40 #2
—Padre, ¿por qué nunca me quisiste? —habló Theodore alto y claro—. Toda mi vida no he hecho más que repetirme la pregunta. ¿Qué está tan mal en mí que no merece siquiera la oportunidad de mostrar si podía ser corregido?
—Tú no necesitas ser corregido, Theodore —intervino Edward—. Eres un hombre completo. Ese miserable del duque de Richmond es quien no te merece. Cegado por su infinita soberbia, jamás te dio la posibilidad de mostrarte tal cual eres.
—Ustedes cuatro… ¡¡¡Fuera de aquí!!! —vociferó el duque a punto de darle un ataque al corazón, ofuscado. No quería que sus esbirros continuaran escuchando las intimidades de la familia.
Los hombres obedecieron, y antes de alejarse el cabecilla indicó:
—Estaremos afuera, excelencia, si nos necesita nos llama y limpiaremos su casa de esta plaga. —Miró con desdén a Edward y a Theodore.
Errol, como pudo, se enderezó y caminando con dificultad, se dirigió hasta el duque y permaneció a su lado, dispuesto a protegerlo de ser necesario.
Valery se percató de que no lo echaba a él, lo que significaba que estaba coludido desde el principio.
—No hable, excelencia, déjeme esclarecer este asunto…
—Errol siempre había sido un fiel aliado de su padre, era más que agradecimiento, se notaba que llevaban demasiado tiempo custodiando el mismo secreto—.
Valery, mi hermano Theodore, nunca ha estado bien.
De alguna forma debió enterarse de que tu verdadero hermano falleció cuando tenía tres años.
Ha usado esa información para darle forma a una fantasía que solo su cabeza confundida podría elucubrar.
—Vaya, aquí el único que intenta seguir trazando artimañas para que la verdad continúe oculta eres tú, Errol —lo retó Edward.
—¿Entonces reconoces que sí soy producto de un embarazo gemelar?
—Ella se rio a carcajadas, no de dicha plena.
Era la forma en que su desconcierto tras dar con la verdad encontró para ser expresado—.
Es tarde para dar otra explicación. Errol, si aceptas que existió un segundo hijo de mi padre no necesito más, porque no importa lo que digas, perdiste mi respeto hace tiempo. No te creo.
—Mi hermano miente —sostuvo el vizconde.
—¡No insistas en llamarme hermano! —gritó desesperado Theodore con la decepción reflejada en el rostro—. Dices ser mi hermano… Pero siempre me has escondido de todos.
—Solo buscaba protegerte, Theodore, alejarte de las burlas de gente insensible.
—¿Más insensible que tú? ¡Me encerraste en ese maldito manicomio!
¿Sabes todo lo que tuve que soportar? Había personas verdaderamente peligrosas allí adentro, tal vez en contra de sus voluntades.
Y Anderson ha sido el peor de todos. Ha experimentado conmigo métodos que ninguna persona debería tener que soportar.
—Es el mundo el que no tendría piedad contigo. Por eso tuve que alejarte, para protegerte.
—¡Hubiese preferido que me tomaras de la mano y lucharas!
¡¿Y usted, duque, porque no puedo llamarlo padre, y jamás volveré a intentarlo, ¿qué hice para merecer su desprecio con solo tres años?
! ¡Por favor, explíquemelo con todas sus letras, y después ignóreme por el resto de su vida, porque yo haré lo mismo!
Solo quiero entender hasta dónde puede llegar la maldad de un corazón tan frío que no tuvo una gota de misericordia con su propia sangre.
No solo me desechó a los tres años, me hizo pasar por muerto, y me ocultó por años en una casa no lejos de la suya.
Es una suerte que mi abuela me recibiera, que luchara con uñas y dientes en contra de sus planes iniciales.
Ella me contó todo. No para lastimarme, sino porque sabía que la única forma de hacerme más fuerte, de protegerme de mis verdaderos enemigos era blindarme con la verdad.
Pero a los trece años, un joven con rasgos parecidos a los de los duques de Richmond ya no podía permanecer en Londres, ni siquiera con un acta de defunción que ocultara su verdadera identidad: James August Theodore Belcher.
Richmond se llevó las manos a la cabeza muy desconcertado.
—Oh, hombre sin corazón, yo tampoco volveré a llamarte padre… —Valery estaba horrorizada con cada palabra pronunciada por su hermano. Le tomó la mano con firmeza, y Theodore también se la estrechó, mostrándole que estaba de su lado sin reservas.
—¡Eres idiota, Errol, te dije que era una pésima idea esconderlo en Bethlem! —El duque, rojo de ira, que nunca gritaba, hacía un tiempo había olvidado sus modales por completo, de su boca solo salían alaridos llenos de furia.
—Anderson dijo que era el mejor sitio para que pasara desapercibido porque él trabaja ahí y estaría en control de todo.
En un asilo privado, con otro alienista a cargo, Theodore podía dejar de callar y revelar más de lo que debía.
Anderson me aseguró que su persuasión sobre Theo era efectiva, que el muchacho no tenía voluntad suficiente para desobedecerlo.
—¡Anderson y tú son dos pares de idiotas!
Mi hijo tenía tres años cuando lo consultamos de manera privada y discreta.
El infeliz me aseguró que el único futuro de James era encerrarlo en un asilo de por vida donde pudieran cuidarlo, que jamás tendría noción siquiera de quien era, que no podría juntar dos ideas, que era un tonto defectuoso, un retrasado…
—El duque se golpeó la cabeza—. ¿Y qué tengo frente a mí?
Un joven fuerte, alto, hermoso, inteligente, valiente…
¡¿Qué hizo ese estúpido de Anderson conmigo, con mi familia, con mi futuro?
! Creí que estaba salvando al ducado de quedar a cargo de un imbécil que no podría darle dignidad o continuación, y lo único que he hecho es destruir mi linaje con mis propias manos.
El duque cayó de rodillas y se cubrió los ojos con las manos, comenzó a llorar y quejarse de su destino. Sus gritos eran una mezcla de rabia, desesperanza y arrepentimiento. Pero ninguno de sus hijos estaba dispuesto a perdonarlo por más arrepentido que estuviera.
—Perdóname, hijo mío.
Richmond se arrastró en «cuatro patas» hasta abrazarse a las rodillas de Theodore.
—Duque, cuando Errol me trajo a Londres, hace unos meses y me encerraron en el ala oeste sin que supieran qué hacer conmigo, pedí verlo a usted.
No porque quería suplicar que me aceptara de vuelta, pensé que podría responder lo que nadie ha podido decirme.
¿Dónde está mi abuela? La persona que me sostuvo y me hizo quien soy.
Nunca se apartó de mi lado, nunca. Así que vuelvo a preguntarle.
¿Dónde está Meredith? ¿Dónde está mi abuela?
¡Si le hizo algo para poder continuar con su plan de ocultarme del mundo… !
Un grito quejumbroso de dolor se escuchó en dirección de la entrada del salón de recibir, Helen permanecía sujeta a su hermana, oyendo todo.
—¡Me aseguraste que era lo mejor para James y para Valery!
¡Qué James jamás sería un niño normal! Mi madre trató de abrirme los ojos tantas veces y nunca quise escucharla, no le di la oportunidad.
Confiaba en ti, te obedecí como tu esposa.
—Se veía al borde de colapsar: pupilas dilatadas, rostro enrojecido, respiración agitada.
—Tranquila, Helen, ya no puedes hacer nada. —Gertrude trató de calmarla.
—No hables de tranquilidad, hermana. Tú lo viste cuando tenía seis años, cuando nuestra madre se lo arrebató a la familia Sable y lo trajo de regreso a Londres. Y continuaste viéndolo. Visitabas a nuestra madre.
—De lejos, no hablaba con él. Nuestra madre no confiaba en mí. —El bastón de Gertrude abandonó sus manos y cayó al suelo con gran estruendo.
—Me aseguraste que mi esposo había tomado la mejor decisión.
—Yo creí… Pensé… —La señora Sable se llevó las manos a la boca, confundida y desesperada—. De todos modos el daño ya estaba hecho. Richmond ya había declarado que el pequeño murió durante un viaje familiar.
Richmond se puso de pie tras dar una lánguida mirada a Theodore y comenzó a caminar, dispuesto a retirarse.
—¿A dónde vas, Richmond? —preguntó la señora Sable—. Valery está aquí, debes encargarte de que no vuelva a salir de la propiedad.
—Ya no moveré un dedo para obligar a mi hija a hacer nada en contra de su voluntad. Al parecer sabe muy bien lo que hace, ha traído a James a casa, es la mejor de nosotros —murmuró el duque muy apagado.
—¡¿Y vas a permitir que se case con él?! ¡Va a arruinar su reputación! —persistió Gertrude, quien de tanto en tanto miraba a Errol, esperando que reaccionara y tomara control de la situación, ya que el duque parecía vencido.
—No, cuñada, de eso ya nos hemos encargado nosotros… Destruimos el honor del apellido —sostuvo Richmond—. Cuando todo se sepa no quedará una familia noble dispuesta a abrirnos sus puertas.
Y sin decir más el duque continuó su camino.
—¡¿Errol?! ¡Debes detener a tu prometida! ¡Oblígala a casarse contigo! —La señora Sable parecía más aferrada que los padres de Valery a la idea de unirla con el vizconde Sable.
—Lo siento, llevo poco tiempo como vizconde. No puedo perjudicarme con este matrimonio. Bastante tendré con tratar de limpiar las salpicaduras que caerán sobre mi nombre porque mi propio padre fue cómplice del duque al esconder al muchacho —dijo y la señora Sable quedó boquiabierta.
—No puedes huir así, menos traicionarnos… Nos debes todo lo que eres —le reclamó la mujer.
En su retirada, Valery sintió la despreciable mirada del hombre una última vez.
Nunca aprendió a sentirse cómoda en su presencia, era bueno saber que no tenía intenciones de regresar jamás.
Y mientras lo observaba, vio que Edward no lo dejó escabullirse tan fácil, lo atrapó por las solapas y con una expresión de pocos amigos le advirtió: