Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 40
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Valery sentía que en cualquier momento volvería a temblar de un modo incontrolable, pero Edward a su lado le infundía valor. Los dos habían pedido un carruaje en Watherby House y marchaban a enfrentar a los únicos que poseían la verdad absoluta sobre lo que estaba ocurriendo.

—Debimos actuar con cautela, Valery. Investigar en secreto los registros de nacimientos, y llegar con tus padres con la verdad en las manos.

—Eso ya lo estás haciendo. Mandaste esa nota a Frederick para que mueva sus influencias para indagar. Sin embargo, yo no puedo esperar al resultado de la investigación. La noticia me está lacerando por dentro… Me urge una respuesta ahora.

—Frederick es rápido….

—Mis padres saben la verdad. Ya no toleraré que me mientan con cinismo. Hablarán, no sé cómo los convenceré, pero hablarán. No les daré alternativa.

—Pueden escudarse en que esa historia es producto de la imaginación de Theo. Lo ideal en estos casos es contar con una prueba irrefutable. Documentos tangibles.

—¿En su historia clínica hay datos de que su afección es de esa índole? ¿Algo que le sirva a mi padre para escudarse, para decir que la versión de Theodore es producto de su imaginación o la locura?

—En la original no hay registros de que Theodore afirme ser alguien más.

Tampoco de que escuche voces o haya tenido visiones de cosas o personas que no son reales.

Anderson describió varios síntomas absurdos si se toman en cuenta para justificar su ingreso en una clínica mental.

No hay información relacionada con delirios ni alucinaciones.

Tampoco hay evidencias de que es un mentiroso compulsivo.

En el tiempo que llevo estudiándolo y en las anotaciones del expediente real consta todo lo contrario.

Theo es directo y tiene un código moral que le cuesta romper: jamás dice mentiras.

Incluso, podría herir los sentimientos de alguien por hablarle con exceso de sinceridad, aclaro, sin intención de lastimar.

La historia clínica que Anderson maneja en Bethlem esa sí que está plagada de adulteraciones.

Pero Jackson nos ayudará a usarla para destapar las incongruencias de su ingreso, estoy seguro.

—Lo que es una locura es la situación por la que estamos pasando…

Porque si Theo es mi hermano, a quien debían encerrar en Bethlem es a mi padre…

Y mi madre, ¿cómo pudo permitir algo así?

No entiendo nada. Veo tanta similitud en los dos, de cierta forma ambos hemos sido prisioneros toda la vida: a mí me obligaron a esconder que podía cantar, a él lo ocultaron por completo.

Nunca pude alzar la voz y expresar lo que pensaba.

Theo es casi un prodigio y el mundo se perdió su talento en la música, en la pintura y la bondad de su alma.

Confinados, controlados, reducidos a categoría de problemas, vergüenzas.

Su encierro fue físico, mi cárcel fue espiritual.

—Mi alondra, es devastador.

—¿Crees que yo…? Mi padre le preguntó al médico que pretendía llevarme que si yo sufría de histeria.

Mis desmayos van precedidos de esos ataques que me provocan pérdida de visión, de un zumbido que no me deja oír nada hasta que se hace el silencio y pierdo el conocimiento.

Las manos se me cierran… ¿Podría tener histeria o alguna clase de padecimiento… ?

—Histeria no. Y menos lo que Anderson entiende por ese término, vapores abdominales o útero rebelde.

Tampoco neurastenia. El entorno en que creciste y la ansiedad que has tenido que soportar te han afectado sí, pero vas a recuperarte.

Esos ataques o crisis pueden mejorar con la comprensión de lo que subyace como causa y con el tratamiento adecuado.

Incluso, pensé que volverías a desmayarte al quedar frente a Theodore y lo enfrentaste con valor.

—Respiré como me enseñaste.

Él sonrió sereno.

—Estarás bien. Si lo deseas buscaré un colega calificado que te ayude a superarlo, porque yo contigo podría perder objetividad.

—Le acarició la mejilla—. Pero podría asegurar que no lo necesitas.

Todo lo que has hecho hasta hoy desde que saliste de la casa de tus padres no es rebeldía, es luchar por tu autonomía.

Son pasos que tú misma has dado hacia tu restablecimiento. Vamos a superarlo juntos. Ya lo verás.

—Me duele tanto por ambos, Theo y yo, pero millones de veces más por él… ¿Cuánto habrá sufrido cuando lo arrancaron de su hogar quienes debían protegerlo? Me entristece que perdimos la posibilidad de crecer juntos.

—Y no es lo único, hay algo más que no has pensado. Si Theo y tú son gemelos, o sea, si es hijo legítimo de tus padres: es el heredero del ducado de Richmond…

Valery sintió un escalofrío…

—Pero todo lo que mi padre siempre ha querido es un hijo varón. Si ya lo tenía… No puedo encontrar ninguna explicación razonable.

—Quería un hijo varón, pero no uno que dio los primeros pasos en la vida como lo hizo Theo.

Valery gritó indignada, llena de rabia, más por todo lo que su padre la controló, fustigó y torturó para obligarla a continuar el ducado de Richmond a través de su descendencia.

Gritó por los derechos genuinos de Theodore pisoteados por quien se sentía todopoderoso para actuar con impunidad, por quien pretendía cambiar el curso de la historia del título.

—¡Por favor, dile al cochero que se apresure! ¡Preciso ajustar cuentas con mis padres cuanto antes!

Cuando se presentaron juntos ante el mayordomo, la cara del hombre era el vivo reflejo de la angustia, como si los problemas no llegaran solos. Ni siquiera dijo palabra alguna para saludar o anunciarlos, menos de alegría por el regreso de la joven dama.

La algarabía de gritos en el interior del salón de recibir fue la respuesta y sin darle tiempo al sirviente a explicar lo que ocurría se introdujo con Edward detrás.

Cuatro hombres rudos, de apariencias desagradables, sostenían a Theodore que se defendía con fiereza, lanzando patadas contra sus atacantes.

—¡¡¡Suéltenlo!!! —gritó Valery con los puños apretados.

Hasta ese momento, se percató de la presencia de Errol en la casa.

—Hagan lo que dice, pero manténganse alertas por si Theodore pretende escapar.

Valery corrió a abrazarlo. Tenía el labio roto y sangrante. Los ojos anegados en lágrimas y la rabia brillando en ellos. Su hermano luchó por defenderse pero era una batalla muy desigual.

Lo envolvió entre sus brazos y negó llena de indignación en dirección de Errol.

—No te atrevas a intentar llevártelo otra vez.

—¿No me digas que le crees su historia? —Errol parecía tan seguro y orgulloso como si nada pudiera derribarlo—. Ha llegado aquí hace media hora, en un caballo robado, contando una sarta de incoherencias, diciendo que es hijo de tu padre, es una desfachatez.

—¡Miserables! —masculló Edward con la mandíbula tensa y acortó la distancia entre él y el vizconde, lo sujetó por el cuello y le rugió contra su rostro lleno de asco—: ¡Lo que hacen no tiene perdón!

¡Pero tu actuar, Errol, es tan pusilánime!

¡Solo puedo sentir repudio contra un ser tan despreciable como tú!

¿No puedes luchar uno a uno y has contratado a tus esbirros para hacer el trabajo sucio?

¡También temías enfrentarte a Theo! ¡Así como te defecas en los pantalones cada vez que te enfrentas a mí! ¡No eres un caballero, eres una rata!

—¡No son mis hombres, son los del duque…! —se le escapó para deslindarse de tal acusación y se aferró a las solapas de Edward para tratar de librarse de su ataque.

Dos de los secuaces que seguían sus órdenes corrieron en su ayuda.

—Ahí vienen tus matones o los del duque… —se mofó Edward soberbio, sin soltarlo, al contrario, apretó más su agarre—. Da igual. Los necesitas para salvar tu trasero.

—Nadie intervenga. No preciso ayuda para poner a este impresentable en su lugar —masculló Errol con su orgullo herido.

—Impresentable me gusta, me define bastante bien. —Un rodillazo de Edward sobre el abdomen de Errol hizo que este último se doblara de dolor mientras se sostenía el vientre y tosía profusamente.

Ahora sí los hombres arremetieron contra Edward, a Errol no le quedaba aire para emitir otra orden. Quisieron inmovilizarlo, pero el médico no les puso fácil la tarea.

—¡¿Qué sucede en mi casa?! —El rugido del duque de Richmond hizo que los esbirros se quedaran quietos, aguardando más órdenes.

Edward aprovechó para alejarse en guardia, previendo un nuevo ataque.

—Qué bien te obedecen, padre —observó Valery. Errol tenía razón, esos sinvergüenzas respondían al duque—. ¿Son estos bravucones los que te golpearon, Edward?

—No te preocupes por eso ahora, mi amor. —Exhaló con fuerza, con los puños apretados.

No hizo falta confirmación, Valery lo tomó por un sí, más al ver el odio con que lo miraba su padre.

—No te atrevas a hablarle así a mi hija, infeliz, como si la merecieras. ¡Ella es la hija de un duque! Jamás se casará con un revoltoso médico de lunáticos que ha desprestigiado no solo a su familia, también a su profesión.

—¡¿Es tu hijo, padre?! ¡¿Theodore es mi hermano!?

—¡¿De dónde has sacado semejante mentira?! Ese muchacho diría lo que fuera, no está en sus cabales.

—He contratado a un investigador. —Valery mintió, aunque le costaba hacerlo. Recordó lo que habló antes en el carruaje con Edward, necesitaba una prueba irrefutable. No la había conseguido aún, pero su padre no tenía la posibilidad de saberlo todavía.

—No entiendo con qué fin —continuó el duque aferrado a su verdad.

Valery miró de soslayo a Edward que curvó una de las comisuras de la boca, y asintió en su dirección, asegurándole que era una estupenda idea y que confiaba en ella para llevarla a cabo.

—He descubierto que éramos dos: gemelos. Nacimos dos hijos en el ducado de Richmond, hombre y mujer.

Los ojos del duque se desorbitaron. Su rostro comenzó a quedar muy rojo y empezó a respirar con dificultad.