencia y mi madre no pudo hacerle frente al duque.

George resolvió cómo llevarse otra vez a James con los Sable.

Mamá no pudo abandonarlo a su suerte. Hizo un testamento legándote, Valery, su único bien y declaró que si James estaba muerto a los ojos del mundo, ella también lo estaría.

Dijo que lo arregláramos, como igual nos encargamos de hacerlo con él. No volvimos a verla nunca más.

—¿Por qué nunca supe de la existencia del supuesto hermano que falleció con tres años? No quedó nada. ¿Un retrato, una mención, un recordatorio? Crecí creyendo que era hija única. —Valery volvió a la carga.

—Para nosotros lo eras, después que tomamos la decisión.

Un disparo hizo que las mujeres dieran un brinco y olvidaran la discusión.

Edward se puso alerta y Theodore dejó de llorar, mirando a Edward a los ojos, tratando de entender qué estaba ocurriendo.

—¡No! —gritó Helen llena de pánico y corrió, seguida de la señora Sable, causando un gran remolino de faldas.

—Por Dios, padre —musitó Valery sin soltar a su hermano, temiendo que la situación lo abrumara más. Demasiadas emociones para un solo día.

—¿Es…? —preguntó Theodore que también tenía sus sospechas.

—Parece ser —contestó Edward.

—Puedes quedarte aquí, Theo —sugirió Valery, desesperada por acudir con su madre y su tía para ver qué había ocurrido.

—Debo ir en su ayuda… —sostuvo Edward y salió apresurado tras las mujeres que se adelantaron.

—Volveré enseguida, Theo —indicó Valery en un susurro.

—Los acompaño. —No estaba dispuesto a que lo protegieran nunca más.

Lo que encontraron en el estudio fue devastador. Edward no tuvo oportunidad de salvarlo. El duque de Richmond se disparó muriendo en el acto.

Helen lloró desesperada y gritó de desolación, mientras Gertrude más fría que una piedra intentaba consolarla sin éxito.

—Parece que ha dejado una carta —comunicó Edward con solemnidad a los hermanos que miraban con ojos azorados el escenario.

El duque dejó una extensa carta donde confesaba lo que hizo con su primogénito James August Theodore Belcher desde que cumplió tres años hasta la actualidad.

Dio detalles irrefutables de cómo sobornó, mintió, quebrantó la ley, la moral y pecó.

Pidió perdón a sus hijos, a la Corona, a Dios, y solicitó restaurar a su heredero, exonerándolo de sus viles y vergonzosos actos.

Al final de la misiva, explicó que no podía continuar viviendo con la vergüenza de lo que hizo, más al ver a James, y convencerse de que sus dotes eran excepcionales y de que era completamente capaz y funcional, pese a sus dificultades, para sucederle.

Entendió, demasiado tarde que, le sobraba voluntad para tratar de solventar sus propias luchas.

Helen vio a sus hijos confundidos y tristes llorando.

—Es mi culpa. —Theodore sollozaba cubriéndose los ojos, sin saber cómo gestionar la culpa que lo invadió al creer que de no haber regresado, su padre no habría acabado de esa forma.

—No, no es tu culpa, Theodore. Fue su decisión. —Edward le palmeó el hombro con afecto. El joven asintió, pero seguía desconsolado.

—Hijo mío. —Helen sintió pena por James, quiso abrazarlo. Theodore se escurrió antes de que su madre lograra atraparlo. Avergonzada, cruzó los brazos sobre el pecho.

—Ven, hermano —le dijo Valery y volvió a abrazarlo, ya sin necesidad de pedirle permiso. Sabía que James la veía como un refugio, como una vez vio a su abuela.

—Me llamaste hermano.

—Es lo que eres, ahora también puedes decirme hermana.

—Lo siento mucho. Jamás debí… Tu padre me convenció de que era lo mejor para los dos.

Me aseguró que volvería a embarazarme, que tendría a otro hijo varón sin mácula…

Pero no contaba con que solo Dios tiene nuestro destino en sus manos.

Perdóname, James, si puedes. Y tú, Valery, discúlpame también.

No podía mirarte a los ojos, tenía que lastimarte para poder seguir viviendo.

Eras el recordatorio constante de tu hermano, tu mirada me lo recordaba todo el tiempo.

—Helen abrió uno de los cajones del escritorio donde el cuerpo del duque aún se encontraba, en su silla, con parte del torso recostado en la superficie de madera y un disparo en la sien.

Sacó un sobre de piel que a Valery se le hizo familiar—.

Es el dinero del premio, nunca debimos privarte de él.

Valery y Edward se miraron a los ojos, jamás dudaron de que los duques fueron los responsables.