Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 39
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Valery abrió la boca para formular otra pregunta, pero Edward se le adelantó. Más allá de las dudas entendibles de ella, lo que más le importaba era saber que el hombre al que había ayudado a ser libre —de cierta forma—, no se volviera una amenaza para la mujer que amaba.

—Theodore, dame una razón convincente para no devolverte ahora mismo a Bethlem.

—Su carrera se vería fuertemente amenazada —argumentó algo lógico el interpelado, pero sin la intención de ponerse a la defensiva. Solo le dio el motivo que pedía.

Edward puso los ojos en blanco, el muchacho siempre respondía de esa manera al ser confrontado. Sintió calidez en su pecho, nada había cambiado.

No podía albergar desconfianza hacia Theodore Sable y no entendía por qué, a pesar de lo que hizo. Pero no se daba el lujo de guiarse por el instinto, necesitaba proteger a Valery.

—¿Errol en complicidad con Anderson te enviaron para que llegaras a Valery?

¿Con qué intención? ¿O es algo que planeaste por tu cuenta?

—Tal vez eso explicaba por qué lo encerraron en el asilo.

Theodore era tan funcional como muchos otros hombres de la sociedad, incluso caballeros con características similares.

Con educación podría adaptarse y alcanzar cierto éxito en la vida.

—¡No, no, no! —Se llevó las manos a la nuca, perturbado por tal acusación—.

Errol… —Bajó la cabeza como si estuviera muy decepcionado—.

Mi hermano dijo que me llevaría con mi abuela y, en cambio, me encerró en ese sitio horrible donde trabaja el doctor Anderson.

Errol no me pidió acercarme a Valery. ¡No solíamos hablar de los Richmond!

Es una suerte que lo haya conocido a usted, doctor Edward, porque ya estaba harto de estar encerrado en un sitio al que no pertenezco.

Y no podía revelarme, conozco a Anderson, eso solo me hundiría más.

¡Y Errol cree todo lo que Anderson le asegura sobre mí!

—Cálmate. —Exhaló Edward con fuerza, compadecido por la vida que al joven le tocó. Se puso en su lugar. Evander había sido un gran hermano mayor, lo protegía con su vida. Errol apestaba—.  ¿Y por qué crees que tu hermano te encerró?

—¡¿Quieres la verdad o lo políticamente correcto?! ¡¿La realidad o lo que se inventó Errol para no sentirse culpable por engañarme así?!

—Lo más honesto —contestó Valery y dio dos pasos más para llegar hasta el joven. Parecía que ya no era presa del temor que mostraba en un inicio—. ¿Puedo? —Hizo señas para indicarle que deseaba sostenerle el brazo por solidaridad, pero solo si él toleraba el contacto.

Theodore asintió y ella lo sostuvo con afecto, como a un viejo conocido al que pretendía confortar.

Edward prestó atención, estaba muy interesado en la reacción de ella y, sobre todo, en lo que él confesaría.

—Errol quiere casarse contigo, Valery. Tenerme como hermano podría arruinar de cierta forma su imagen y, por ende, sus planes… Esta sociedad está obsesionada con la perfección. Él ya no sería aprobado por la Corona si se supiera que tiene un hermano como yo… Soy imperfecto, soy…

—No digas nada más. —Ella se llevó la mano libre al corazón, como si ya no soportara.

—Déjalo hablar. —Edward estaba convencido de que a Theodore le haría bien desahogarse, soltar lo que tenía atorado adentro. Además, los dos necesitaban respuestas.

—Errol siempre fue un buen hermano. Me protegía, pero no puede negar que al mismo tiempo lo avergonzaba.

Lo peor es que siente culpa por ello. Sé que siempre le he agradado.

Le gustaba conversar conmigo por horas cuando estábamos solos o con nuestros padres.

En casa, nos llevábamos todos bien. Sin embargo, sus amigos me miraban como a un bicho raro…

Y él, prefería apartarse de mí para no perder la aprobación de aquellos.

—Típico de Errol… —Valery condujo al muchacho por el brazo que ya sostenía al banco del piano. Cabían los dos, así que tomó asiento a su lado—. Se necesita valor para defender a quienes amamos por encima de la opinión de los demás.

Edward no sintió temor por ella, hacía rato también había bajado la guardia y volvió a confiar en Theodore. Tal vez no entendía las razones por las que entró sin permiso a Skylark Nook.

Estaba decidido, no lo llevaría a Bethlem y menos lo dejaría a merced de quienes fueron crueles con él.

—Hay algo que aún no entiendo… ¿Cómo sabías a dónde ir? ¿Por qué irrumpiste de noche en la casa? —indagó Valery.

—Ya lo he explicado. —Se encogió de hombros como si fuera tedioso repetirlo—. Es mi casa. Pensé que mi abuela había vuelto y podía encontrarla ahí. No esperaba hallar a Valery ni a la horda de sirvientas armadas como si yo fuera un ladrón. Me llevé un susto enorme.

—¿Cómo se llama tu abuela, Theo? —Edward necesitaba precisión, o él y Valery perderían la cordura sin llegar al fondo del asunto.

—Meredith… La vizcondesa Sable.

—¿Te refieres a tu tía abuela? ¿O algo así?

—Valery no quería pensar en su árbol genealógico para esclarecer el parentesco exacto de su abuela con Theodore, más porque Theodore y Errol estaban emparentados por sangre con su abuelo materno, el difunto lord Sable, no con Meredith, madre de Helen y sus hermanas.

—Mi abuela Meredith…

Edward no conocía a todos los Sable, así que se mantuvo como espectador, muy intrigado, mientras Valery tomaba el mando.

—Creo que estás equivocado, Theodore. Tal vez le llames así de cariño, pero Meredith, lady Sable, era mi abuela, no la tuya.

—Oh, cierto. Olvidé que no lo debía confesar delante de nadie, ni siquiera de ti. Pero ya no seguiré en silencio, porque lo único que deseo es saber que ella está bien. Te explico. Solo así dejarás de mirarme como si estuviera confundido, porque no lo estoy.

—Por favor, aclara este malentendido —pidió Edward.

—Es que en realidad, Errol no es mi hermano…

Nos fuimos a vivir con su familia cuando fue imposible que mi abuela y yo, o en la práctica, yo, continuara en Londres.

Era evidente que mi problema no tenía arreglo, o eso le confirmó el doctor Anderson al duque.

Mi abuela me dijo que fue cuando yo tenía tres años.

Mis padres me regalaron a los Sable, así me convertí en su hijo, aunque jamás me adoptaron legalmente.

—¿Tener arreglo? —repitió Edward deseando ahondar más—. ¿Y a qué duque te refieres?

—Tampoco debo revelarlo.

—¿Quién te ha pedido guardar silencio, Theo? —insistió Edward.

—Sinceramente, todos… Pero ya no estoy dispuesto a hacerlo. —Inspiró profundo y mirándola a los ojos prosiguió—: Soy tu hermano, Valery. No debes contarle a nadie. Es necesario que yo continúe en las sombras. Para el mundo soy hijo del señor Sable.

El joven hablaba como si alguien lo hubiese convencido de que era imperioso apegarse a una decisión que él no había tomado.

—¿Mi hermano? —musitó con el pecho visiblemente agitado.

Después se volvió a Edward implorando una explicación, porque su comprensión estaba negada a entender lo que salía de la boca de Theodore—.

No entiendo nada. Yo no tengo hermanos. Disculpa, Theo, no quiero ofenderte, es que me siento muy confundida…

Ya no recuerdo si te pregunté la edad. ¿Cuántos años tienes?

—Veintiuno…

Ella recordó que Edward le informó al respecto.

—Claro que no puedes ser mi hermano, porque igual tengo veintiuno. —La tranquilidad se dibujó momentáneamente en el rostro de Valery, como un soplo de alivio en medio de la tempestad—. Y es imposible que hayamos venido al mundo en la misma fecha.

—Te equivocas, es algo muy posible. Se les denomina gemelos —soltó con naturalidad.

Edward llegó a idéntica conclusión, incluso antes de que Theodore lo esclareciera en voz alta. Acortó la brecha que lo separaba de Valery con la intención de tomarla en brazos, arrancarla del banco del piano y protegerla del funesto golpe del pasado, que volvía inclemente a cobrar una deuda.

La verdad siempre volvía.

La tomó en brazos, temiendo que su alondra experimentara los síntomas del pasado. Pero antes de llegar hasta ella, se detuvo al ver que, a pesar de que su rostro estaba más pálido que de costumbre, Valery parecía en control.

Ella levantó una mano y recorrió la mejilla de Theo, sin pedir permiso. A pesar de que al joven no le agradaba el contacto de otras personas, lo consintió. Ya lo había hecho antes, cuando lo tomó del brazo. Una licencia que a ella le permitía.

Valery lo miraba como hechizada. Era la voz del pasado susurrándole algo instintivo, más potente que lo que su lógica podía explicar. Parecía que, en su mente, las palabras pronunciadas por Theodore resonaban, comenzando a encajar como las piezas de un rompecabezas.

—Theo… Theodore… Quiero recordar tu nombre, tu rostro, algo y no lo consigo. Sin embargo, mi corazón está agitado ante tu presencia, pues ha tomado como fidedignas cada una de tus palabras.

Las lágrimas de Valery asomaron a sus ojos y después se desbordaron gruesas.

El joven tragó, también emocionado.

Edward suspiró, y negó, los cabos sueltos en la historia clínica de Theodore cobraron sentido de inmediato.

—Pero nuestra abuela murió hace años… Tanto es así que me legó la casa —esclareció Valery muy compadecida.

—Por supuesto que no… Estuvo conmigo hasta que me trajeron a Londres.

—¿Cuándo fue eso? —Valery sintió un dolor profundo en el pecho.

—Unos meses. Antes de que movieran a Errol a Londres desde Kent.

—¿Deliras o yo he vivido engañada toda la vida?

—Mi abuela me contó que ella vivió conmigo y los Sable desde mis tres a mis seis años.

Después, se cansó de aguardar razones del duque de Richmond y me trajo a Londres.

Ahí vivimos hasta que cumplí trece años.

Si me preguntaban yo decía que era Theo, hijo de los Sable.

Pero mi abuela no recibía visitas. Éramos dos ermitaños.

Muy felices, eso sí. A los trece me dijo que el duque ya no tendría clemencia, que debíamos abandonar Londres y volver a Kent con los Sable.

Ella jamás se apartó de mí. Ahí vivimos hasta que comenzó a enfermar, y se la llevaron lejos para que la atendiera un buen médico.

Errol tuvo que hacerse cargo de mí, sus padres ya no vivían.

La señora y el señor Sable fueron buenos conmigo.

—¿Trece años? Estás confundido. Mi abuela falleció cuando yo tenía trece años…

Lo recuerdo. Mi madre me sentó y me dio la terrible noticia.

No la vería nunca más. No puedo entenderlo.

Si de los seis a los trece estuvieron tan cerca de mí.

¿Por qué no te recuerdo? Mi abuela me visitaba y era tan cariñosa.

Theodore solo se encogió de hombros… Y después comenzó a respirar agitado. Sus lágrimas se desbordaron, más desconsoladas que las de Valery. Y no cesaba de insistir en lo mismo:

—Mi abuela no está muerta. No tenía que hablar, me explicaron que debía olvidarlo. Incluso ella. Quiero verla. Usted dijo que me llevaría con ella, doctor.

—No sé dónde está —respondió Edward preocupado por toda la información y por las emociones de Theodore que comenzaron a desbordarse—. Respira, Theo, respira. Sé que es difícil, pero llegaremos al fondo de todo esto.

No tardó en buscar en su maletín algo que lo ayudara a sosegarse.

—No lo beberé. Hace lo mismo que el doctor Anderson. No quiero vivir dormido.

—Theo… —Valery lo miró con compasión—. Edward jamás te daría algo que pudiese hacerte daño. Si decides no tomarlo está bien, pero quizás te ayude. Ven, acompáñame, vamos a pedirle al dueño de la casa que te ofrezca una habitación confortable para descansar.

—Ya la tengo… Me la asignó el ama de llaves. A ella le parezco simpático.

—Vamos, te acompañaremos —propuso Edward—. Creo que es mucha información para un solo día. ¿Por qué no descansas? Después podemos continuar hablando.

—Mi abuela… Necesito ver a mi abuela. Solo entonces todo estará bien.

—Voy a averiguar sobre ello, Theo. Estoy tan interesada como tú en entender lo que ocurre.

—¿Me crees? Yo no miento —aseguró el muchacho.

—Yo te creo, Theo —intervino Edward maravillado por la forma en que Valery estaba respondiendo ante la situación.

—Y por supuesto que yo también. Había un niño… Uno muy travieso. Reía. Cuando tenía tres o cuatro años… Pero no recuerdo qué parentesco tenía conmigo… Mi mente evoca imágenes de él.

—Mi abuela siempre me ha hablado de ti, mi hermana. Ella asegura que Richmond pagará.

Edward exhaló profundo, asintiendo. Era tan pequeña. Era evidente que la mente de ella lo había bloqueado y, quizás, el recuerdo tratando de volver desencadenó los síntomas que tanto la atormentaron.